La historia de las brujas: muerte y vida de las mujeres más sabias del mundo

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Debíamos morir. Ese era el mandato de la Santa Inquisición, entre el siglo XVI y el XVII.

Sabíamos que cuando aquellos hombres llegaran a sacarnos de nuestras casas, vestidos como ningún otro campesino que hubiésemos visto en la vida, lo más probable era que no volviéramos a ver a nuestros hijos y esposos. Ellos, de traje fino y jergas ininteligibles, eran llamados inquisidores. Nosotras, brujas.

Éramos buenas amantes. Sabíamos cómo evitar embarazos: conocíamos métodos abortivos y anticonceptivos. Podíamos decidir por nuestra sexualidad y maternidad. Pero entender el cuerpo era pecado. La sexualidad dejó de ser un don para convertirse en la raíz de todo mal. La mujer era el obstáculo a la santidad del hombre: por definición, éramos seres sexuales. Representábamos una amenaza. Una violación a los tabúes religiosos y morales.

Nuestro crimen era curar sin haber ido a la universidad. ¿Pero cómo podríamos ir si solo los hombres tenían ese derecho? Nos culpaban por conocer las enfermedades de nuestros hijos, por controlar nuestra propia sexualidad. Por danzar a favor de la fertilidad de la Madre Tierra. Por poseer la sabiduría milenaria de las hierbas curativas y alucinógenas y compartirlas con nuestras vecinas.

Símbolos de las brujas
Los gatos son los mejores amigos de las brujas. FOTO: Rónald Pérez ampliar

Saber quién era una bruja era cosa sencilla desde que dos clérigos dominicos, Heinrich Kramer y Jacob Sprenger, redactaron el Malleus Maleficarum (Martillo de las brujas), un manual que daba instrucciones explícitas para identificarnos y castigarnos.

Era común que nos pincharan un lunar o alguna mancha (que podría ser la marca del demonio): nos afeitaban enteras y nos desnudaban por completo, en presencia de un cirujano. Cuando encontraban algo sospechoso, nos hundían largas agujas. Si no gritábamos o no dábamos muestra de sangre, estaba comprobado que el diablo había tenido relaciones sexuales con nosotras. Esta marca les era útil a los jueces para dos propósitos distintos: por un lado, comprobaban nuestra culpabilidad y, por otro, demostraban la presencia física del diablo, para continuar amenazando al pueblo con el infierno eterno.

Si las sospechas eran más fuertes, nos echaban a un pozo profundo, atadas de pies y manos. Si nos liberábamos de las ataduras, éramos brujas y debíamos morir. Si no, éramos inocentes, pero ya sería demasiado tarde para salvarnos.

Fueron dos siglos manchados de sangre. De los 13 millones de personas que morimos entre el siglo XV y el XVIII, se calcula que el 85% fuimos mujeres. Algunos han dicho que esta cifra es exagerada.

Después de esta muerte masiva, pocas veces la historia dirá que las mujeres también sufrimos un holocausto.

Un holocausto

Cuando ellos llegaban, escondíamos las hierbas dentro de las escobas y negábamos nuestro conocimiento. Pero casi siempre era inútil. El solo testimonio de un vecino era suficiente para desatar la sospecha de que teníamos pactos con el diablo.

Le habían hecho creer a todos que el diablo existía. A la Iglesia católica le costó 200 años someter al pueblo a la idea de que el paganismo, esta religión que profesábamos en las zonas rurales y los pueblos, era sinónimo de culto al demonio, y convertir los ritos populares en herejía.

Desde el púlpito se aconsejaba a los hombres golpear a sus mujeres por pura caridad cuando quisiéramos reunirnos con nuestras amigas. Si éramos viudas, huérfanas, solteras o independientes, la historia era aún peor. Sabíamos que en cuanto pusiéramos un pie fuera de nuestras casas, nuestros hijos quedarían huérfanos y en la calle, pues la Iglesia cobraba cifras imposibles por los juicios a los que estábamos siendo sometidas y casi siempre teníamos que pagarlos nosotras.

Como no teníamos con qué, nos despojaban de nuestras propiedades y todo lo que teníamos. Como industria secundaria, surgió una gran fuente de empleo en la cacería de brujas para abogados, jueces y gente de los tribunales. La Inquisición católica era un negocio. Su sustento éramos las brujas. Su excusa, el demonio. Salvarnos era únicamente decisión de otros hombres.

A partir del 1600, algunos sacerdotes y pastores comenzaron a oponerse rotundamente a la tortura de mujeres. A partir de 1700, los procesos contra brujas se volvieron escasos, aunque muchos siguieron pensando que las mujeres podían causar enfermedades mediante sus maléficos hechizos.

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