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Apegos, café y cigarrillos

Aún recuerdo el primer día que probé el café. Contaba con 18 años de edad. Mis padres, asiduos consumidores de dicha bebida, pensaron que lo mejor era alejarnos de tan vil vicio. Lo lograron, como ya aclaré, 18 años. Una tarde entre semana, en momentos en que me desempeñaba como digitador, observé cómo la gran mayoría de mis compañeros hacían su peregrinaje al percolador, varias veces al día. Una voz interna me decía: "no caigás". Otra me decía: "ya estás bastante grandecito para seguir temiéndole a papi y mami". Me levanté de mi silla, caminé, acompañado de la emoción y la culpa, tomé un vasito de estereofón -en los noventas casi a nadie le interesaba eso del reciclaje- y serví ese oscuro y aromático líquido caliente. Para asegurarme una experiencia totalmente adictiva, disolví 2 bolsitas de azúcar en dicho contenido. Me llevé el vaso a los labios y, cual experiencia religiosa, conocí los placeres de la cafeína en mi organismo. No sabía bien. Sin embargo quería más... y más... y más... y acá continúo, casi 30 años después, entregándome a mi ritual matutino. Ofrezco mi día a los dioses -¿demonios?- cafeínicos, a los cuales me encomiendo y solicito su dañina presencia.

¿Es la cafeína una droga? Permítanme compartirles un poquito de mi poquito conocimiento sobre adicciones -recordarán que fue mi primera especialización-. La cafeína es un alcaloide, por tanto capaz de generar un efecto psicoactivo y, por ende, adictivo. Es parte de una familia algo controversial. Entre sus parentes lejanos encontramos la cocaína, la morfina y la nicotina. "No es cierto!!!", grita alguien en este momento. "Yo puedo dejar el café cuando quiera" -discurso cliché de los adictos-. "Está bien", le contestaría. Le invito a dejar de tomarse el cafecito mañanero unos 4 días y luego me cuenta qué tanto le dolía la cabeza y qué tan insoportable anduvo esos días. Es una droga, lo siento. Las drogas generan hábito de consumo, de ahí el concepto de "dependencia". Los que hoy por la mañana bajamos las gradas "emocionados" a tomarnos el "yodito" -como decimos acá-, más que emocionados, íbamos impulsados por la necesidad de reproducir el efecto de dicha droga en nuestro organismo.

¿Y el cigarrillo? Ojo la mezcla: nicotina -un alcaloide, recuerden- y alquitrán, carcinogénico altamente eficaz... en provocar cáncer. Por si fuera poco, mezclamos dichos componentes y los exponemos al proceso de combustión, asegurando con esto depositar el humo de tan loco coctél en nuestro organismo. No puede resultar nada valioso de semejante acto. Todos los días, usted y yo pagamos altas facturas al seguro social para que algunos se den el gustico de matarse por puro gusto. Ahora, esperen. Este que escribe fumó por aproximadamente dos décadas. Y fumé no uno ni dos cigarrillos. Un día normal me hacía acompañar de 20 de estos "amigos". Ante la pregunta de si me considero aún un fumador, diré que no. Lo dejé hace casi una década. ¿Es una década tiempo suficiente para superar un hábito dañino? Espero que sí. Extraerán de mi respuesta que no estoy de acuerdo con el discurso que dicta que todo alcohólico será siempre un alcohólico. No me resulta convincente. El cuerpo humano no requiere de alcohol etílico, ni de cafeína, ni de nicotina, ni de azúcar -otra droga, junto con la harina refinada- para sobrevivir. Eso me lleva a pensar que, al no ser necesario, el cuerpo sabrá sobrevivir sin dicha presencia. Muchos "curados" de adicciones en realidad no lo están. Solo les inyectaron miedo y culpa. De ahí que aún sientan la tentación...

Una vez logrado el haberle caído mal a varios queridos lectores, principalmente los que se sientan a leer mis publicaciones con café y cigarrito, puedo ahora sí traer todo esto al campo de las relaciones. Sin embargo debería aclarar algo primero. El tomador tiene una relación con el trago y el fumador con el cigarrillo. Freud lo dijo: los quitapenas se convierten en parte de nuestro universo personal. Ya entenderán por qué el alcohólico prefirió la botella a la familia. Y los componentes genéticos aún no están debidamente comprobados, así que basta de echarle la culpa a los genes. Excepto que a usted le hayan mezclado ron con leche cuando le daban chupón, el acercamiento al licor es responsabilidad suya. La presión social existe y todos la vivimos. Y no por eso todos terminamos consumiendo cuanta droga nos ofrecieron (exonero de responsabilidad a los pobres niños a los que en estos momentos los tienen drogados con ritalina. Ahí los responsables claramente no son ellos).

Recuerdo la compañía que me hacía el cigarrillo. A mí la ansiedad nunca me la quitó. Al contrario. No fumar me daba mucha ansiedad. Lo consideraba una especie de amigo. Es más, si me dejan utilizar un símil, diría que más bien era una especie de amante. Siempre estaba ahí. Nunca se negaba. Yo la encendía y ella se quedaba conmigo todo el tiempo que yo quisiera -semejantes niveles de sumisión son peligrosamente seductores-. La soledad, al menos para mí, cigarro en mano molestaba menos. Y si podía convocar un cafecito... el trío perfecto. La relación del adicto con su droga, me enseñó un profesor muy polémico, es de lealtad absoluta. Si alguien necesita, así en el sentido de NECESIDAD, es el dependiente. Se convierten en una pareja inseparable. Por eso a los adictos les cuesta tanto emparejarse. Lo sienten como una especie de traición a la droga. Ahora, no hay duda que dos adictos podrían llevarse bien entre ellos. Y aquí es donde la cosa se va a poner fea.

Yo escucho relatos en la clínica francamente increíbles. Los niveles de decadencia a la que llegan algunas parejas parecen producto de la creatividad de Almodóvar, Tarantino o Lars von Trier. Agresiones -emocionales y físicas-, irrespeto, manipulaciones, intrigas, paranoias... y reconciliación. Y no, no lo lograron gracias a un trabajo profundo o al menos gracias a un evento epifánico. No. El viernes se tiraron la vajilla en la jupa y el domingo se juran amor eterno. El miércoles siguiente empiezan a discutir y en unos cuantos días habrá mucho más espacio en la alacena y mucho menos respeto en semejante dupla. La locura no conoce límites. Se que estoy presentando un escenario limítrofe -mucho más usual de lo que ustedes imaginan-. Sin embargo, no necesitamos observar platos volando para diagnosticar una relación como tóxica. En el campo de la sexualidad, en el de la comunicación, en el de los espacios sociales compartidos, se puede dañar tanto como haciendo puntería a la cabeza de alguien con algún utensilio de cocina.

¿Sabe un alcohólico que el licor le causa daño? Sin duda y sin embargo continúa consumiendo. ¿Sabe un fumador que el cigarrillo no le está aportando nada benéfico? Estoy seguro que sí, pero esto no parece importarle. ¿Y las personas que se encuentran en relaciones tóxicas? Ajá!!! Ya entendieron el título, ¿verdad?. El fumador algo obtiene de fumar. El tomador algo obtiene de tomar. El/la que se encuentra en una relación tóxica -me van a odiar- algo obtiene de mantenerse en dicha escena. Para que no se me vengan encima solo a mí, le voy a pedir al Dr. Freud que me acompañe. Procedo a simular una conversación con el padre del psicoanálisis:

Yo: Dr. Freud, ¿cómo le llamaba usted a ese impulso a no superar una condición dañina?

Freud: acuñé el concepto de "ganancia secundaria del síntoma". Dícese de todo eso que nos daña y aún así deseamos mantener. Aquello de lo que no deseamos -inconscientemente- desprendernos.

Yo: ¿y cómo se hace clínicamente para que el pa(de)ciente deje de sufrir?

Freud: ante todo, no ganamos nada haciéndoles notar que eso que les sucede les produce sufrimiento. Ellos lo saben perfectamente. Debemos ayudarles a descubrir, en primer lugar, qué ganan sufriendo y luego, de un modo pedagógico, enseñarles a vivir sin semejante padecimiento. No será fácil. Algunos aman a su síntoma tanto como a sus vidas.

Yo: gracias doctor. Una pregunta más, ¿por qué usted nunca logró dejar de fumar?

Freud: no sea impertinente. Pague al salir y le dice a la secretaria que pase al siguiente.

Pues bien, así están las cosas. Háganle caso a Freud. Las personas que están "enredadas" en algún vicio: licor, tabaco o codependencia difícilmente superarán dicha condición gracias a la opinión de alguien externo. Es que hicieron de su relación una droga. Los dos dependerán de semejante drama. Cada uno es la droga del otro (codependencia).

Guardé lo más polémico para el final. Defendiendo mi tesis de licenciatura, alguna colega profesora me interpeló más o menos así -fue hace mucho-: "Allan, parece al leer tu tesis que estás planteando que el drogadicto utiliza su droga como una especie de automedicación. ¿Quiere eso decir que el uso de la droga es un efecto y la causa una emocional?". A lo que el casi licenciado Fernández -aún no lo era en ese momento- contestó: "no parece, estoy bastante seguro". La experiencia clínica me daría la razón.

El alcohólico no disfruta su vida. Solo disfruta huir de ella gracias al licor. Igual pasa con el fumador, con el consumidor de drogas y con las personas que suelen desarrollar dependencias emocionales. A alguien que sepa quién es, hacia dónde va y qué desea de su existencia, ni las drogas, ni las relaciones tóxicas le van a "atrapar" (las comillas son importantes, las drogas y las malas relaciones no atrapan, uno se encierra en ellas).

Yo podría decir más. Por ejemplo, no les confesé cómo dejé el cigarrillo. Es que en eso soy muy freudiano. No importa lo que les diga. No van a dejar de hacerlo por leerlo en una publicación de Facebook -yo no lo habría hecho-. Ya entenderán por qué pasar leyendo sobre dependencia emocional no sirve de mucho. Con suerte, hasta terminan volviéndose dependientes a los libros sobre dependencia emocional.

No malgasten su tiempo en hábitos dañinos. Atrévanse a liberarse. No posterguen y, sobre todo, no se mientan a sí mism@s.

Allan Fernández, psicólogo clínico / 8663-5885 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez / a.fernandez@ucreativa.com

Enredos amorosos

Por J. Allan Fernández

El amor es energía y, como tal, depende del uso que se le de. A algunos los cura y a otros los enferma. Algunos lo utilizan como motivación y otros no logran dejar de padecer sus efectos y ausencias. Es la fuerza que sostiene la vida. Investigo este fenómeno tan paradójico desde hace años. Primero desde la psicología, la sociología y el psicoanálisis, luego desde la neuropsicologia, la filosofía y la espiritualidad. Hoy en día, el amor no es solo asunto de literatos y poetas. El amor también es objeto de estudio científico y, si a la ciencia le interesa, a mí me interesa. A ustedes?