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Personas que (no se) aman demasiado

A ver... "demasiado" hace referencia a cantidad, a intensidad, a volumen, a peso, a tiempo transcurrido. Es una referencia que intenta cuantificar. "Esto es demasiado" decimos cuando nos enfrentamos a algo que superó nuestras expectativas o nuestro aguante. En el extremo opuesto de aquello que tasamos como "demasiado" encontraríamos lo "poco", lo "insuficiente", lo "exiguo". Sobra aclarar que dicha referencia, si no se conocen los límites preestablecidos, nos destierra al predio de lo subjetivo. Aquello que resulta demasiado para mí, podría ser insuficiente para vos o viceversa. Incluso, algo que resultaba ideal en el pasado, puede convertirse, gracias al implacable paso del tiempo, en poco o en demasiado.

El título de esta publicación hace referencia -ya lo habrán notado- al libro "mujeres que aman demasiado", escrito en 1985 (¿Pueden creerlo? Cuando yo estaba en la secundaria, ayuno de amor romántico, ya existían mujeres a las que más bien se les iba la mano dando amor), por la colega norteamericana Robin Norwood. Ella es especialista -según la referencia encontrada- tanto en relaciones de pareja como en adicciones (le pasó igual que a mí: empezamos trabajando con droga-dependientes y terminamos trabajando con "amor"-dependientes). Pienso que no cometo una indiscreción si aseguro que este libro se convirtió en una especie de manual de psicología "pop" (autoayuda dirán algunos).

No he leído el libro. Sin embargo -en mi consulta- este, junto con "Los 5 lenguajes del amor", escrito por el Dr. Chapman, son referencia frecuente. Si a estos les sumamos unos 2 o 3 textos del colega italiano Walter Riso, tendremos, ahora sí, el marco teórico de las desventuras amorosas de un buen número de las queridas personas que comparten conmigo, día a día, su deseo de alcanzar mayores niveles de salud emocional. De vez en cuando, surge una referencia a alguna publicación de Allan Fernández, por lo general, no tan esperanzadora como las encontradas en los textos arriba mencionados. Dejemos la bibliografía por un momento. Déjenme preguntarles: ¿cuánto amor es demasiado? ¿Se hartará alguien de amar o de ser amado? ¿Le habrá sucedido a alguien que, de tanto amor, se terminó empachando?

Que el enamoramiento (que no es lo mismo que el amor, aún y cuando suela ser su antesala) intoxica, ya eso casa nadie lo duda. Hace más de 100 años el Dr. Freud, neurólogo de profesión, psicoanalista por creatividad, escribió sendos párrafos al respecto.

El amante y el amado emulan, aseguraba el controversial vienés, la relación entre el hipnotizador y el hipnotizado. La persona enamorada, asegurará en otro momento, corre el riesgo de colocar su alma en las manos de aquel que le despierta el amor. Enamorarse implica -ustedes sabrán si le creen o no- extrañarse (alejarse) de la realidad. El enamoramiento, entonces, funciona muy parecido a una droga. Uno se enamora y se va en el "ride". Se olvida uno del dolor, de las deudas, del horóscopo, de la terapia, de comer, de estudiar, de rezar, de meditar, de dormir... se olvida hasta de uno mismo (lo cual, a mí, más que romántico me resulta sospechoso).

Estoy seguro que a la Sra. Norwood le vale lo que yo pueda pensar, así que, aprovechando la anterior coyuntura, me atreveré a proponer una desviación respecto de la idea que estimula -sugiere- su muy consultado texto (les recuerdo que no lo he leído). Va de una vez, así, sin mucha vuelta: las personas que se aman demasiado corren un riesgo muy bajo de parecerse a los personajes que menciona la colega norteamericana. ¿Qué tal? ¿Se veía venir? ¿Les suena? Entrémosle un ratito a esto, si les parece.

Desde un punto de vista neurológico/antropológico nos enamoramos de un modo no consciente. Quiero decir que no es tan fácil controlar el "rush" del enamoramiento. Dicha reacción (electro-química, entiéndase cerebral) responde a improntas biológicas. El enamoramiento, dirán algunas personas de ciencia, es la estrategia por medio de la cual la especie humana se asegura no desaparecer (¿se entiende, verdad?). Existen rasgos universales que, en condiciones particulares, terminan generando reacciones de enamoramiento en las personas que les rodean. Es en esta etapa en la que solemos cometer actos irracionales. La realidad da paso a la fantasía. Es una intoxicación, recuerden. Sus sentidos se trastocan, su capacidad de discernir se vuelve magra. Su control, tanto sobre sus emociones así como sobre sus ideas, disminuye a niveles de alto riesgo. Estar enamorado es más o menos como estar drogado (o borracho, que también es un modo de drogarse). Sin embargo, se que eso también ustedes ya lo saben (lo descubrieron en carne propia o lo leyeron en algún libro de Riso), el enamoramiento, como el "viaje" de la droga, termina desapareciendo.

Cuando ese "ride" cede, en algunos casos, se da paso a la dimensión del amor. En otros, al de la decepción y, por ende, a la añoranza. Todos alguna vez nos preguntamos qué se hizo aquel fuego de juventud, aquel impulso cuasi-animal, aquel exceso libidinal. El amor, mucho menos fogoso en términos de calentura, aparece como el resultado de aquel primer momento de excesos químicos (recuerden que las hormonas son una especie de droga endógena). El enamoramiento vendría siendo el impulso que se toma para caer en el terreno del amor ("caer" no en términos de descender, sino de aterrizar). Estudios neuroendocrinológicos incluso han llegado a plantear como el amor de pareja dura más o menos 7 años, lo cual, coincidencialmente (no es una coincidencia, en la naturaleza nada sucede al azar) es el tiempo que le toma al cachorro humano llegar a una etapa de eficiencia cerebral. Ya sobre esto había escrito hace algunos meses (pueden accesarlo a través de este enlace).

Acá me corro el riesgo de sonar políticamente incorrecto (riesgo que suelo correr desde que recuerdo). Las personas que la terminan pasando tan mal como los personajes del libro de la colega Norwood no llegaron allí por amar demasiado. Llegaron allí por, al menos, 2 razones:

- no amarse demasiado

- no diferenciar el enamoramiento del amor.

No hay peligro en amar demasiado. Peligroso es confundir amor con dependencia. Dañino es dejar de amarse como estrategia para ser, al menos, frecuentado por alguien más. Es por esto que, para poder superar estas confusiones y aprender a dejar de sufrir, considero fundamental todo aquel esfuerzo que busque enseñar. Gracias Norwood. Gracias Chapman. Gracias Riso. Gracias a ustedes.

Allan Fernández, psicólogo clínico / 8663-5885 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez / a.fernandez@ucreativa.com

Enredos amorosos

Por J. Allan Fernández

El amor es energía y, como tal, depende del uso que se le de. A algunos los cura y a otros los enferma. Algunos lo utilizan como motivación y otros no logran dejar de padecer sus efectos y ausencias. Es la fuerza que sostiene la vida. Investigo este fenómeno tan paradójico desde hace años. Primero desde la psicología, la sociología y el psicoanálisis, luego desde la neuropsicologia, la filosofía y la espiritualidad. Hoy en día, el amor no es solo asunto de literatos y poetas. El amor también es objeto de estudio científico y, si a la ciencia le interesa, a mí me interesa. A ustedes?