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Te quiero (culear) mucho

Estoy enculada. No cojo, no ligo, no juego en Tinder. Cada vez que estoy borracha le envío mensajes que escribo pensando en todos con los que me he obsesionado. Me deja en visto.

Estoy bloqueada. Tengo la presa más gruesa que me ha tocado tragar sin lubricación. Aquí está el acumulado de siete meses de hormonas embotelladas: un nudo que me presiona la boca del estómago y me aplasta el vientre. Estoy enculada y, físicamente, me duele.

Estoy enculada porque, en mi rutina masturbatoria, durante los gemidos estridentes de la pornografía, cuando siento que dejo de existir, pienso en esas últimas veces que no cogí sola y me enfermo de soledad. Ni en mis mejores momentos puedo gemirme al oído lo ricas que se me ven las tetas. Me lo resiento.

Cada día estoy más enculada porque todos los días me digo que no lo estoy. Estoy bien. Estoy en una sequía normal porque no todas las estaciones pueden ser de cogeciones. Estos tienen que ser los meses de paz antes de que explote la fiesta patronal (gracias por la metáfora, Calle 13).

Estos son los meses para reflexionar sobre lo que siento cada vez que me piden pasar la noche en mi cama y lo hacemos, en posición de cucharita. Todo el mundo con su ropita puesta como si fuera el muro de Berlín. Siento los brazos de mi amigo estrecharse contra mí y mi cuerpo se calienta y se enfría solo. Qué colerón.

Todavía estoy esperando el coraje para voltearme, montarlo y decirle a la cara que me lo quiero culear. Pero el viernes pasado nos vimos a los ojos mientras cenábamos y hablamos de su ex novia. Así que no solo estoy enculada, también soy mártir porque me tengo que aguantar la perorata de cómo era el sexo con otras mujeres.

No sé si en la cara tengo un rótulo mayúsculo que dice CUÉNTEME SOBRE SUS OTRAS COGIDAS porque, de pronto, estoy recopilando todos los testimonios. Me sé los santos y señas de los orgasmos de las otras, lo cual no compensa la falta de los míos.

Estoy viviendo la madre de todas las enculadas porque no estoy enamorada de nadie. Nada como la falta de amor para obsesionarse con la falta de sexo. Siento que la calentura se me pone agria entre las piernas de tanto odiarla.

Cita tras cita, me devuelvo a la casa, me quito la ropa, me masturbo. Esta no puede ser una rutina sana. Esta no puede ser una rutina.

Pienso: no me gusta que me usen emocionalmente si no me van a pisar. Si no me van a pisar que me avisen y que me avisen antes de que estemos metidos en la misma cama, bajo las sábanas, ojalá antes de dormir con las piernas enredadas. Si no me van a pisar, que no me prometan que van a hacerlo.

Si me van a prometer una cogida, la próxima los voy a poner a firmar un contrato vinculante, en lugar de confiar en el mensajito de texto de la madrugada. Me arde todavía más cuando pasan los días y todo lo que les escribo queda con la marca azul del visto. La tecnología ni siquiera me permite la digna deferencia de aceptar el rechazo pasivo y recuperarme.

Estoy enculada porque, uno por uno, los veo y los leo volver con sus exnovias. Me los he topado en bares, en La California y en los mensajes que descifro cuando veo sus celulares de reojo.

Me ponen nerviosa tantos juegos mentales. Si uno quiere coger, coge. En esta cancha no existe la banca y, si acaso existiera, lo último que quiero es estar sentada en ella. Dejen de convertirme en suplente porque no saben qué hacer cuando ya no quieren conmigo.

Soy joven, no ingenua. No me mientan. No me digan que las chicas con las que salen son sus amigas si, antes, los he visto comiéndose las bocas.

Pienso: ojalá yo tuviera amigos así, probablemente no escribiría con tanta rabia.

Literalmente no hay besos, Lupe.

Cogeciones

Por Lupe

A mi primer novio le decía: "Ahí donde dejamos la ropita, ahí dejamos el pudor y la culpa católica". Así comencé a disfrutar el sexo.