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Aprender mamando

La primera vez que imaginé el sexo oral fue un pensamiento involuntario.

Tenía enfrente a un adolescente con el cuerpo flaco y estirado, la cara llena de espinillas y el aliento de Coca-Cola. Mi compañera de laboratorio sostenía una pechuga cruda de pollo y yo el escalpelo con el que íbamos a raspar el músculo. Era una situación esterilizada para el erotismo pero, a los 14 años, la curiosidad morbosa no respeta métodos científicos.

Todavía recuerdo el gesto arrogante con el que mi compañerito tomó un sorbo de Coca y nos preguntó: "¿Qué harían si les metieran un pene en la boca?".

Es cliché describirse a una misma como la adolescente que maduró tarde en la vida pero, a la par de mi compañera de laboratorio, cualquiera habría cabido en la descripción.

Ella, rápida, respondió como la más práctica y desentendida con un "chuparlo". Yo, en medio de una crisis mental en la que todos los penes del mundo aparecían en mi cabeza como los había visto en los libros de biología (o sea, flácidos y diagramados) literalmente respondí "¿Pero eso no sabría a orines?".

Creo que, ahora, me haría falta un poco de esa inocencia tan idiota para abordar otros problemas de mi vida. Pero, en aquel entonces, me condené a que ningún pene se me acercara a la cara hasta que salí del colegio y entré a la universidad. Y ya siendo honesta, mejor, porque por muchos años no los quise ver de cerca.

En confianza, mis amigas me fueron contando sobre cómo progresaban sus aventuras sexuales: la primera vez que las besaron en el cuello y la piel les respondió con un escalofrío; la primera vez que se mojaron y no sabían qué les estaba pasando entre las piernas; la primera vez que, en una serenata, se arrodillaron detrás de un árbol y todo el colegio tuvo algo que decir sobre la mamada que vieron o imaginaron. Colegio católico, chismes apostólicos.

Del otro lado, yo veía los toros desde la barrera. Intentaba imaginar una erección y aparecían los fantasmas de los penes de los libros. Los besitos que me daban no me estaban provocando nada de lo que mis amigas me detallaban con su supuesta experiencia.

Harta de la presión grupal, la primera vez que tuve el coraje de bajar el zíper de un pantalón fue en una fiesta. Mitad borracha, finalmente un cuarto cachonda y otro cuarto curiosa, las manos me bajaron solas: estaba en medio de la operación cuando sentí una erección tan pequeña que me eché a reír de los nervios. Pregunté en voz alta si era que teníamos que esperar a que creciera pero no tuvimos que esperar nada porque ahí mismo me dejaron mamando (no como yo quería).

Después de la experiencia de la fiesta, me dispuse a resolver mi aberrante ignorancia. Me prohibí pensar en los penes de los libros de biología. Escogí dos víctimas que me gustaban para mis experimentos y, como si fuera un reality show, les hice una severa eliminatoria.

El primero fue descalificado porque un día me escribió que era adorable y yo imaginaba que uno no le mete los genitales en la boca a las muchachas adorables (de nuevo, yo era muy inocente y muy idiota). El segundo continuó en la competencia porque me enteré que era todavía más torpe que yo y lo vi como una oportunidad de sacarle provecho a la inexperiencia de los dos.

Salimos a besarnos como una semana, hasta que sentí que nuestras lenguas compartían un ritmo decente. No estaba convencida de que el tacto me causaba en el cuerpo la "electricidad" que mis amigas me declaraban.

Había algo que sentía, pero estos eran tiempos sin periodismo confesional. Me daba por googlear mis "síntomas" y cuando me daba cuenta estaba en los foros en los que las muchachas preguntan que si masturbarse pensando en el novio las podría dejar embarazadas.

Sin prepararme, insegura de lo que podría o no pasar, nos encerré en un aula de la universidad (esa miseria de no poder pagar un cuarto y esa desesperación de no poder ir a coger en casa propia no se la deseo a nadie).

Me gustaría decir que cuando finalmente confronté una erección me quedé desorientada; quizás sería más verosímil que lo que voy a escribir.

Recuerdo el bloqueo mental inducido por las hormonas porque, desde entonces, es el mismo que ocurre siempre que quiero coger. En ese trance, me agaché y la mamé con la mayor naturalidad del mundo: como si besar, chupar, lamer y succionar fueran reflejos tan habituales como respirar. No fue una sesión de cinco estrellas pero, entre dos inexpertos, las calificaciones siempre tienen una curva de aprendizaje.

Mi primera mamada se convirtió en muchas otras oportunidades para practicar con la misma persona lo que le gustaba a él y lo que me gustaba a mí. Tuve tiempo para relajarme, para preguntar, para sentir, para escuchar. El mismo modelo lo he replicado, con más o menos éxito, en todas mis parejas.

En un mundo estandarizado, mamar un pene sería lo mismo que mamarlos todos. Pero cada persona es absolutamente diferente. Mi tesis es que la única forma de tener el sexo que merecemos es salir a buscarlo. Y encontrarlo.

En ese sentido, me considero una aprendiz de la prueba y del error. El método científico nunca falla.

Besos, Lupe.

Cogeciones

Por Lupe

A mi primer novio le decía: "Ahí donde dejamos la ropita, ahí dejamos el pudor y la culpa católica". Así comencé a disfrutar el sexo.