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Manual para manipular (1ra. parte)

Las relaciones humanas son complejas. De no serlas, no tendríamos psicologías, sociologías, derechos y saberes afines. Freud, una vez más, tiene razón: e star rodeados de humanos resulta una fuente de malestar en potencia. Ya bastante complejo es lidiar con nosotros mismos como para también tener que vernoslas con el otro: con sus expectativas, con su historia, con sus neurosis, con sus miedos.

Los ideales de igualdad, solidaridad, reciprocidad y buena fe, tan anhelados por practicamente todo humano, se ven, día a día, pisoteados. Este tiempo que nos toca (sobre)vivir -pareciera fácil de observar- se ha convertido en una seguidilla de retos y competencias. Los unos contra los otros. Los buenos contra los malos. Antagonizar se volvió norma. Sostenemos desear la equidad al tiempo que intentamos imponernos. Nos gusta la idea de que exista un ganador... Siempre y cuando seamos nosotros. Las relaciones interpersonales en general, las amorosas en específico, como era de esperarse, sucumbieron a esta funesta tendencia.

Si yo asegurase que en toda relación humana se observa una pugna por el poder, algunas personas podrían sentirse ofendidas. Sin embargo, es una realidad. Yo, en tanto padre de familia, poseo más poder que mi hija. Yo ordeno, ella obedece (recuerden que es una niña de 7 años de edad). Si yo le hago creer a ella que posee tanto poder de decisión como yo (o como mi esposa), estaría haciéndole un gran daño emocional: la estaría engañando. Mi pequeña, si yo no tuviese cuidado, en unos años no contará con la capacidad de comprender la diferencia entre el que dirige y el que es digirido. Tendrá serios problemas lidiando con sus profesores, con los oficiales de tránsito, con sus jefes, etc. Bien decía una querida docente de la facultad: " familias democráticas, hijos desequilibrados". No lo creo necesario, pero mejor lo aclaro: no se trata igual a una niña de primaria, que a un adolescente de secundaria o un joven universitario. Continúo...

Que el amor requiera sometimiento bien podría ser la mentira más peligrosa posible. Se estaría confundiendo el amor con la esclavitud. Aún si yo creyese detentar el sitial de poder en mi relación (lo cual podría ser una fantasía autocreada), estaría perdiendo de vista algo básico: aquel que siente carecer de poder lo ansía y, de ser posible, intentará -si no revertir la situación- al menos castigar a aquel que nos colocó en una relación de sometimiento. Por eso me parece tan peligroso intentar cambiar algún rasgo en la pareja: en caso de lograrlo, quedamos automáticamente en deuda. Todo aquel que queda en deuda cede el poder. Irónicamente, al haber conseguido el objetivo esperado (lograr un cambio en el otro), se ofrece el poder al otro. Y este, cuando lo desee y sin necesidad de argumentarlo, puede ahora sí obligarnos a cambiar. Dicho en tono vernacular: " nos salió el tiro por la culata".

Restando la inmensa cantidad de personas que al "amar" se someten -lo cual podría provenir de la triste lección aprendida por años de parte de la familia de origen-deseo en esta serie de publicaciones concentrarme más bien en los modos mediante los cuales algunas personas  aceptan (consciente o inconscientemente) participar de una relación de poder. Esto, gracias a su precario equilibrio psicoemocional, so pretexto de esperar que la relación se convierta -no sabemos mediante qué tipo de intervención divina- en una amorosa.

Partiremos de una obviedad: resulta más conveniente mandar que ser mandad@. Ocupar el rol de la voz cantante ofrece toda una serie de beneficios. Sea que nos hayan obsequiado tan privilegiado sitial o que lo hayamos alcanzado con base en esfuerzo y MANIPULACIÓN. Una vez alcanzado, no tendría sentido desear compartirlo. ¿Por qué lo haría?

Imaginen tan paradisiaca escena: habríamos logrado que en nuestra relación suceda todo lo que deseamos y nada de lo que nos moleste, incomode o nos genere pereza. ¿Les costó visualizarlo? Lo entiendo. Es que estamos planteando un ideal, una fantasía, algo irreal. Nadie, en su sano juicio, tomaría la tan mala decisión de otorgarnos semejante poder. Sin embargo, y muy a mi pesar, siento confesarles lo siguiente: millones de personas hoy en día viven este tipo de desigualdades. Algunas personas, por orgullo, prefieren hacerles creer a los otros que viven la relación de sus sueños (las redes sociales son una maravilla para maquillar aquello que no deseamos mostrar). Otras, ya descubrieron que el "traspaso de poderes" nunca se va a dar y, simplemente, no saben cómo salirse de tan dañina escena.

Propongo, como una especie de norte a perseguir, la siguiente máxima:  si necesito tener el poder no estoy en condiciones de amar. Si necesito entregárselo a alguien... Tampoco estoy en condiciones.


Continuamos, si les parece, en unos días.


Allan Fernández, psicólogo clínico / 8663-5885 /  https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez  / jorgeallan@icloud.com


Enredos amorosos

Por J. Allan Fernández

El amor es energía y, como tal, depende del uso que se le de. A algunos los cura y a otros los enferma. Algunos lo utilizan como motivación y otros no logran dejar de padecer sus efectos y ausencias. Es la fuerza que sostiene la vida. Investigo este fenómeno tan paradójico desde hace años. Primero desde la psicología, la sociología y el psicoanálisis, luego desde la neuropsicologia, la filosofía y la espiritualidad. Hoy en día, el amor no es solo asunto de literatos y poetas. El amor también es objeto de estudio científico y, si a la ciencia le interesa, a mí me interesa. A ustedes?