Qué persona más inteligente!". ¿A ustedes les sucede que cada vez que alguien dice eso de alguien más, surge un interés en conocerle? A mí sí. La gente inteligente dice, piensa y hace cosas inteligentes, ¿o no?

En las décadas de los setenta y ochenta (no sabría antes ya que no había nacido) la inteligencia estaba emparejada al pensamiento matemático, y sobre todo, a la memoria. Sabíamos tan poco sobre dicha condición que confundíamos capacidad intelectual con habilidad para recordar. Aquellos compañeros, los "inteligentes", lo eran en la medida que conseguían dos metas: salir bien en matemáticas y demostrar un alto rendimiento académico. Si aquello que "sabían", en realidad no sabían para qué servía saberlo, no importaba mucho. Si su caudal mnémico (dícese de todo lo relativo a la memoria) les permitía citar textualmente, ya sea al docente o el texto estudiado, entonces desaparecía toda duda: estábamos en presencia de alguien inteligente. Si eso que escribió o contestó, lo olvidaba 10 minutos después, poco importaba. En síntesis: no sabíamos lo que era la inteligencia o, para no tratar mal a los encargados de la educación costarricense del siglo XX, se confundía la inteligencia con la memoria y la capacidad de calcular. Me parece que en eso no hemos avanzado mucho. Sin embargo, no deseo polemizar. No al menos en este momento.

Debido a que en los países de tercer mundo las ideas importantes llegan tarde (y algunas no llegan, como la educación laica), no nos habíamos dado cuenta (quizás no eramos aún lo suficientemente inteligentes para saberlo) que en 1983, un colega psicólogo norteamericano -investigador de la prestigiosa Universidad de Harvard- de nombre Howard Gardner, publicaba un texto que generaría un cisma en la comunidad científica. El título: "Frames of Mind" ("Estructuras de la Mente"). Un libro que todo interesado en la dimensión mental DEBE leer. Bueno, en realidad no "deben", sobre todo si quieren seguir pensando que la inteligencia es recordar y usar una calculadora.

Pienso que la propuesta de Gardner es por todos conocida, así que no me detendré demasiado (lean el libro, es una decisión inteligente). En síntesis, la "inteligencia" no es algo que pueda reducirse a un coeficiente (sí, personas con un alto C.I. son obscenamente incapaces para toda una serie de actividades triviales). La inteligencia requerida para coordinar un trabajo en equipo tiene poco que ver con la habilidad para resolver una ecuación cuadrática. El conocimiento respecto al proceso de la fotosíntesis me va a servir de poco al cambiar una llanta en mal estado. Ante la afirmación con la que inicié este escrito, según Gardner, tendríamos que preguntar ¿inteligente en qué área?. ¿Ya van entendiendo por qué las pruebas de bachillerato y los tests de ingreso a nuestras principales universidades no necesariamente arrojan datos útiles? Pero, como dije párrafos atrás, no deseo polemizar. Si quieren seguir pegados con las ideas de siglos pretéritos, adelante. Solo no digan que no se los dije.

De dichas inteligencias, se mencionan dos en las que deseo detenerme un par de líneas. Fue una genialidad de parte de Gardner observar cómo el ser humano, al verse obligado a socializar (somos animales gregarios), requiere de ciertas habilidades para "sobrevivir" en la jungla de concreto. Inteligencia interpersonal (las famosas "social skills") e inteligencia intrapersonal. La primera, fundamental si no estamos planeando irnos a vivir a alguna gruta en alguna empinada montaña. La requerimos, valiéndonos de la capacidad de la empatía, para poder, no solo elegir cómo conducirnos socialmente, sino para predecir el resultado que mis actos y palabras generarán en los otros. Si me permiten utilizar un ejemplo extraído de la cultura "pop", pueden pensar en Sheldon, el personaje principal de la serie "The Big Bang Theory". El individuo en cuestión, en inteligencia interpersonal, no habría podido superar ni el maternal (siempre me ha llamado la atención escuchar personas que, autodescribiéndose, confiesan: "es que yo soy como Sheldon". En esta loca sociedad, ufanarse de una incapacidad otorga un lugar de reconocimiento).

Tan importante como la interpersonal, quizás por mi paso por la escuela de filosofía, considero fundamental reparar en la inteligencia intrapersonal. Para no ponernos exquisitos, diremos que alguien intrapersonalmente inteligente es aquel individuo que se sabe leer internamente. Cuenta con la capacidad de re-conocerse. Se conoce a sí mismo, o al menos, entendió el valor de dicho ejercicio. La inteligencia intrapersonal nos faculta conectarnos con el pensador que todos llevamos dentro. Eso sí, favor no confundir con las personas que pasan pensando y pensando todo el día, rumiando ideas por la mañana, alimentando su insomnio por las noches. Esas, como bien señalaba Freud, han hecho del pensar un síntoma.

A propósito de lo último que escribí, y con el afán de continuar, traigo a colación una frase del mismísimo Gardner: "la inteligencia es la capacidad de formular las ideas correctas y armonizarlas con nuestras acciones". La coherencia, entonces, es signo de inteligencia. Ni es inteligente el que piensa y piensa y no hace, ni el que "se manda" a todo sin pensar. La inteligencia, espero que nadie se asombre, es un estado de equilibrio.

Luego de que Gardner se paseara en todos esos padres de familia que presumían con sus hijos "inteligentes", y quizás a propósito de su valiente propuesta, la cual le valió sendas condecoraciones así como detractores, podemos adelantarnos una década y así llegar a un momento trascendente en la historia de la psicología. El año, 1996. El libro "Inteligencia Emocional". De Daniel Goleman podría decir muchas cosas. Es un investigador que realmente admiro. No solo es un científico reconocido, sino que practica -y estudia- la meditación. Además es "compa" del Dalai Lama (uno de sus asesores en temas de ciencias de la mente).

Si les parece, continuamos la próxima semana...

Allan Fernández, psicólogo clínico / 8663-5885 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez / jorgeallan@icloud.com

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