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El hombre colchón

En las clases de gimnasia de la escuela siempre nos ponían una colchoneta para que aprendiéramos a hacer las piruetas. Brincar era fácil cuando algo suave te espere abajo, evitando que la cabeza se te parta en dos.

Luego, las más ágiles podía brincar sin colchoneta. Yo, una niña gordita y sin suficientes habilidades motoras, nunca, nunca abandoné la colchoneta. Antes de eso, abandoné la gimnasia.

Sin embargo, aprendí que pase lo que pase siempre hay que tener algo blando que te ataje. Algo que haga que el golpe duela menos.
Mi mamá tiene una analogía bonita: hacer las del mono, nunca soltar una rama hasta no tener la otra agarrada. Viene siendo lo mismo, lo que cambia es la horizontalidad por la verticalidad.

Por eso, creo, nosotras las mujeres solemos tener siempre a un hombre colchón. Ese chavalo buena gente, que está esperando el momento en que se nos caiga el anillo del dedo para invitarnos a comer.

Ese chavalo que está ahí, a un margen adecuado. Lo suficientemente cerca para hacerse notar, lo suficientemente largo para no poner a peligrar nuestra relación actual. Eso sí, cuando nuestra relación termina, el margen se desdibuja y una cerveza con el chavalo no vendría mal, ¿no?

Yo no juzgo a las mujeres que tienen un hombre colchón o que creen que un clavo saca a otro, no podría hacerlo. Recuerden, yo soy de las que nunca quitó la colchoneta.

PUBLICADO: 23 de Diciembre, 2013 AUTOR:

Cosas ricas (un blog que no es de gastronomía)

Por Mónica Morales

Pensamientos e ideas, realidades y prejuicios: nos guste o no, esto es lo que hay. Divirtámonos, critiquemos, odiemos y amémos las mil y un cosas que nos suceden a diario. Tratemos de cambiar las que más nos interesen y las que no, aceptémolas con elegancia. Al fin y al cabo, es lo que hay.