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(In)dependencia emocional

Somos el producto de nuestra historia, eso es indiscutible. Algunos rasgos venían contenidos en nuestro código genético (provenientes incluso de nuestros abuelos). Otros surgieron de la casa donde colocaron la cuna en la que descansamos nuestros primeros días. Ese escenario familiar y los actores que allí desarrollaban sus papeles -o no- conformaron, en mucho, eso que solemos llamar "realidad". Allí, nos enseñaron qué se entiende por "familia", "hombre", "mujer", "límites", "amor", "matrimonio", "felicidad", "dios", "muerte", etc.

Yo provengo de una familia para la que lo político y lo patriótico no tienen mayor sentido. No pensamos que no sea importante. Consideramos que no es tan importante como la mayoría piensa. Hoy, la pregunta de mi hija: "¿por qué nuestra casa no está forrada de banderas como las de los vecinos?", me permitió transmitir algo de mi herencia familiar, secundado por la opinión de mi esposa. Otro día les explico por qué a mí los "ismos" no me generan confianza.

De la familia uno aprende, desde elementos esenciales, hasta obsoletas tradiciones. Estando uno pequeño, se cuenta con poca posibilidad de "separar el trigo de la paja", si se me permite utilizar una referencia bíblica. Es por esto que somos psicoemocionalmente tan vulnerables. Durante nuestros primeros años de vida, aquello que vivimos con frecuencia queda registrado como "normal". Si provengo de una casa en la que tirar platos es un modo de demostrar fuerza, o si el modo con el que mi padre lidiaba con su frustración requería del alcohol, o si mi madre enseñó que el amor es dolor y sacrificio, pues no se extrañen si, al alcanzar la adultez, se siente cierta predilección por los tiradores de platos, los incapaces de controlar sus hábitos o los mártires en potencia. La gente suele confesarlo en consulta: "yo me l@s busco así de loc@s". Pregunta de rigor, luego de escuchar tan interesante "insight": ¿me puede contar más sobre su familia?.

No todo proviene de nuestra familia de origen. La educación sin duda vendrá a -dependiendo- reforzar o cuestionar aquello aprendido en el seno familiar. El punto aquí es, según mi opinión, obvio: si mi familia considera que educativamente debe reforzarse aquello que ellos consideran "importante", su elección de centro educativo se conciliará con sus propios intereses. Las familias católicas envían a sus niños a colegios católicos. Las familias "yuppies" envían a sus hijos a escuelas "yuppies". Las familias tecnócratas envían a sus hijos a escuelas/fábricas de técnicos. Las familias hippies enviamos a nuestros hijos a escuelas hippies y así...

¿Qué puede esperar uno de una familia para la que el amor es la resultante del irrespeto, la falta de límites y el sufrimiento? Fácil, ¿verdad? Niños inconscientemente proclives al irrespeto (sea que lo promuevan o lo anhelen), a la falta de límites (sean personales o sociales) y/o deseosos de sufrir, o de sufrir gracias a otros. Yo no me canso de decirlo: ¿conociste a alguien que te gusta? Antes de empezar a pensar en compromisos, hipotecas y Golden Retrievers, saque el ratito y póngale atención a la dinámica familiar de la que proviene es@ que l@ tiene ilusionad@. No escatime esfuerzo y recursos en eso que los científicos sociales llamamos observación participativa. Vaya a la cena familiar, al rezo del niño, al día del clásico. Póngale atención a los actores que han acompañado a esa persona que tanto les interesa. Allí puede uno sacar, quizás no conclusiones o diagnósticos,  pero sí al menos muy jugosas hipótesis. El problema de las relaciones, según mi experiencia, reside en la pobre/apresurada elección de la pareja. Aquí pueden leer algo que escribí al respecto.

Depender es mala señal. Dependiente, en algunos casos también llamado "adicto". Alguien que, sin la presencia de un objeto particular, experimenta sensaciones de extravío y pérdida de control. Poco importa de qué objeto estemos hablando. Sobre eso versó la investigación gracias a la cual obtuve mi licenciatura en psicología, hace ya mucho más de una década. Se puede ser adicto a la marihuana, al gimnasio, al novio, a la religión, a los videojuegos, al celular, al psicólogo, etc. Mi planteamiento era sencillo: en esta sociedad todo está propuesto para crear dependencias. Faltarían muchos años para que, al encuentro con el campo de la espiritualidad, viera confirmada mi teoría: un amor que requiera dependencia no es amor. Es que no podríamos hablar de "mal amor". Allí estaríamos proponiendo una contradicción ("contradictio in adiecto", si me dejan desempolvar una de las pocas frases que me sé en latín). Un mal amor es como subir para abajo. El amor, o es bueno, o no lo es.

"Esto no tiene sentido", me interpela imaginariamente algún querido lector. "Yo, cuando amo, por lo general la paso muy mal". Mi querid@ amig@, no viene usted poniendo atención: usted la pasa mal ya que su definición de amor -quizás heredada de su árbol genealógico- confunde "amor" con "dependencia". El que al depender cree que demuestra amor, logra lo mismo que consigue el adicto con su droga: asegurarse un buen monto de sufrimiento. ¿Siente usted que sin su pareja no puede vivir? Pues bien (en realidad, "pues que mal"), la independencia emocional, para usted, se encuentra muy lejos. Ahora, si ya llegó hasta acá, permítame preguntarle algo: ¿esa peligrosa confusión entre amor y dependencia, es algo aprendido o una ocurrencia suya?

Las posibilidades de haber aprendido a confundir amor con dolor podrían deberse a nuestra familia o a la visión de mundo que nos fue endosada. Yo no se si es cierto que Teresa de Calcuta realmente dijo "Ama hasta que te duela. Si te duele es buena señal". He tratado de contextualizar semejante "reflexión" y no, no logro comprender cómo el decir esto podría haberle ayudado a alguien. Aunque... esperen, creo que finalmente lo estoy entendiendo. La gente que sufre suele buscar respuestas en la fe. No, si. Ahora todo tiene "sentido".

Si nos lo enseñaron, si lo aprendimos, si lo inventamos, eso no es tan importante. Lo realmente importante es decidir dejar de sufrir, máxime cuando parece que mi sufrimiento tiene algo que ver con mis elecciones. Si provenimos de un árbol genealógico para el que el amor es sinónimo de dolor, bien nos valdría injertarnos a otro árbol. No se trata de dejar de quererlos. Se trata de no solidarizarse con tan locas herencias.

No está mal ponerse el chonete, desayunarse la chorreada y pegarse la caminada con nuestros hijos el 14 por la noche, cuidando que el farol no se empiece a aflojar por el efecto del calor de la vela -o bombillo-. Cantemos el himno y, si nos "pumpeamos", hasta la Patriótica nos podemos "echar". Es que todo eso no creo que sea tan importante como independizarnos de nuestros miedos, de nuestros infantilismos, de nuestras solidaridades con la neurosis familiar. Alcanzar la independencia y asumir nuestra existencia. Buscar el equilibrio. La estabilidad. Ser merecedores de amor (solo hay de un tipo, insisto). Esas son las independencias que me interesa que nuestra hija alcance. Es que todo eso le va a servir... en Tiquicia o en cualquier otro lado.

Allan Fernández / 8663-5885 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez / a.fernandez@ucreativa.com

Enredos amorosos

Por J. Allan Fernández

El amor es energía y, como tal, depende del uso que se le de. A algunos los cura y a otros los enferma. Algunos lo utilizan como motivación y otros no logran dejar de padecer sus efectos y ausencias. Es la fuerza que sostiene la vida. Investigo este fenómeno tan paradójico desde hace años. Primero desde la psicología, la sociología y el psicoanálisis, luego desde la neuropsicologia, la filosofía y la espiritualidad. Hoy en día, el amor no es solo asunto de literatos y poetas. El amor también es objeto de estudio científico y, si a la ciencia le interesa, a mí me interesa. A ustedes?