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Todas las personas con las que me he acostado 1990-2017

Me dicen Lupe y tengo 26 años. El año pasado, cuando terminé mi última relación, hice una lista: pelos y señas de cada persona con la que me he acostado desde que comencé a coger con otros.

La comencé escribir muy ebria: estas son el tipo de decisiones que una toma en broma o con la seriedad de cuatro gin tonics encima.

Aún así, hacerse una auditoría de las cogeciones es cosa seria, que no los engañe lo que pueda decir o pensar Lupe borracha.

En mi adolescencia, vi el episodio de Sex and the City en el que Samantha enumera frente a su ginecóloga, a punta de paciencia y todos los dedos de las manos, a quienes se había mandado o se la habían mandado. Creo que, en ese momento, me hice la pregunta de todas las mujeres: ¿No debería acordarse una de cada poético momento en el que abrió las piernas?

Diez años después me respondo: no. Rotundo.

Con toda franqueza, no le quiero dedicar ni un byte de memoria al mozote que se negó a darme sexo oral o al troglodita que estaba empecinado en masturbarme en la multitud de una barra libre. Como ninguna desgracia viene sola, en la primera categoría tengo dos príncipes. En la última, no cuento a ninguno, porque manoseo no deseado es y será siempre acoso sexual, tal y como se lo hice saber al idiota con un codazo en el estómago.

Comencé la lista, en agosto pasado, y apunté nueve personas; a cada una le puse una descripción general. De algunos de los nombres no me acordaba en detalle (de uno todavía no tengo el apellido); pero, salvo por los one night stands, de una u otra forma, al resto los consideré mis "parejas" o, al menos, alguien con quien había intentado salir a mayor plazo que un mes.

No puedo hablar sobre cómo suceden las relaciones de los demás, de las mías puedo decir que nunca comienzan por las citas, los dates, las salidas de amigos o cualquiera que sea el término. Mis relaciones, mis vínculos no amistosos, comienzan con la manoseada, usualmente la cogida, y, a partir de ese punto, todo tiene que avanzar. En teoría.

Me declaro culpable: yo soy de las que estrenan el carro aunque todavía no tienen la licencia para comenzar a manejarlo.

Coger con prisa, o más bien coger sin la prisa de la formalidad, no es tan malo como suena cada vez que mi mamá me reclama que soy promiscua (que son conversaciones normales en una presa, en la fila de un banco, en cenas y almuerzos. Gracias, mamá).

Me niego a ser la mártir a la que la quieren un montón pero la pisan mal. El meollo con el que me tropiezo, cada vez que pienso sobre el tema, es que si yo no priorizo mis orgasmos, ¿quién lo va a hacer por mí?

Con esa pregunta en la cabeza, la lista de las cogeciones salió de una legítima "noche de copas, noche loca", como canta María Conchita. Solo que, en lugar de estar en una barra de bar con mis amigas, estaba sentada en mi escritorio con la computadora abierta y el Tanqueray al alcance de la mano.

Empezó como una purga. Me quería hacer sentir culpable. Empecé a calcular la cruel aritmética de los nueve nombres que apunté en orden cronológico: nueve personas desde que perdí la virginidad —o gané el sexo, depende del punto de vista—. Nueve personas desde que cogí con la primera, a los 20 años, daban un promedio de casi dos personas por año. Nueve personas son casi DIEZ personas.

El número cerrado, la cantidad total de dedos que sostenemos en las manos, me aterraba. Cuando ya uno no puede usar los dedos de las manos necesita, como Samantha, usar la imaginación.

Tuve una relación de dos años y hubo un año entero que no cogí —el 2014—, lo cual solo me empeoraba el panorama: ¿cuánto es mucho? ¿Cuánto es poco? ¿Cuánto es "por favor deténgase y deje que le vuelva a cicatrizar el himen"?

Estaba tan preocupada con estas preguntas que, cuando me di cuenta, las nueve personas se habían convertido en 13 y, a esas, también las estaba apuntando en la misma lista.

Me gustaría detallar cómo multipliqué los panes con tanto talento, pero esas fueron cuatro cogidas en las que, de repente, todo ocurrió sin mayor ceremonia.

De una me despertó una abuelita que, muy amablemente, me ofreció café y tostadas. De otra, tuve que abortar el plan de la ducha compartida porque me percaté que, como todo fue espontáneo, el único pelo que no me avergonzaba era el de la cabeza.

En fin, todo esto es para decir que, mientras escribo esto, la lista casi cumple un año.

En mi cabeza, a todos los nombres que apunté les digo cogeciones porque, a falta de un mejor término, estoy usando una palabra que usaron en mi contra. Mi última pareja me reprochó que era distante, promiscua, falta de amor.

A unos les suena que si uno coge mucho tiene que ser porque se siente muy libre y nunca se entrega a los otros. A otros, el sexo les suena como una manera de perderse ellos en las sábanas ajenas como si solamente fueran cascaritas frágiles.

A mí no me parece ni una cosa ni la otra.

Lo que me parece, después de tantos meses de darle vuelta a la lista, es que no voy a perder el tiempo juzgándome. Tampoco me voy a autoflagelar por buscar mi placer.

Me he acostado con 13 personas en 26 años. Seguimos contando.

Besos, Lupe.

Cogeciones

Por Lupe

A mi primer novio le decía: "Ahí donde dejamos la ropita, ahí dejamos el pudor y la culpa católica". Así comencé a disfrutar el sexo.