"¿Cómo definiría a un ser humano?", le preguntaron alguna vez a Jacques Lacan, prominente psiquiatra y psicoanalista de mediados de siglo XX. Su respuesta, controversial como muchas de sus ideas, nos tendría que hacer pensar: "el ser humano es el único animal que puede mentir".

A modo de ejemplo, este pensador proponía el proceso de polinización y el rol que las abejas cumplen en dicho proceso. Cuando una abeja encuentra alguna flor rica en polen, no le miente al resto de abejas, para luego disfrutar del botín ella sola. Los animales, según Lacan, ni mienten, ni actúan egoístamente.

Si el francés en cuestión tiene razón o no, poco importa. Lo que sí es un hecho, imposible de negar, es que los seres humanos poseen la capacidad de mentir, así como la de actuar con egoísmo. ¿Leyeron con cuidado? ¿Observaron lo que estoy afirmando? Mentir y actuar de modo egoísta requiere de una cierta capacidad. Ahora, si esa capacidad es genética, familiar, social y/o evolutiva, no seré yo el que lo resuelva. Me encantaría saberlo, pero, para no mentirles, debo confesar que no lo sé. El día que lo sepa, si es que llego a saberlo, lo compartiré, para no caer en egoísmos.

MENT(ir), no se si ya lo habían notado, guarda relación etimológica con el concepto de MENTE. ¿Qué entendemos por mentir? Sin necesidad de ponernos técnicos, es el acto CONSCIENTE mediante el cual inducimos a engaño. Cuando siento que me han mentido, experimento la emoción de saberme engañado. Entre la realidad que creía comprender y la que se presenta, observo una diferencia: no coinciden. La sensación vivída es la de "extrañamiento", término que en castellano no es muy utilizado. Si quieren, para dejar esto del lenguaje y pasar a otra cosa, sustituiremos extrañamiento por "confusión". Mentir genera engaño. Dicho engaño genera confusión.

Si ustedes conocen a algún profesional en comunicación, los invito a dirigirle la siguiente pregunta: ¿Cómo se da la comunicación? ¿Qué se requiere? La respuesta, más o menos exótica, será algo así: para que la comunicación se lleve a cabo, se requieren al menos dos sujetos, un ámbito y un mensaje. El sujeto A emite un mensaje, el cual viaja a través de un espacio X. Dicho mensaje, requiere de un receptor, el sujeto B. Si el mensaje emitido por el sujeto A se parece al mensaje recibido por el sujeto B, podríamos decir que dichos sujetos se habrán comunicado. Pero como dice mi papá, “si todo fuera tan fácil...”.

Sería lindo, estarán de acuerdo, si todo lo que yo digo es comprendido por el otro, así como todo lo que el otro emite, llego a comprenderlo en su totalidad. Pero la realidad nos plantea un escenario mucho más complejo -mucho menos "naif"-. Todo lo que yo digo, conlleva una carga emocional. Todo lo que el otro dice, por ende, también viene cargado. Y, si ya eso hace las cosas complejas, lo que el otro dice, irremediablemente, genera en mí una reacción emocional, así como todo aquello que yo intento transmitirle a alguien. Vamos con calma...

Me apropio del ejemplo de algún profesor mexicano de hace muchos años: si cuando mi esposa me dice: "Allan, vamos a ir a visitar a mi mamá", yo le contesto "OK", ella se ve obligada a interpretar mi respuesta. Si ese día la encuentro de buen humor, no me dirá nada -al notar que su esposo la acompañará, lo cual, parece que es lo que ella podría querer-, ahondará en detalles o pasaremos a otro tema. Sin embargo, si ese día anda cansada, molesta o considera conocerme en profundidad, podría soltarme un "si no querés, decílo y listo", a lo que yo podría refutar: "te dije que si iré", lo cual podría generar un "conozco tus OK's. Se que no querés ir". ¿Qué pasó acá? El sujeto A, mi esposa, emitió un mensaje ("vamos a ir a visitar a mi mamá" -mi suegra-). Dicho mensaje avanzó a través de un espacio (el aire) y llegó al sujeto B, YO, quien, luego de interpretarlo, considero que debo contestar. En ese momento, por toda una serie de procesos conscientes y no conscientes, decido que lo más apto por contestar es "OK". Al proferir dichas 2 letras, deseo hacerle saber a mi esposa que recibo su mensaje, me doy por enterado -acuso recibo- y, además, le hago entender que yo también iré, el día que ella está pensando visitar a mi suegra. ¿Cuántos "OK's" habrán terminado en terapia de pareja o incluso en divorcio?

¿Por qué "OK" no logró que dicho acto de comunicación fuese exitoso? Fácil. "OK", no significa nada. O, si me permiten ponerme algo complejo, puede significar cualquier cosa. El sentido de las palabras (para bien o para mal) dependerán de la situación a la que te enfrentes, y serán interpretadas por el receptor. Es imposible que no carguen con un estado emocional (y los hay muy buenos, no tan buenos, malos e insoportables).

Cada vez que deseas comunicarte conmigo, tenés que calcular el efecto que tus palabras tendrán en mi, dependiendo, ya no solo de qué tan buen comunicador sos, sino, y sobre todo, de cómo me encuentro anímicamente yo. ¿Les ha pasado, que llegan a hablar con su pareja desbordantes de gozo, éxtasis y algarabía y, luego de compartir esa gran noticia, encuentran que el otro no logra llegar a ese -alto- nivel que ustedes traen, lo cual los hunde en un estado, a veces de frustración, a veces de enojo? A mi no me sucede mucho, mi esposa es muy optimista, pero se, por experiencia clínica, que acá es donde se empiezan a quebrar las relaciones.

¿Cuál es nuestra responsabilidad, tanto como emisores, así como receptores de mensajes? En tanto emisores, asegurarnos que el mensaje que estamos a punto de enviar sea lo suficientemente claro como para no inducir a equívocos al receptor (nuestra pareja, en este caso). ¿Y como receptores de información? Reconocer el estado de ánimo que poseemos en cada momento. Si se que me encuentro en un día malo y que no ando muy asertivo, y mi pareja desea compartir algo trascendente, cuento con varias posibilidades:

Hacerle saber que hoy no encontrará, en mi, a alguien apto para apoyar.

Intentar modificar mi estado de ánimo antes de escuchar a mi pareja.

Pedirle el tiempo suficiente para solucionar cualesquiera situación que esté atentando contra mi empatía.

Y, de pronto, alguno de ustedes se pregunta, "¿Soy yo, o este tipo no volvió al tema de la mentira?". Dejaremos eso para la 2da. parte.

Allan Fernández, psicólogo clínico / 8835-5726 /https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez/ a.fernandez@ucreativa.com

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