Estoy harto de las películas dramáticas y tristes. ¿A ustedes no les sucede? Ya yo no quiero saber nada de Almodóvar. He llegado a desarrollar una desconfianza hacia el cine europeo. Debe ser la edad. Debe ser mi oficio de terapeuta. Debe ser que me empaché de observar sufrimiento por puro gusto. A mí déjenme con mis comedias, con mis documentales, con mis conciertos, con mis partidos de "fútbol" nacional (los cuales suelen ser una fuente de sufrimiento, estoy de acuerdo).

La película del héroe trágico al que no le sale nada, al que le va como un quebrado, ya no tiene nada que aportarme. Ya lo entendí. La vida, para algunas personas, pareciera no ser justa. Bien intencionados o no, a algunas personas el sufrimiento se les pega como chicle en la suela. Para evitarles el diagnóstico, diremos que entre más viejo me vuelvo más "light".

Los espectáculos de comedia me encantan. Afortunadamente a mi esposa también. Curiosamente en este campo nuestras apetencias son casi idénticas: no nos hacen gracia los comediantes que utilizan muchas malas palabras, no nos hacen gracia los chistes sobre experiencias con drogas, ni los que intentan hacer del racismo o la xenofobia algo gracioso. Ah, lo escatológico -vayan al diccionario, yo los espero- no nos hace mucha gracia (a ella menos que a mí). Nos encanta el efecto que causa la comedia. Nos hace pensar sobre situaciones cotidianas en las que irremediablemente hemos participado. El miedo a la muerte, el amor, la familia, la tecnología, Dios, la política y yerbas afines. Pienso que ponerle atención a un comediante nos permite burlarnos... De nosotros mismos, de nuestras neurosis, de nuestros rollos. Observar comedia, al menos para mí, resulta terapéutico.

En un espectáculo de "stand-up comedy" un tipo muy gracioso de nombre Marc Maron dijo algo que casi me saca de concentración. Compartiendo reflexiones que él suele apuntar por allí, con una cara bastante seria, leyó una que decía algo así como: "mi zona de confort no tiene nada de confortable". ¡Qué genio!, pensé. Este pedazo de producción intelectual me teletransportó al universo de la consulta clínica. Recordé a todas esas personas que, intentando convencerme de los beneficios de su existencia -su pareja, su trabajo, su familia-, confunden "zona de confort" con "zona de sufrimiento". Afortunadamente el espectáculo de Marc estaba a punto de finalizar. Gracias a él surgía, con suma facilidad, el tema a desarrollar en mi próxima publicación, esta misma que ustedes están a punto de recorrer visual y cognitivamente.

Hace algunos meses me acerqué a esta temática pero con otra intención. Recordarán que quise alertar sobre los peligros de tomar la relación como algo que camina solo, que no requiere esfuerzo por parte nuestra. Intenté describir a esa persona que, cometiendo un craso error, se descuida de sus responsabilidades como encargado de llevar su relación a buen puerto (labor que debe ser compartida con la pareja), condenando dicho experimento a fatales resultados. Si alguien no leyó esa especie de "manual", pueden accesarlo aquí: "Víctimas del confort". Lo de hoy es otra cosa. Mi interés es alertar sobre un peligroso vecindario. En él, las parejas que allí habitan hacen del sufrimiento un hábito y del confort algo molesto. Parecerá extraño lo que estoy a punto de afirmar -no será la primera vez-, pero da la impresión que sufrir lo consideran parte del confort. Sí, yo sé. Es una locura... Pero sucede con frecuencia.

Como bien propone ese fragmento de filosofía popular: "para estar mal es mejor quedarse solo". Eso debería ser un mandamiento, un mantra, una ley de la República y hasta una frase para tatuarse. Mi trabajo contradice esta reflexión, aparentemente lógica y nada pretenciosa. Es más. Ni siquiera necesita uno saber mucho sobre psicología. Es una cuestión bastante animal, bastante biológica. Contamos con instintos, como todos los bichos vivos. Uno de ellos, el de conservación, tendría que prevenirnos y animarnos a correr si es que algo potencialmente doloroso está a punto de suceder. El sufrimiento, en condiciones normales, tendría que ser algo repelente para un ser vivo. Nadie quiere sufrir. No tiene sentido. No hay mérito alguno en entregarse al sufrimiento (los mártires no estarán de acuerdo conmigo... Ni yo con ellos). Ni la soltería tendría que resultar dolorosa, ni menos aún el emparejarse. La ventaja de la segunda escena es que puedo modificarla: desemparejarse se vale. La primera escena es más difícil de resolver: salir de la soltería implica a alguien más -real, virtual o fantaseado-.

Unos cuatro siglos antes del nacimiento de Jesucristo, allá por Grecia, un grupo de pensadores -hoy les llamamos filósofos- proponía una doctrina altamente atractiva: el placer era colocado como el objetivo a perseguir, a toda costa, por sobre todo lo demás. Tan poco les preocupaba la controversia que hasta llegaron a identificar el bien con el placer. Lo bueno, dirían Aristipo y sus compas, es aquello que produce sensaciones voluptuosas, tan intensas e instantáneas como sea posible. No existe nada más importante para el ser humano que sentir rico -en sus diferentes modalidades-. Lo sensual era colocado en el pináculo de las aspiraciones del hombre -y la mujer-. A este movimiento intelectual se le endosó el término "hedonismo", proveniente del griego "hedone", "placer" en castellano. Los hedonistas, entonces, no se la complicaban. ¿Generaba algo placer? "Sí". Entonces siga ahí. Incluso trate de elevar la sensación. ¿No genera placer? Eso es entonces innecesario. Abandónelo. Aborte la misión. "Game over". Sufrir no era "cool" para los hedonistas.

"Las nuevas generaciones son demasiado hedonistas", he leído y escuchado por ahí. Por lo general dicha sentencia/diagnóstico/condena proviene de miembros de generaciones más "arcaicas" (querría decir "anticuadas" o "viejas", pero mejor no). No será casual que los que piensen eso hagan del sufrimiento algo normal, algo común, algo incluso deseable. Este discurso, el que busca condenar lo placentero, se sostiene -por lo general- en preceptos religiosos. Sufrir -en esta vida- está bien. En la otra -¿habrá otra?- nos irá de lo más bien. Es solo cuestión de aguantar. La apología del sufrimiento se sostiene en la creencia de que el sufrimiento nos fortalece, nos convierte en mejores personas, nos ayuda a evolucionar. Como decíamos en los ochentas: "conmigo, no pegaron". "No me llamen. Yo los llamaré".

Es curioso. Las nuevas generaciones no me parecen hedonistas. Muy por el contrario, yo aún veo jóvenes -sin distingo de género ni posición socioeconómica- participando de relaciones amorosas totalmente contrarias al hedonismo. Yo no los veo sintiendo placer. Los veo pasándola muy mal. Alguien en este momento piensa: "Diay, pues claro. Las personas que llegan a consulta lo visitan porque están mal". Sí y no. Sí llegan por que no están bien. Sin embargo existen miles de personas que están pasándola peor y ni siquiera se preguntan si podrían estar mejor. Prefieren distraerse: licor, drogas, redes sociales, trabajo, ejercicio, etc. Se encontraron a alguien que les invitó a sufrir y aceptaron. Se volvieron cómplices del desastre al que bautizaron "relación". Se hacen compañía, se alían, firman contratos inconscientes. Objetivo: sufrir junticos.

Yo no pienso que el hedonismo sea la vía. Pero el sufrimiento menos. La evolución de la conciencia es, al menos para mí, el camino a transitar. Resulta mucho más sencillo recorrerlo acompañado de personas con el mismo deseo de crecer. Y si no encontramos aún a alguien con similares intereses, mejor continuemos solitos. Es que como bien dice el comediante Marc Moran, no sabemos cuánto tiempo nos queda. Así que malgastarlo sufriendo me parece una decisión muy mal pensada. El masoquismo no tiene nada de elegante...

Allan Fernández, psicólogo clínico / 8663-5885 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez / a.fernandez@ucreativa.com

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