¡Socorro! ¡Padre primerizo!

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Cuando la paternidad llega a un hombre comprometido con su prole y su pareja.

Hace apenas un mes, fui (soy y seré), padre por primera vez de una bella hijita. Si, gracias, muchas gracias. Y este no será un artículo común de los que habitualmente escribo, en el que un profesional serio da su opinión sobre un tema en el que es experto y tiene, casi, todas las respuestas.

Este es mi testimonio, una abierta confesión de un padre primerizo que durante años, como clínico sicólogo, estuvo acompañando a sus pacientitos y a sus madres y padres a entender y mejorar la relación biosicosocial entre la tríada infante, madre, padre. Si, suena muy lindo y muy profesional, pero ahora tiene que aplicar eso que tanto aconsejaba y que, por cierto y aclarando, son conclusiones acertadas.

Y déjenme soltar el primer ¡JA! Ahora entiendo las caras ingenuas y perturbadas de esos papis y mamis cuando les soltaba así sin red “tranquilos, que su hijo llore así o asá, es completamente normal”. Nunca me fastidié porque me llamaran de madrugada porque amo mi profesión, pero me ponía a pensar si lo que habíamos hablado en sesión se había entendido o no. Sé, claro que entendían, pero la aplicabilidad de la teoría tiene un gran vacío cuando se enfrenta con la realidad. Una realidad que nos pone a prueba todas las madrugadas entre la 1 y las 4 a.m., más o menos, cuando el bebé llora sin parar. Y ahí es cuando este profesional deja de serlo y se transforma en un simple y abochornado padre primerizo.

Pero ¿y la teoría aplicable? Déjenme soltar el segundo ¡JA!, este es más sonoro. ¿Qué había dicho el pediatra? ¿Que lo abriguemos según lo que nosotros sintamos? ¡Pero mi esposa es superfriolenta que se pone orejeras de lana con 20 grados y yo soy un oso polar que puede andar en boxer por toda la casa sin soltar ni un solo estornudo! Entonces ¿le sacamos ropa? ¿Le ponemos ropa? ¿Le ponemos-sacamos? ¡Llamá al pediatra! Pero ¡son las 2 a.m.! ¡Llamáaa!

Aprendiendo

Bueno, pues no todo es un mar de incertidumbres para mí; por supuesto que mi profesión me ha aclarado mucho de lo que un padre primerizo enfrenta; sin embargo, nadie se libra de ese frío que corre por la espalda cuando ve a su hijo y no el de otro, llorar sin saber qué es lo que le ocurre.

Aunque en ocasiones debo dejar de teorizar demasiado: les cuento que mi hija se calma en mis brazos en la posición “el tigre en la rama” (muy bueno para calmar cólicos, poner a su bebé boca abajo, pegando su pancita sobre el antebrazo y con la mano le agarramos uno de sus muslitos quedando como colgado de una rama). En esa posición, los vellos de mi brazo rozan suavemente la carita de mi beba y eso parece que le encanta. Y el sicólogo que hay en mi, piensa “¿la estaré condicionado sin querer, y en un futuro al recordar por una fijación positiva los vellos en la cara, terminará por enamorarse de un barbudo? Si, creo adivinar lo que piensan así que pueden reírse. ¡Pero puede suceder!

Y sigo aclarando, soy un PADRE, así con todas las letras. Soy el que se levanta en la madrugada para arropar a la beba y que se queda despierto hasta que deja de mamar y hay que volver a acostarla. Soy de los padres que se ponen la beba en brazos hasta poder calmar el llanto, el que prepara la comida para todos, el que limpia y el que barre y el que va a trabajar con ojeras y confundiéndose de camino por ir dormido.

Aclaro que no soy solo genitor (el que dejó la semillita y se lava las manitas), soy PADRE. Y me encanta. Pero cuesta, pero me encanta, pero cuesta, pero me encanta.

En la primera semana me he olvidado de todo lo que pedía aplicar a los padres de mis pacientitos, me olvidé de cómo calmar el llanto, de cómo quitar el cólico, de cómo sostenerla para bañarla. ¿Inconcebible para un profesional de más de 20 años en el rubro? No, totalmente comprensible. Es un mundo nuevo en el que todos tenemos que ajustarnos al principio, seamos profesionales clínicos o no. Es un universo de preguntas casi todas sin respuestas claras  que nos llevan a dudar de nosotros.

Pero les digo, tranquilos, relájense (relajémonos), respiremos y no nos pre-ocupemos por lo que en su mayoría, son procesos naturales que todos los papis y mamis debemos pasar.  Confiemos en nuestras sensaciones, confiemos en nuestro bebé que también viene sabiendo (solo hay que saber observarlo) y confiemos en nuestro pediatra.

Y no le hagamos tanto caso a todo lo que nuestra experta familia nos pueda aconsejar a pesar de sus buenas intenciones porque van a terminar más confundidos que aclarados. Aunque sé que esta última frase me va a costar una seria charla con mi suegra, digo, con la abuela que “todo lo sabe”. Deséenme suerte.