Historia de una espía

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El muro de Berlín dividió a las dos Alemanias por 28 años y tras esas paredes de hormigón se gestaron numerosas historias de espías que aún no han sido contadas. Esta es una.

La cita es de noche. Es un restaurante, a la luz de las velas, a metros de la boca del subterráneo antiaéreo de Kothbuser Tor. Johana K. tiene 69 años, ojos de color nácar y cierta elegancia, timidez, discreción.

--Cualquiera podía ser un espía -dice.


Johana K. nació en Dresde y se instaló, a los 16 años, en Berlín, del Este. Se convirtió en periodista en plena época de la República Democrática Alemana (RDA).  Fue redactora, durante más de una década en una revista femenina.

--Tenía cuidado. No hablaba.

El edificio es lúgubre, cuadrado, pulcro. No hay grafitis. Hay pocas luces en las calles vacías. Es el antiguo búnker de la Stasi, la policía política de la RDA. Es hoy un museo de la memoria, a metros de la avenida Karl-Marx-Allee (KMA).

--Había comida, techo, salud y una sola manera de mirar y pensar.

El 13 de agosto de 1961 se decidió, aquí, en esta oficina austera y kitsch, la construcción del muro. La célebre conference room fue presidida por Erich Honecker, el presidente de la RDA, y Erich Mielke, el ministro de Seguridad del Estado. En la reunión estaban los máximos responsables del régimen: los ministros Wilhelm Zaisser y Ernst Wollweber.

El museo Checkpoint Charlie, el centro turístico más visitado de Berlín, expone la historia del muro y los ingeniosos modos de cruzarlo o sus intentos.
FOTO: Gabriel Magnesio ampliar

La conclusión fue la dura solución: un muro para impedir la fuga incesante de sus ciudadanos hacia el oeste. Der Morgen, el diario oficialista, anunciaba en su edición matutina lo irremediable. Miles de obreros se apostaban en la frontera virtual para levantar la cortina de hierro. Erich Mielke, desde el bunker de la Stasi, dirigía, desde esta oficina, la obra en construcción.

La vida en la RDA
Johana vivió 15 años frente al Muro, el corredor de vigilancia, los alambres de púa, los reflectores, los guardias fuertemente armados, la paranoia, la militarización, las torres de control, los 886 perros.

Johana, al despertar cada mañana, lo primero que veía al salir al balcón de su departamento de un primer piso, era el Muro y el techo de una iglesia del oeste, donde, sin saberlo, trabajaría tiempo más tarde. Mientras, se casó, tuvo dos hijos, y asistía --era un deber-- a los fastuosos desfiles militares de la RDA.

Esta noche, hay poco tránsito y corre el viento helado. Las veredas están vacías. Durante los 40 años de la RDA, esta ancha avenida, KMA, fue el escenario anual de los desfiles militares. El Este afirmaba su poderío en tiempos de Guerra Fría: pasos firmes, inmensas banderas y orgullo socialista, como muestra el film Good bye Lenin!, de Wolfgang Becker.

--En el Este, se miraba el mundo en blanco y negro. La televisión color llegó más tarde.

Johana veía desde su ventana el barrio de Kreuzberg, en el sector americano, donde había casas ocupadas, punks, basura en las calles.

-El Este incluía bajo una condición: la obediencia. Si no, se terminaba también con techo y comida, pero en la cárcel.

La Stasi tenía 1.600 personas consagradas a las escuchas telefónicas. El espionaje era obsesivo y brutal: escuchar, grabar, transcribir, analizar, vigilar a las personas observadas. Las calles estaban repletas de espías con micrófonos en las corbatas, carteras, solapas, autos banalizados. La decadencia de la RDA se convirtió en mayor represión y control. Los servicios de inteligencia eran devorados por la paranoia. La Stasi incriminaba y controlaba cualquier gesto individual. Nadie era inocente.

Desde el oeste, los periodistas se atrincheraban en los edificios y boutiques contiguas al paso fronterizo más célebres, el legendario Checkpoint Charlie. Relataban la tragedia en vivo. Willy Brandt, el alcalde del oeste, recibía el 26 de junio de 1963 al presidente estadounidense John F. Kennedy que lanzaba su célebre frase: Ich bin ein berliner (“soy un berlinés”), a modo de protesta contra la división. Los fotógrafos inmortalizaban los toreos entre los camiones soviéticos y norteamericanos, y la muerte de Peter Fechter: el primer ciudadano, con el muro, que intentó escapar y fue asesinado por los guardias de frontera de Berlín del Este.


El museo Checkpoint Charlie, el centro turístico más visitado de Berlín, expone la historia del muro y los ingeniosos modos de cruzarlo o sus intentos. Siegfreid Noffke murió de un balazo en la cabeza. Sus dos cómplices fueron condenado a la prisión perpetua. Intentaban cruzar hacia el oeste por un túnel de 30 metros de largo y varios meses de trabajo minucioso y discreto. Pero, entre los fugitivos, seguido, se escondía un vopo, un espía. Los desertores eran atrapados y encarcelados en la prisión Magdalenenstrasse (Berlin-Lichtenberg).

Los nombres de las evasiones desfilan en las paredes del museo y en la memoria: Raoul Wallenberg, Christa Gruhl, Tunel 57, Christa Neumann, Egon Schultz, Tunel 28, Uta Franke, Conrard Schumann. Los medios de la evasión eran múltiples según la desesperación y urgencia. Se transpiraba el temor, la angustia: el sí o no definitivo. Había evasores travestidos, pasaportes falsos, fotos trucadas, aviones, dobles fondos en autos o valijas, a pie, corriendo, en camión, entre los alambres. Muchos intentos. Tantos fracasos.

El ingenio se agudizaba
El 4 de agosto de 1984 se evadió el primer avión artesanal. Se utilizó un motor de auto (el célebre Trabant). Las ruedas y el tanque fueron adaptados de otras piezas. El resto fue hecho a mano, incluso, la hélice. El invento casero, un éxito, recorrió 100 km.

--Ese día escuché la noticia por la radio.

Johana salió al balcón y sus vecinos golpeaban el Muro. Se podía cruzar. Su esposo e hijo fueron al Oeste y trajeron café. Johana se quedó cuidando a su hija.

--Me subí, al día siguiente, a un ómnibus y recorrí la ciudad, horas antes, prohibida.

Johana, con la caída del Muro el 9 de noviembre d 1989, se quedó sin trabajo y se divorció. Roger Waters miraba desde el escenario a la multitud excitada. El pulso frenético de The Wall (El Muro) cubría la Postdamer Platz. El Muro de Berlín había caído. Las piedras cedieron bajo la presión de miles de manos. Esa noche de 1989, Pink Floyd marcaba el año cero de una ciudad, de cuatro millones de habitantes, desgarrada por su pasado.

En las oficinas de la Stasi, los funcionarios, en pocas horas, acelerados, y rodeados por los manifestantes, destruyeron parte del material: informes y cintas. Las máquinas trituradoras eran insuficientes. Se apilaban los sacos repletos de documentos profanados que serían reconstruidos. Dos años más tarde, en 1992, se desclasificaron los archivos de la Stasi.

Algunos amigos de Johana se animaron y leyeron los reportes, sus pasados. Eran notificaciones secas de horarios y movimientos: seis de la mañana, salió, entró, dejo de entrar o de salir. Johana preguntó por su nombre. La Stasi le había consagrado 40 páginas.

--Pero no me animé a leerlos.
Esta tarde soleada, el curriculum vitae de la cortina de hierro (1961-1989), pintada en un fragmento del muro, la East Side Gallery, es testigo silencioso e inmutable de aquella ciudad dividida, frente al río Spree.

Johana tiene miedo de descubrir la traición: tal vez sus amigos fueron delatores.

--Prefiero no saber y seguir, ahora, sin el Muro– dice, a modo de punto final.