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Nadie sabe pa' quien trabaja (1ra. parte)

Parto de una obviedad: madurar no es divertido. Si mis papás hubieran aceptado mis condiciones de adolescente, yo estaría aún allí. Habría sido fácil persuadirme de no continuar mi camino evolutivo. Yo solo pedía que me dejaran llegar a la hora que yo quisiera -en el estado que yo eligiera-, que pudiera comer lo que se me antojara, que pudiera elegir si ir al colegio o quedarme jugando videojuegos y que me financiaran las cientos de imágenes que deseaba convertir en tatuajes. Ah, me habría gustado también que me dejaran fumar dentro de la casa y, si no era mucho pedir, un par de tarjetas de crédito con bastante disponible -que se pagaran "solas"-. Mis papás no se sintieron atraídos por mi proyecto de vida. Yo traté de convencerlos... no lo logré. Yo quería DEPENDER de ellos, quería APEGARME y que nunca nos separásemos. Mis papás, afortunadamente, no cayeron en la trampa.

Aún así, con todo y lo maravillosos que mis padres siempre han sido, sentí en algún momento la necesidad de revisar un par de cosillas, lo cual me impulsó -en mis veintes- a frecuentar un consultorio psicoanalítico. Así accesé el fascinante mundo de la mente -la mía-: como paciente. Es una larga historia (otro día se las cuento). Traigo esto a colación ya que mi deuda con la psicología es la que me tiene hoy, en mucho, escribiendo esto: gracias a ella me salvé. ¿De qué? De ser el típico tipo insatisfecho con su vida. Ese que gana mucho y gasta más. Aquel que, frustrado por su poco atractiva existencia, se refugia en cualquier cosa que permita huir de la realidad (no pondré ejemplos para no herir susceptibilidades). La psicología me demostró que me encontraba extraviado y sin la menor idea de cómo corregir el rumbo. Llegué a la facultad de psicología convencido de que la vía del autoconocimiento es el primer paso hacia la felicidad. Luego llegó la filosofía, después me convertí en papá, posteriormente me las vi con el cerebro y gracias a eso me tropecé con la meditación. Eso también lo dejaremos para otro momento.

He estudiado a autores impresionantes. Verdaderos genios. Unos más especulativos, otros un poquito más aterrizados. De ellos, quizás por ejercer el supremo oficio de la paternidad, guardo un especial agradecimiento hacia algunos psicoanalistas (a otros no tanto). Donald Winnicott, pediatra y psicoanalista inglés, cuenta con un rasgo particular: a diferencia de otros psicoanalistas, el doctor no estaba triste ni enojado. Quizás por su historia personal pudo crear un psicoanálisis optimista, uno que no requiriese vestirse con esa gris nube que algunos colegas gustan lucir. Gracias a Winnicott descubrimos que se puede ser riguroso sin caer en el fatalismo.

De sus originales propuestas, encuentro una que nos podría permitir comprender esa facilidad con la que algunas personas eligen MAL a sus parejas. El cachorro humano, precario y frágil al momento del nacimiento, si no se tropieza con alguien que le ayude a subsistir, morirá. La autosuficiencia, en nuestros primeros tiempos (años), no era nuestro fuerte. Hoy somos gracias a que alguien se ocupó de nosotros. "No es cierto, a mí nadie me quiso", podría pensar alguien. Siento mucho contrariar su dramático modo de concebirse, pero... no es cierto. Si a usted nadie lo hubiera querido, no estaría leyendo esto. Ya lo había desarrollado en otro momento: todos fuimos dependientes.

Ese niño -que fuimos todos- va creciendo, cae en cuenta que es un ser (quiero decir, uno diferenciado de su madre y/o cuidadora) y gracias a esto inicia un proceso de individuación que probablemente no acabe nunca... bueno sí, cuando morimos. El ser humano requiere reconocerse y esto lo consigue al diferenciarse del resto. La seguidilla es más o menos esta: creo ser un apéndice de mi madre, luego entiendo que ella es ella y yo soy yo, luego comprendo que yo soy hombre y no mujer, luego que mi hermano es uno y yo otro y así, hasta que caigo en cuenta, en algún aciago momento, que en algo todos somos iguales: somos mortales (una noticia que nadie quiere asumir). Se lee fácil... no lo fue para ninguno de nosotros.

El chiquito del que venimos hablando, de mala gana, se asume como "otro" respecto a MAMÁ (o la persona que se haya echado ese churuco encima). No nos gustó descubrirlo, pero no quedaba de otra: mamá y yo no estábamos pegados, no eramos una sola cosa. Eramos dos. En ese -glorioso- momento, nacimos otra vez (es un segundo nacimiento y a la vez el primero, en términos psicológicos). Lo que ganamos en libertad (quedarse pegado a mamá es peligrosísimo, otro día se los explico), lo perdemos en seguridad. Una muy pobre alegoría quizás les permita comprender lo dramático de este momento -el cual por dicha no recordamos-: mamá es el barco en el que viajábamos. Caímos en el mar -en realidad nos tiraron-. El barco se aleja y no sabemos nadar. Si no nos sostenemos de algo nos hundimos, nos ahogamos... moriremos.

¿Recuerdan a Linus, el amiguito de Charlie Brown ("Carlitos" pa' los hispanoparlantes)? El que no soltaba una cobijita (un "chuica" todo babeado, para ponerlo en tico). ¿Recuerdan lo mal que se ponía cuando no la encontraba? Evoquen por favor los momentos en que algo estresante sucedía. Linus tomaba el trapo ese (mi hija le llamaba "la ita" -de cobijITA-), se lo rozaba por el cachete y se tranquilizaba. Es más, recuerden otro rasgo particular de dicho personaje: siempre andaba un dedo metido en la boca. Sin ánimo de diagnosticar, Linus era un CHINEADO (pongan atención a esto, ya volveremos aquí).

Me parece que he logrado sentar las bases para, ahora sí, entrarle a la relación entre el trapo babeado, el dedo en la boca y las personas que no pegan una a la hora de elegir con quién emparejarse. Nos volvemos a encontrar en unos días.

Allan Fernández, psicólogo clínico / 8663-5885 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez / jorgeallan@icloud.com

Enredos amorosos

Por J. Allan Fernández

El amor es energía y, como tal, depende del uso que se le de. A algunos los cura y a otros los enferma. Algunos lo utilizan como motivación y otros no logran dejar de padecer sus efectos y ausencias. Es la fuerza que sostiene la vida. Investigo este fenómeno tan paradójico desde hace años. Primero desde la psicología, la sociología y el psicoanálisis, luego desde la neuropsicologia, la filosofía y la espiritualidad. Hoy en día, el amor no es solo asunto de literatos y poetas. El amor también es objeto de estudio científico y, si a la ciencia le interesa, a mí me interesa. A ustedes?