¿Por qué le tenemos miedo al cambio?

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El cambio es principalmente una resistencia, alimentada por la experiencia personal vivida, es decir, por lo que cada persona tiene representado como un choque, un golpe a su estabilidad, a su homeostasis. Y los sicoanalistas tenemos mucha tela cortada en ese tema, básico del análisis. Ya Sigmund Freud conceptualizaba desde los inicios de su obra la resistencia como aquello que se opone al avance de la cura analítica.
Podemos analizar esa resistencia entonces y descubrir que en realidad son dos miedos básicos frente a toda tarea o proyecto que la persona intente iniciar y que originalmente son tipificadas como ansiedades. Hablo de la ansiedad depresiva y la ansiedad persecutoria; es decir, el miedo a la pérdida y el miedo al ataque respectivamente.

Estas aparecen siempre que la persona entra en conflicto con su mundo externo y cuando la incertidumbre se hace dueña del lugar. Es entonces este miedo al cambio también un malestar que depende de la cultura actual, tan “ansiosa” de perfección, rapidez, de resultados efectivos.

En qué se basa el miedo al cambio.
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Y más evidente se hace en culturas en donde toda actividad está signada por una zona de confort tan fuerte que claro, resiste todo cambio por más pequeño que sea. Y en este hermoso país tenemos una gente encantadora pero muy resistente a lo por venir, desconocido y amenazante.
Cuando persona que abandona lo conocido, teme perder el estatus ganado o quedarse sin lo que ya posee, le sirva o no, entra en caos. Se desespera por aferrarse a esa estructura que, quizás, le venga muy bien desprenderse de ella; pero no, nada de andar cambiando nada.
O puede sonar muy exagerado provocar un cambio para que nada cambie, emulando el gatopardismo, paradoja expuesta por Giuseppe Tomasi di Lampedusa y concepto muy usado en ciencia política.

Entonces, las nuevas condiciones de vida son para algunos, más que una oportunidad para mejorar y explorar nuevos caminos, es un mundo dantesco y avasallador en donde se siente la pérdida del control, que lleva a la persona a la pérdida de la omnipotencia y la sumisión impotente.
Pero, si seguimos buceando en el inconsciente de estos temerosos, encontramos que hay muchas raíces del conflicto, mucha hierba mala que alimenta las ansiedades.

Como la confesión de un paciente, con el cargo de gerente, que se resistía a renovar su trabajo diario porque no se sentía suficientemente instrumentado ni capacitado para afrontar los nuevos retos del mundo digital en el que la empresa en donde trabajaba, se encontraba inmersa. Y ese cambio no solo le significaba a esta persona, la pérdida de control, sino que además le provocaba la pérdida de su poder de ¨macho alfa¨ dominante. Perdía, como ya he mencionado, la omnipotencia para sumergirse sin ningún placer, en la impotencia pura.

Procrastinar
Entonces surge otro problema ligado al cambio, la procrastinación, entendida como la acción de postergar actividades o asuntos que el sujeto debe atender. Proviene del latín: procrastinatio (aplazamiento). La noción se aplica usualmente al sentido de ansiedad generado ante una tarea pendiente de concluir. Pero en el caso de la ansiedad por los cambios, esta procrastinación se produce para evitar hacer la tarea tediosa, aburrida y amenazante. Y entonces queda inconclusa, tanto una acción como una decisión.
Y en estos tiempos de tanto estrés físico, como sicológico e intelectual, y tan perfeccionista a la vez (ya casi visto como una epidemia), cambiar aunque sea una solución evidente, es casi un imposible. Porque baja la autoestima tanto como provoca depresión por el fracaso. En el mundo anglosajón se dice que la procrastinación es el ladrón del tiempo,

Para los procrastinadores y para quienes portan una fuerte resistencia al cambio, el enemigo más peligroso que pueden encontrar son ellos mismos. Friedrich W. Nietzsche (1844-1900) dice que la gran liberación es el crear: quien quiera ser creador deberá comenzar por romper los viejos valores que lo atan… que lo hacen un sujeto sujetado.

"“Os contaré cómo el espíritu se transforma en camello, cómo el camello se convierte en león y cómo, finalmente, el león se hace niño“, Friedrich W. Nietzsche."

Entonces y metaforizando la anterior frase de Nietzsche, podemos decir que el camello lleva demasiada carga sobre sus hombros y, o no se da cuenta, o no quiere verlo. Pero si ese camello se transforma en león, pues podrá derribar ataduras y pesos excesivos para que finalmente, ya transformado en niño, pueda dejar de lado las ataduras impuestas por la misma persona, y aventurarse a explorar y conquistar nuevos caminos, nuevas ideas y mejores puestos de trabajo.
Consejo final: a sacudirse la pereza, combatir la idiosincracia del individuo conformista y temeroso ,enfrentar la incertidumbre, respirar profundo y avanzar sin detenerse.
¡Vamos, que se puede!

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