Camino Ngöbe, diseñadoras de la Península de Osa

  • Conversemos

  •  

Cuando Carmen nació, su madre tomó cacao por cuatro días. Lo tomaba mientras Carmen abría sus ojos de recién nacida. Lo tomaba mientras ella misma cortaba el cordón umbilical que las unía. Lo tomaba porque así se lo había explicado su madre ngöbe y su abuela ngöbe y las tradiciones de sus ancestros.  

Carmen creció en una montaña. Oía pasar manadas de chanchos de monte y tomaba agua del río. A los 12 años tuvo a su primera hija. A los 20 ya tenía cuatro hijos más. También tuvo un esposo que era cabeza del hogar, al que ella se sometía. Vivían en un pequeño rancho en la Península de Osa. 

Cada producto de Camino Ngöbe cuenta una historia.
“Igualdad para mi significa valorarme como mujer. Yo aprendí que todos podemos hacer de todo. No hay trabajo de mujer ni trabajo de hombre. "Yo puedo estudiar, trabajar y opinar. Y si ellos quieren lavar ropa o cocinar o limpiar, que lo hagan, también tienen derecho". Carmen Romero. FOTO: Angélica Sánchez ampliar

Ahora tiene 48 años. Está separada, es abuela y empresaria. Vive en la Reserva La Casona, una de las cuatro comunidades ngöbe del país. Usa un vestido azul y anda descalza. Con un español titubeante cuenta la leyenda de un búho que se aparecía por las noches y asustaba a la gente. Toma un trozo de tela y pinta al animal con ngwini, un tinte rojo natural que sacó de las entrañas de una planta. Cuando lo termina, le cose una etiqueta con la marca que ella y otras 26 mujeres han creado con el apoyo del INAMU: Camino Ngöbe. 

Carmen cree en que producir es sembrar. Cree en la creatividad y en la calidad. Cree en la mujer como un ser con autonomía y poder de decisión. Cree además en el valor de sus raíces y de su cultura. Todo esto se refleja en la empresa que lidera junto a otras mujeres. Entre todas unen ideas y crean. Hilan, tejen, cosen y diseñan desde almohadones hasta bolsos, pinturas y muñecas.


Cada producto lleva una historia impregnada. Cada puntada representa a una mujer ngöbe que ha decidido aceptar su derecho a trabajar, a estudiar, a disponer de su tiempo y de sus ingresos. “Antes yo pensaba que uno solo podía cuidar hijos, cuidar la casa, cocinar y velar por las gallinas. Ahora sé que la mujeres tienen que seguir, valorar su trabajo y su posición”. 

Es así como estas mujeres se levantan todos los días con unas ganas implacables de seguir creando y de seguir creciendo. Buscan en plantas los colores de su siguiente creación. Se cuentan leyendas en ngöbere y las convierten en musas. Reciben cursos y talleres en donde aprenden sobre producción, sobre calidad y principalmente sobre la igualdad de género.


Cada producto es además un reflejo de una cultura que evoluciona pero que lucha por conservar su identidad. Carmen se despoja de una vergüenza que antes la ataba y ahora se siente orgullosa de su vestido azul y de los diseños triangulares que decoran los ruedos. Se siente orgullosa de sus pies descalzos, de su ngöbere perfecto y de su español imperfecto. Se siente orgullosa de ser mujer y de ser ngöbe. Y el orgullo brilla es sus ojos almendrados y en su piel chocolate.