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Foguearse es importante (en el futbol y en el amor)

Hablando de situaciones que despiertan pasión, pocos dudarán que el futbol sea una de ellas, al menos en nuestro continente. Uno de estos días, leyendo noticias sobre neurociencias, encontré una que me impactó muchísimo. En la Universidad de Coimbra (Portugal), un grupo de investigadores descubrió que la generación de dopamina (neurohormona directamente relacionada con las emociones) producida en los cerebros de los "fiebres" del futbol, es muy similar a la experimentada por las personas enamoradas. Incluso, algunas de las personas monitoreadas sienten mucha más "emoción" cuando su equipo juega que cuando se encuentran cerca de su persona amada (aún y cuando se reconocen genuinamente enamorad@s). Tal parece que el AMOR por el equipo es, en realidad, amor. Quizás esto nos permite entender por qué nos sentimos tan defraudados cuando nuestro equipo falla. Sentimos que NOS falla, que nos defrauda, que no estuvo a la altura del amor profesado por nosotros.

Días antes me había tropezado con el trabajo de la Dra. Hannah Fry, teórica matemática del University College of London,, quién se atrevió a algo por muchos impensable: hacer del amor un objeto de estudio cuantificable. Y no. No me refiero a pesar el amor o convertirlo en litros. No. La Dra. Fry hizo algo tremendamente interesante: parametrizó las características encontradas en las personas que confiesan haber "resuelto" el problema del amor. Eso quiere decir que, más allá de lo que cada persona podría considerar como "exitoso", logra extrapolar (término matemático que hace referencia a una estimación, una proyección que surge del objeto estudiado y pretende aportar explicaciones a un rango de estudio mayor) lo que la gente "amorosamente satisfecha" requirió -aquello que poseía- en aras de alcanzar dicho éxito.

Su libro "Las matemáticas del amor: patrones, pruebas y la búsqueda de la ecuación perfecta" (2015) es fascinante. Aún no ha sido traducido al castellano, al menos en versión electrónica. No lo he terminado y no quiero que termine. Les confieso que siempre he sentido una atracción por las matemáticas... y -quizás ya lo notaron- por el amor y las relaciones. Cada capítulo plantea una pregunta: ¿cuáles son las posibilidades de encontrar el amor eterno? ¿qué tan importante es la belleza? ¿qué hacer con las redes sociales? ¿cuánto sexo es necesario?, etc. etc. Cada capítulo bien podría alimentar una publicación. Quizás lo haga...

De todas las controversiales explicaciones que la Dra. Fry nos propone, una se convirtió en "viral" hace algunas semanas. El título con el que yo me tropecé decía más o menos así: "La ciencia descubrió cuál es la edad indicada para encontrar el amor". No hay forma de no leer una nota con semejante título. Habla de ciencia y a la vez pareciera algo predictiva, como que coquetea con el ámbito de la clarividencia. Dicha edad surge de una valoración estadístico-matemática, la cual nos permite, si no asegurar, al menos hipotetizar en qué rango de la vida humana se presentan las condiciones más favorables, sies que andamos en busca de emparejarnos. "Ya Allan, tírelo, déjese de vueltas, necesito saber si me pasé o no he llegado aún!!!", pensarán varios queridos lectores. Con gusto, ahorita les digo.

El concepto de "patrón" (favor no confundir con "jefe") me parece fundamental. Establecer patrones nos permite vaticinar ciertas conductas, ciertos resultados. La Dra. Fry, justo en el prefacio de su texto, aclara que ella sobre el amor sabe realmente poco. Nunca ha llevado -confiesa- un solo curso sobre psicología. Su doctorado en matemáticas lo obtuvo estudiando dinámica de fluídos. Me encantaría explicarles qué es eso... pero no tengo la menor idea. Los fluidos y el amor. No deja de observarse cierta relación respecto a la sexualidad. Sin embargo no es a esos fluídos a los que ella se abocó al aspirar al grado de doctora.

Ah bueno, perdón, me distraje. ¿Y por qué me detengo con el asunto de los patrones? Eso es fácil, sobre todo si es usted colega profesional en psicología. ¿Qué es nuestra personalidad si no el resultado de una serie de patrones de los cuales provenimos? Es que eso es un árbol genealógico: un productor de patrones. Algunos benéficos. Otros altamente dañinos. Ya me he referido al respecto. Si les interesa el tema, pueden leer esto que escribí hace algunos meses.

Vamos entonces con lo de la edad, no la he ventilado. ¿Listos? ¿Listas? 27 años de edad. ¿Cómo les fue? ¿Se les pasó la edad y siguen, como decimos acá, como pizotes solos)? ¿O no han llegado aún a dicha edad?. No se preocupen. Esto es estadística, es probabilidad. No es algo que sucede cuando se pasa de los 26 a los 27 y, como pareciera lógico, no es algo que deja de suceder cuando se llega a los 28 (edad psicológica crítica, otro día les cuento por qué). No quiero opinar por ustedes, pero al menos yo, a mis 27, cargaba un extravío existencial nada envidiable. No es tan fácil saber quién sos a esa edad. Y créanme, contar con ese "dato" resulta fundamental a la hora de elegir con quién construir un proyecto de pareja. Si no sabés quién sos, las posibilidades de "pifearla" son altísimas.

¿Y el título? Bueno, Si saben algo sobre futbol, entenderán que si un equipo es bueno y no se foguea, no juega, no se prueba, no se evalúa, podría caer goleado, incluso por un equipo menos virtuoso pero más experimentado. Con el amor sucede algo similar. Cada relación en que nos comprometimos nos tendría que haber enseñado algo: qué hacer, qué no hacer, qué dejar pasar, qué no debemos aceptar, cuándo guardar silencio, cuándo hablar, cuándo involucrar a la familia -la propia y la política-, cuándo rehuir de ellos, etc. Quizás nuestras primeras relaciones, esas de cuándo eramos jóvenes e idealistas (se los dice un viejo idealista), nos tendrán que ir enseñando que si buscamos emparejarnos bien, tenemos que estar conscientes de los patrones de los que provenimos, conocernos internamente y prepararnos para la "alta competencia". Mejenguear, cualquiera lo hace. Jugar futbol y amar, requiere de experiencia, inteligencia y madurez.

Allan Fernández, psicólogo clínico / 8663-5885 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez / jorgeallan@icloud.com

Enredos amorosos

Por J. Allan Fernández

El amor es energía y, como tal, depende del uso que se le de. A algunos los cura y a otros los enferma. Algunos lo utilizan como motivación y otros no logran dejar de padecer sus efectos y ausencias. Es la fuerza que sostiene la vida. Investigo este fenómeno tan paradójico desde hace años. Primero desde la psicología, la sociología y el psicoanálisis, luego desde la neuropsicologia, la filosofía y la espiritualidad. Hoy en día, el amor no es solo asunto de literatos y poetas. El amor también es objeto de estudio científico y, si a la ciencia le interesa, a mí me interesa. A ustedes?