• Conversemos

  •  

La cogida más importante del día

Dos veces al día, siete días a la semana. Llueva o truene. En mi vida, primero la masturbación y, luego, todo lo demás. He llegado al trabajo sin desayunar pero es inusual que lo haga sin, al menos, un orgasmo. Impriman las camisetas: antes muerta que frigidilla.

Me puedo jactar que, en cinco años de no tener una pareja estable, soy la única que no me defraudo. De hecho, no me defraudé cuando, un día de estos, pensé que me iban a coger para romper una sequía de varios meses sin sexo.

Verán, la semana pasada me dejaron plantada. No solo me tocó tragarme el ego a solas, sino que casi me atraganto cuando vi pasar a mi cita junto a la ex novia. Se sobreentiende que la única persona que terminó disfrutando de lo bonita que quedó la depilación del bikini y lo suavecita que me quedó la piel después de una exfoliación de cuerpo entero, fui yo.

Después de la llegué a mi casa a quitarme la ropa y, con mucho cariñito, "hacerme el auto amor". Una vez en la noche, una segunda en la mañana.

No voy a usar ciencia para probar los beneficios sanitarios del amor propio. Si a la fecha no sabemos cómo funcionan las hormonas que transitan nuestros cuerpos después de un orgasmo —la oxitocina, endorfinas y prolactina— es porque no nos educan para entenderlo. Es una soberana tristeza pero, todavía, la información más clara nos la publican en inglés

El resumen corto, sin ver el video del enlace, es que la ciencia apoya mi tesis casera. El bienestar emocional comienza y termina en mantener aceitada la máquina, la máquina de los genitales.

Tengan en mente que, toda la vida, me hicieron creer que la vagina era la parte más fea de mi cuerpo. No tengo palabras para explicar la cantidad de años que me costó acostumbrarme a vérmela y, sobre todo, a desearla.

Tuve que esperar a que llegaran otros a decirme al oído lo bonita que soy entre las piernas. Aún así, me costó creérmelo.

Por defecto, a las niñas nos enseñan muchas cosas sobre nuestros cuerpos. Nos dicen cómo hacer que las tetas se vean más bonitas con un push up, cómo cuidar un dolor de ovarios, cómo se deja el cuerpo lampiño antes de mostrárselo al mundo. Confío en que las que sí aprenden a verse los genitales, cara a vagina (o, mejor dicho, cara a vulva), tienen las familias más raras.

Soy hija de una familia de mujeres y vi muchas veces a mi mamá, a mi abuela y mis tías palparse el cuerpo de forma higiénica. Las observé cuando se secaban al orinar, la mano con el papel higiénico avanzaba ciega y la mirada la perdían en el techo del baño.

Con la misma mirada perdida, me bañé y me limpié por muchos años. Si me ponen a dibujar cómo se veía mi vagina antes de la pubertad, simplemente no podría. La vagina que vi (o más bien, no vi) durante toda la adolescencia era sucia: manchaba la ropa interior, olía fuerte, se llenaba de sangre una vez al mes.

La primera vez que me enfrentaron a mi cuerpo, tenía 16 años. Una profesora de psicología sacó a todos los varones del aula de clase. Éramos 32 estudiantes y quedamos 13 mujeres en el aula, contándola a ella. Protegidas por las paredes de un colegio católico, la profe nos habló bajito, tan bajito que tuvimos que mover los escritorios alrededor de ella para escucharla.

"Muchachas, póngase un espejo entre las piernas", nos dijo. La idea nos pareció ridícula. Una profesora que, claramente, estaba excediendo con creces la labor por la que le pagaban. Aunque yo me burlé muchísimo de lo estúpido que era el consejo, hice exactamente lo que nos dijo.

El día que me vi la vagina, decidí comenzar a masturbarme. Me acosté con la cobija hasta el cuello y cerré los ojos. Ya ni sé en qué habré pensado, porque ya les dije que yo no podía con la idea de los penes.

Me costó dos años llegar a sentir un orgasmo. No por falta de esfuerzo sino porque simplemente no entendía cómo hacerlo. El cuerpo viene sin instrucciones, nadie nos enseña a usarlo.

La verdad, yo misma me quité la virginidad. Torpe, como todos los vírgenes. Me pone fatal ese símil de que el cuerpo de la mujer es como una guitarra pero se sintió así, a pura práctica me tocó afinar mis orgasmos.

Ahora que ha pasado una década, la masturbación es la única dieta que intento seguir con compromiso religioso.

No siempre tengo ganas de tocarme, mentiría si lo dijera. Pero la mayoría de los días, las tengo y lo hago, dos veces al día. Vivo sola y hago todo el ruido, todo el desastre que se me antoja. Que se lo aguanten los vecinos.

Antes de bañarme, también tengo la rutina de verme al espejo de cuerpo entero. Entre todas las partes del cuerpo, me reviso la vagina como me vería la cara. Todavía no me parece qué bruta, qué hermosa, porque no es tan fácil quitarse esos vicios.

Si la tengo que describir, diría que me parece mía.

Besos, Lupe.

Cogeciones

Por Lupe

A mi primer novio le decía: "Ahí donde dejamos la ropita, ahí dejamos el pudor y la culpa católica". Así comencé a disfrutar el sexo.