Recién celebramos en Costa Rica el día nacional del psicólogo y la psicóloga. Bien podría considerarse un triunfo, tomando en cuenta que nuestra sociedad, influenciada por concepciones retrógradas provenientes del mito judeocristiano, continúa viendo con malos ojos la autonomía del ser humano. El hombre y la mujer, al alcanzar su estado de emancipación, corren el ”riesgo“ -el riesgo es para los grupos de poder- de cuestionar la necesidad de confiar en seres metafísicos, estos algunas veces protectores, algunas veces castigadores.

Sigmund Freud afirmaba que toda psicología es una psicología social. Quería decir -eso creo- que toda propuesta psicológica debe aspirar a permitirle, al conglomerado, un mayor estado de bienestar. No siempre ha sucedido. Hoy sabemos, con toda la pena del mundo, que en diferentes momentos de la historia la psicología ha preferido aliarse con “el lado oscuro”, quizás por coacción, quizás por extravío. Resulta paradójico que un oficio que cargue la pesada responsabilidad de operar con EL ALMA -categoría altamente controversial-, algunas veces, más que liberarla, parecieran querer fumigarla. Sí, algunas psicologías, derrotadas por el conformismo y la superficialidad imperantes, ofrecen tan poco que no merecen ser consideradas parte del conocimiento científico.

Los procesos sociales me interesan desde hace muchos años, específicamente desde mis tiempos de estudiante de facultad. Un maravilloso -casi diría “epifánico”- curso titulado “Procesos Sociales Contemporáneos” me enfrentó a una cruda realidad: no estaba mal querer ejercer la psicología clínica, no tenía por qué sentirme mal al decidir intentar el cambio desde un consultorio privado. Sin embargo, ir de uno en uno no era suficiente. La psicología debe detentar un lugar en el concierto social: uno de análisis, de reflexión y, más importante aún, debía asumir su rol de agente de cambio. La psicología de la conversadera no estaba logrando mucho. Urgía -aún urge- una psicología de la acción. Una que de las palabras pase a los actos. Una psicología en movimiento.

Mi elección, a la hora de elegir mi primera especialidad, el tratamiento de personas con problemas de dependencia, respondía justo a ese interés. Yo estaba seguro que el problema de las adicciones excedía el ámbito de lo individual. En una sociedad de consumo, en un momento de la historia en la que el “tener” resulta más atractivo que el “ser”, presentía que era necesaria una visión más “macro”, no solo en el sentido de comprender, sino en el de proponer soluciones a este fenómeno. Se bien que resulta tentador pensar que todo responde a lo psicológico (el psicologismo es eso, sostener que todo lo humano responde a su dimensión individual). Sin embargo sería un error. El ser humano reside en un espacio social. Esa sociedad incide directamente en el estado emocional de los individuos que la conforman.

Hoy, casi 20 años después de iniciar mi aventura universitaria, estoy completamente seguro de algo. Freud tenía razón. Habitamos una cultura del malestar. La sociedad produce estrategias para sufrir. Es que les conviene. Las personas enfermas son mejor negocio. Las cúpulas de poder -las religiosas y las políticas- se nutren de la decepción y la apatía. Aquel que no sabe lo que quiere, ese que no ha logrado resolver su enigma existencial, es presa fácil de los discursos alienantes. Millones de niños vieron a sus padres insatisfechos, tanto en su relación, su trabajo como con su fe y, gracias a esto, creyeron que semejante escenario era normal. Fueron programados para aceptar el malestar. El desánimo y derrotismo de sus familias de origen les trazó un “destino”: estar mal está bien.

Pero la realidad no es necesariamente esa. Nuestra historia no tiene por qué intoxicar nuestro presente. El fracaso existencial de las generaciones precedentes no tiene por qué obligarnos a solidarizarnos con tan lúgubre porvenir. No propongo culpabilizar a nuestra familia de origen. Esa sería una actitud infantil. Propongo superar dicho estado original. Transformarnos. Evolucionar. El destino no existe, la suerte tampoco. Las intervenciones divinas probablemente tampoco. Somos el resultado de lo que hemos vivido, pero también de lo que decidimos momento a momento. Si papá y mamá no lo lograron, no tendríamos por qué reproducir su fracaso sentimental. Quizás ellos no sentían tener otra oportunidad. Nosotros sí la tenemos... si nos atrevemos.

La salud es un estado que requiere de concentración a todo nivel. Salud es salud en tanto se consigue de modo integral. Somos seres sociales, poseemos un cuerpo y una mente. Esa mente produce nuestras ideas así como nuestras emociones. No debemos descuidar ninguna de nuestras áreas. Aquella persona que ama su trabajo y no ama su relación, tarde o temprano enfermará. Aquella persona que cuida su cuerpo y no cuida su mente, tarde o temprano será atrapada por la desazón. Aquella persona que cuida sus relaciones familiares y descuida las sociales, corre el riesgo de ser marginada.

Lo siento mucho. Nadie me va a convencer. No lo han logrado. Ni creo que el destino del ser humano sea sufrir -idea obscenamente mercadeada por las religiones- ni acepto ser parte de una psicología simplona, cómplice, que confía en la palabra y no logra motivar a las personas al acto. La psicología o es útil socialmente o debe desaparecer. Mi pragmatismo filosófico así lo dicta. Estar mal NO está bien. El que sufre en su trabajo, en su familia, en su relación, en su carrera, no hace más que aceptar un programa social: reproducir seres insatisfechos para luego distraerlos con aparatitos, promesas para el más allá, drogas y deudas. Es posible ser libres, si despertamos. Si nos atrevemos, si perdemos el miedo a ir en contra de la masa.

Allan Fernández, psicólogo clínico. Whatsapp: 8663-5885. Fan page. Email: a.fernandez@ucreativa.com



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