Hace unos días escribía una pequeña biografía psicoemocional sobre mi infancia. Es un ejercicio terapéutico muy interesante y muy esclarecedor. Al repasar memorias de tu historia caés en cuenta lo que aún debe ser reparado, si es que realmente deseás ser libre y, por ende, feliz.

Recordé las clases de catecismo. No recuerdo cuánto aprendí. Lo que sí recuerdo es el calor del aula y lo mucho que esperaba que la clase acabara. Sor Bernardita era un amor, realmente un ser bondadoso. Sin embargo, no estaba yo en ese momento especialmente interesado en ese compromiso de "pertenecer a la Iglesia de un modo mas activo". A mí solo me interesaban Mazinger Z, Star Wars, Titanes en el Ring y la comida chatarra. Recibir clases de religión en la misma escuela -en la cual "vivíamos" de lunes a viernes- fue una muy mala estrategia mercadológico/motivacional. En todo caso, le envío a Sor Bernardita un fuerte abrazo donde quiera que se encuentre. Todavía conservo -en casa de mis padres- el Nuevo Testamento que me regaló... aún y cuando parece que ella tenía otro futuro planeado para mí (se nota con solo leer la dedicatoria).

Recordé el predicamento al que me enfrentaron una calurosa mañana de sábado. Tenía que elegir cuáles pecados confesar, ya que en un par de horas viviría una experiencia -supuestamente- fundamental: iba a confesarme por primera vez. Yo no tenía idea cómo discriminar qué de lo que yo había hecho -y qué no- calificaba como pecado. Pensé en el día que tomé unas monedas del bolso de mi mamá, con el fin de ir a comprar postales para alguno de los albumes que coleccioné. Pensé también en la noche de navidad en que abrí, discretamente, el envoltorio de algunos de mis regalos, con el fin de descubrir qué me iban a regalar mis papás (lo del Niñito Jesús y San Nicolás nunca me pareció muy creíble). También recordé el maso de cartas de Peter Pan que me traje de casa de un amiguito. Pensé que eso sí podía servir como pecado, ya que cuando mi papá lo descubrió, se puso furioso. En fin, parecía que la explicación de "pecado" que habíamos recibido era demasiado vaga, demasiado ambigua, demasiado etérea. Dependiendo del punto de vista del observador, casi cualquier cosa podía calificar como pecado. En este tema fundamental pienso que Sor Bernardita pudo haberse extendido más... parecía algo importante para "la cristiandad".

No recuerdo qué terminé confesando. Recuerdo que posteriormente el sacerdote -español y bonachón- me solicitó rezar algunos "padres nuestros" y algunas "aves marías" y, tal parecía, el asunto quedaba allí mismo saldado. Luego vendría el desfile, a lo largo de la iglesia, en el que, las niñas vestidas como "novias" y los niños como "novios", se "comprometían" con el dogma cristiano. Después, el momento del encuentro con la ostia y el vino y, al final, la parte realmente interesante: la fiesta familiar y la recolección de dinero. En ese momento, según la ritualística cristiana, era yo consciente de mi lugar en el plan divino. El problema es que, al menos yo no llegué a sentir esa familiaridad. No creo que haya sido CULPA de Sor Bernardita. Digamos, para no hablar mal de las monjitas y curas de mi escuela, que la CULPA fue mía.

¿Qué tema este de la culpa, no les parece? Mis consultantes, sin distingo de credo, género o condición socioeconómica, mencionan, con mucha frecuencia, lo culpables que se sienten. Culpables de amar, de no amar, de que la otra persona ame más. Culpables por ser exitosos, culpables por no haberlo sido. Culpables por divorciarse, culpables por "juntarse". Culpables por votar, culpables por no votar. Culpables por comer carbohidratos, culpables por no comer cosas verdes. Culpables por espiar en facebook, culpables por no quererle contestar a la pareja por whatsapp. Culpables por ir a misa, culpables por no sentir el deseo de ir a misa, etc. Ya captaron el punto, verdad? Culpa, culpa, culpa.

¿Creo yo que la CULPA es CULPA de la religión? Sí y no. Sí, ya que generar culpa en alguien es una muy buena estrategia para controlarlo -para reprimirlo, en realidad-. Y no, ya que de nuestros actos los únicos responsables somos nosotros. El filósofo francés Michel Foucault , una de las mentes más preclaras del siglo XX, nos advertía sobre la estrategia que exitosamente consigue, al hacer sentir culpable al ser humano por sus sensaciones eróticas, incitarlo a buscar a toda costa el perdón y/o el castigo. Hace muchos siglos, demasiados para mi gusto, a algún grupo de inescrupulosos se les ocurrió plantear que el alma es limpia y el cuerpo es sucio. El alma estaba aprisionada en ese oscuro e impío contenedor llamado cuerpo. Lo que se sentía corporalmente, seguramente aparecía por influjo del maligno, el famoso Pisuicas, personaje que tanto dinero ha generado a religiones y grupos de Heavy Metal. Estaban totalmente equivocados. El cuerpo es un templo. Cuerpo y alma son dos presentaciones de lo mismo. "Cuerpo sano en mente sana". Si tu cuerpo está sucio, a tu alma no le debe estar yendo muy bien.

La etimología del vocablo "pecado" es muy interesante. Procede del latín "pecco", tropezar. Pecar es tropezarse. Entonces, si me atengo al significado del término, tropezarse no implica necesariamente caerse y mucho menos apunta a la imposibilidad de levantarse. Entonces habría que preguntarse, ¿por qué la gente se siente tan atribulada al tropezarse?. Y -más interesante aún-, ¿cómo logran llegar al nivel -nada evolucionado- de: "el que peca y reza empata"?, el cual, al menos a mí, me parece una de las prácticas más extendidas entre los creyentes, los que yo conozco al menos -quizás los más consecuentes no frecuentan mis mismos espacios-.

Pienso que el problema con esto de heredar dogmas reside en el hecho de que dicha transmisión no va acompañada de acciones consecuentes. ¿Cuántas historias he escuchado de abuelitos que castigaban a sus hijos y nietos por comer carne un viernes santo, sin sentir mucho remordimiento por los 24 hijos que tenían desperdigados por todo el barrio? ¿Y los "fieles" que acaban de chatear con su amante minutos antes de entrar a misa? ¿O -ejemplo digno de estudio- los trogloditas que van a misa de 10am, reciben la ostia, dan su ofrenda y luego salen corriendo al estadio a gritar improperios, agarrarse con otros creyentes -aficionados al otro equipo- y luego "invertir" toda la tarde tomando, sin importar la soledad y tristeza que generan en sus familias?. Esas hipocresías son las que hacen que cada día miles de personas se desanimen de estos dogmas tan poco "salvíficos".

Dejando de lado esta parte más sociológica, me interesa hoy traer a colación la carga de culpa que los padres -transmisores sociales por excelencia- inyectan en sus hijos. No son 2 ni 3 las mujeres que he recibido, totalmente infelices, tratando de acostumbrarse a la idea de que su pareja, no solo sexualmente torpe sino carente de compromiso, parece ser el hombre que diosito tenía para ellas. Su cuerpo les habla con mucha claridad. Les recuerda lo doloroso que el futuro será. Sin embargo, la sensación de "romper" con el pacto hecho ante dios -y ante sus padres- puede más que el deseo de ser felices. No será casual que, en alguna visita al ginecólogo, descubran alguna "extraña" presencia en sus órganos reproductivos y/o genitales. Cuando el inconsciente no es escuchado, el cuerpo se convierte en el modo de expresión. El síntoma viene a gritar eso que, por culpa, intentamos silenciar. Ahora, esto no debe entenderse en términos de género. Cientos de hombres requieren de la pastillita azul para funcionar, ya que, aunque no lo quieran reconocer, ya no sienten mayor atracción hacia su pareja. Es la culpa la que no les permite "rendir". Al cuerpo nadie lo fuerza. Si la mente no quiere, el cuerpo no podrá.

Freud tenía razón (en este punto no me queda duda alguna). El problema con el sentimiento de culpa es que siempre habrá alguien que lo sepa: YO. Yo puedo haber cubierto mi falta (mi "pecado"), haber "engañado" a los otros, pero a mí mismo no hay forma de engañarme. La culpa, se lo he dicho a decenas de personas, es terreno fértil de problemas, tanto psicológicos como fisiológicos. Si ustedes quieren dañar a alguien, pero realmente dañarlo, enséñenle a sentir culpa. Tendrán a una persona insegura, triste, insatisfecha y muy probablemente enfermiza.

Bien nos enseñó alguna vez un querido maestro budista que visitó nuestro país: la culpa no sirve para nada. Piénsenlo. Si a ustedes alguien les genera algún daño, ¿Ganan algo al observar al otro sintiendo culpa? Déjenme contestar por ustedes. No. No ganan nada. Alguien en este momento piensa: "claro que gano algo. Si se muestra arrepentido no volverá a generarme daño". Siento contradecirlo. El arrepentimiento no significada nada, si no va acompañado por una real toma de conciencia. Sí. Todo termina reduciéndose a la conciencia. Es la falta de conciencia la que nos lleva a cometer equivocaciones.

Este tema da para varios escritos. Si observo interés por parte de mis queridos lectores, pronfundizaré aún más. Por lo pronto, acabo con una viñeta personal. Una vez mi pequeña hija me confesó: "papi, a mí no me gusta pedir disculpas". Yo le contesté: "maravilloso amor. Me acabás de dar un gran regalo. Si no te gusta pedir perdón, pensá bien en lo que hacés y en sus consecuencias. Eso te evitará pasar por la incómoda situación de pedir disculpas". Lo mismo aplica para nosotros los adultos. ¿Queremos de una vez por todas dejar de sentir los estragos de la culpa? Seamos responsables de nuestros actos. Si decimos "te amo", asumamos las consecuencias. Si decimos "te dejo", igual. Si decimos "contá conmigo", digámoslo en serio. Si decimos "NO", tengamos la fuerza y voluntad para sostenerlo. Auto-control . Allí está la clave. No en el pecado y la confesadera. Si enseñáramos a nuestros niños ética y autocontrol, el futuro sería mucho más promisorio, aún y cuando me considero un entusiasta de lo que está por venir. Creo en las nuevas generaciones. Son más emocionalmente inteligentes que la generación a la que pertenezco y muchísimo más a las que me preceden.

Otro día continuamos con esto. Por lo pronto, si les van a enseñar sobre religión a sus niños, no empiecen por el pecado. Háblenles de amor, de compromiso, de compasión, de responsabilidad.

Allan Fernández / 8835-5726 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez / a.fernandez@ucreativa.com

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