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Aprender a amar(nos)

Que el amor sea un tema tan popular, se puede tomar desde dos ángulos:

-          Es popular ya que el común de las personas reconoce la importancia del mismo

-          Es popular ya que la gente no tiene la menor idea de cómo reconocer cuándo se está en presencia del mismo.

Si amar fuese sencillo, si fuese algo orgánico, no estaría yo escribiendo esto. Quizás en este punto Sigmund Freud siempre tuvo razón: el ser humano no sabe amar por “default”. Alguien tiene que darse a la tarea de tomar al cachorro humano e introducirlo en el aparentemente complejo campo del amor. Aquí nos tropezamos con el primer –posible- problema: los que nos enseñaron a amar, ¿sabían hacerlo?

Algunas personas miran con recelo esa “excesiva” importancia que las ciencias sociales colocan en la infancia. Les parece innecesario volver a ver esos primeros momentos en los cuales conocimos el mundo exterior. Hoy ya casi nadie duda del influjo generado por el estado psico-emocional de una madre al momento de gestar una nueva vida. Tanto por parte de mujeres que se convirtieron en madres, así como de hijos de alguna madre, no son pocas las ocasiones donde he escuchado las consecuencias de no contar con la estabilidad requerida, en un momento tan trascendente como la gestación.

Sin embargo, no deseo que se crea que estoy planteando una especie de determinismo. Nada más lejano a mi visión de mundo. Ni el destino, ni la suerte, ni la intervención divina son elementos contemplados en mi modo de comprender la realidad. Si tuviera que creer en algo, confieso creer en ese impulso natural que logra que los seres vivos evolucionen. El único destino en el que puedo reparar es en el que construyo minuto a minuto. Toda causa genera un efecto (eso lo sabíamos desde Newton). Es que si yo pensase que el pasado nos impide transformar nuestro presente, no habría gastado ni 15 minutos estudiando psicología.

A finales del siglo pasado, la ciencia nos vino a compartir una buena nueva (según los budistas no era tan nueva, debido a que ellos siempre han contemplado la capacidad de modificar nuestros contenidos mentales, vía meditación): nuestro cerebro es un órgano capaz de re-inventarse. Cuenta con la valiosa cualidad  de crear nuevos canales de comunicación interna (conexiones sinápticas), con los cuales expandir eso que solemos llamar “conocimiento”, el cual surge de la experiencia y la memoria. Dicho esto, ya nadie tendría que escudarse en el muy cansinamente utilizado: “es que yo soy así, por eso no cambio”.

Sí. Es posible que nuestra familia de procedencia no haya sido el lugar más propicio en el cual obtener una definición de amor (de amor de pareja, quiero decir). Incluso, puede que con muy buenas intenciones, nos hayan planteado –inconscientemente- la peligrosa relación entre amor y dolor. No debemos tomar nuestra procedencia como algo imposible de corregir. La neurociencia, como recién mencioné, nos demuestra lo improcedente de dicha creencia. Cambiar, no solo es posible, sino natural.

Hoy en día, millones de personas andan en busca de su “media naranja”, sin siquiera presentir cuál es el problema que no han logrado resolver: la relación consigo mismos no es buena. Esperan que alguien venga a salvarlos de sí mismos. Les aburre su propia compañía. Su presencia no les resulta placentera.

Nos queda mucho por hacer como especie, como sociedad, como individuos. Solemos esquivar nuestras responsabilidades. Deseamos que venga alguien a resolver aquello que nos compete a nosotros mismos. Como hombre, como padre, como psicólogo, pero sobre todo como ser humano, los invito a reflexionar en el estado actual de la relación que sostenemos con nosotros mismos. Allí empieza el camino hacia la felicidad, hacia la paz. Lo demás… es lo de menos.

Allan Fernández / 8663-5885 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez

Enredos amorosos

Por J. Allan Fernández

El amor es energía y, como tal, depende del uso que se le de. A algunos los cura y a otros los enferma. Algunos lo utilizan como motivación y otros no logran dejar de padecer sus efectos y ausencias. Es la fuerza que sostiene la vida. Investigo este fenómeno tan paradójico desde hace años. Primero desde la psicología, la sociología y el psicoanálisis, luego desde la neuropsicologia, la filosofía y la espiritualidad. Hoy en día, el amor no es solo asunto de literatos y poetas. El amor también es objeto de estudio científico y, si a la ciencia le interesa, a mí me interesa. A ustedes?