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Coger con la regla no es un crimen

El dicho dice "Dios aprieta pero no ahorca". Otro dice "Cuando Dios cierra una puerta, abre una ventana". Pero quienes confían en estos proverbios masoquistas probablemente no saben que, durante la menstruación, mientras el cuerpo se desangra en un pegoste innombrable, las mujeres se ponen más cachondas que nunca.

Yo no amo mi regla. Tampoco la odio. Esas áreas grises siempre son difíciles de conceptualizar: no todas las cosas son buenas o malas, algunas solamente son incontrolables. E incontrolable es la precisa definición de la menstruación, más aún cuando son incontrolables las ganas de coger durante ella.

Existe un mandamiento implícito que dice "No fornicarás durante la regla". Es otra gotita del saber que se desprende de la enseñanza, más general, de que la vagina es un órgano diseñado para avergonzarnos y para frenarnos de una vida plena.

Para no perder la perspectiva, cuando alguien se refiere a una "vida plena" se refiere a la vida de los hombres. Porque ellos no sangran. Para ellos, los 30 días del mes son todos los mismos. ¡Vida plenísima!

Un resumen básico de mi relación con la regla: nací mujer y soy saludable, ergo menstrúo una vez al mes. Llevo alrededor de 14 años menstruando.

He vivido muchas relaciones avergonzada por cómo funciona mi cuerpo, incluyendo los malos pensamientos que me dan días antes, durante y después de la menstruación. ¿De qué sirve querer coger cuando uno no puede hacerlo?

Una vez, durante una hemorragia muy intensa, un novio se llenó su mano de mi sangre. Nos volvimos a ver pálidos y la conclusión fue "son cosas que pasan".

Ese mismo, a menudo, me decía "yo no la saco con sangre". Pero esas también son cosas que pasaron, por error, cuando teníamos sexo al final del periodo o, con peor suerte, justo el día que me llegaba. Después de terminar, alguno de los dos tomaba el condón entre hojas y hojas de papel higiénico, con todo el asco del mundo.

No me extraña que, por eso, mi lógica era frenar todo contacto ligeramente erótico mientras sangraba.

La masturbadora que hay en mí se obligaba a entrar a la ducha y a estar prístina antes de tocarme. Si a mí me daba asco mi regla, no podía imaginarme la repugnancia que le podía dar a los demás.

Cinco días al mes, tenía citas para comer helados y hablar de libros. El contacto físico era de manitas sudadas y besitos de piquito. Había que comer más helados y hablar de más libros para que las manitas y los besitos se quedaran quietecitos.

Descubrí que tocarse con una toalla sanitaria de por medio es la prueba de que el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones. También aprendí que los amantes que esperan que ese toqueteo mediocre procure un orgasmo son malos; pero los que esperan recibir sexo oral después del toqueteo ínfimo, ¡son los peores!

Las cosas cambiaron a principios de año, cuando un amigo llegó a casa a ver películas. Esa es, obviamente, una de las excusas más viejas que existen en el libro de las excusas, pero igual es buena.

Después de besarnos, estábamos en ese momento que uno se tiene que sacar la ropa. Entonces, recité mi mejor línea: "Hoy no puedo porque tengo la regla".

Para mí, esa frase es tan definitiva que anula cualquier pasión cuando se dice en voz alta.

Estaba lista para la negociación de siempre —la que termina en el toqueteo mediocre por encima de la toalla y en la que el mae pide una mamada de consolación — cuando oí las palabras más mágicas que me han dicho: "Y eso qué importa".

No sé exactamente por qué, la forma tan relajada que lo dijo me hizo sentir segura. Nunca me había topado con una pareja que estuviera realmente cómodo con la idea de que por mi útero bajara sangre mientras estábamos juntos.

Sentí que, con un "eso qué importa" conmigo, ¿quién contra mí? La ropa salió volando. También salió volando el calzón con la toalla, símbolo ulterior de todas mis inseguridades menstruales.

Por ese rato, lo mismo fue coger con o sin la regla, hasta que amaneció y vi el desastre.

El pánico que tan fácil se fue, volvió a mí cuando vi todas las manos pintadas en las sábanas blancas. Por unos minutos me volví a sentir como una mujer sucia y condenada al fracaso.

Luego, lo vi a él salir del baño, secándose las manos como si no hubiera pasado absolutamente nada. Vi su cara heroica de "eso qué importa" y a mí, otra vez, me importó todo un carajo.

No saben cuánto me costó llegar a la conclusión de que, por un buen polvo, hay que estar dispuesto a ser desordenado y sucio. Pero, bueno, finalmente aquí estamos.

Sé que muchas revistas de mujeres recomiendan coger en la ducha o poner un paño para prevenir las manchas. Todos esos consejos provienen del asco.

Si el reguero es el mayor tabú de coger con la regla, yo recomiendo que pisen como les dé la gana con alguien que les diga "eso qué importa" con la misma comodidad con la que a mí me lo dijeron.

Gracias a ese polvo, ahora sé cómo sacar la suciedad más jodida de las telas: bicarbonato de sodio, sal y agua tibia.

La verdad es que este es el secreto de la vida plena: aceptar que las vaginas sangran y las sábanas se manchan. Por coger con la regla, el mundo no se acaba.

Besos, Lupe.

Cogeciones

Por Lupe

A mi primer novio le decía: "Ahí donde dejamos la ropita, ahí dejamos el pudor y la culpa católica". Así comencé a disfrutar el sexo.