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¡Ya basta de dependencias! (Enredos 2 años después)

Si me permiten la confesión, hace dos años no estaba muy seguro de cómo empezar este blog. Quiero decir que sabía sobre qué quería escribir, pero no tanto en cuál orden ir abordando los diversos tópicos. El título surgió espontáneamente. En la consulta -y en la vida- el amor, más que resolver, termina enredando. Fue ahí cuando todo se volvió claro: si la gente anda enredada, eso quiere decir que no se están acercando del modo -o en el momento- indicado al ámbito de los emparejamientos. Algo era fácil de observar... dos cosas, en realidad:

- La gente no quiere estar sola.

- Sus definiciones de lo que significa "amor" pueden ir del colmo de la represión hasta la más extrema superficialidad.

Mi primera publicación: "Todos fuimos dependientes!" me parecía el modo lógico de iniciar. ¿Dónde inicia eso que gustamos llamar "vida"? En nuestra infancia, claro está. Entonces, quiénes serán nuestros primeros "maestros del amor"? Claro. Acertaron. Esos seres que nos cuidaron (o al menos lo intentaron). En algunos casos los papás. En otros el papá o la mamá. Habrá algunos que aprendieron de sus abuelos, de sus tíos, de la señora que cocinaba en la casa, etc. El amor es algo que conocemos recibiéndolo... o no. Sucede lo mismo que con las caricias. ¿Conocen ustedes a alguien que, al intentar abrazarle, se contornea como la chiquita del exorcista? Esos cuerpos no se sienten cómodos siendo apapachados, ya que quizás no reconocen dicho acercamiento. Son cuerpos asustadizos, desconfiados (imaginen la de problemas que tendrán estas personas cuando tengan que enfrentarse a la sexualidad). Todo eso proviene de nuestra historia. El ser humano y su cuerpo están diseñados para aprender a amar y a recibir amor. A acariciar y a disfrutar del ser acariciado. Eso era lo natural. Si algo no sucedió como tendría que haber sucedido, es allí donde se van gestando las "lesiones", tanto emocionales como sensuales. En alguna otra publicación retornaré a esto de las personas cuyos cuerpos repelen el amor.

En ese momento (el del blog, no el de nuestra historia) decidí denunciar, sin que me importase qué tan políticamente correctas fuesen mis publicaciones, las muy malas definiciones del amor. Tuve que encarar la altamente tergiversada visión del amor, según algunas interpretaciones del cristianismo. Necesitaba demostrar cómo el amor no tiene por qué amigarse con el sufrimiento y la resignación. El que llegó al dolor, buscando el amor, no iba por el camino correcto. Tres publicaciones intentaron sentar las bases de una denuncia: "Las cruces pesan, el amor no", "Si duele... no fue amor" y la controversial "Por mi culpa! Por mi culpa!". Obtuve decenas de reacciones. Muchas muy satisfactorias. Algunas algo sospechosas.

Habitamos una sociedad en la que infantilizar al adulto lo convierte en una jugosa víctima del sistema. Todos los días asistimos al triste espectáculo en el que millones de adultos -en apariencia- pero psíquicamente infantiles, intentan llenar sus vacíos con objetos, utilizando sistemas de crédito que solo buscan esclavizarlos. Fue por lo anterior que sentí la obligación de subrayar cómo el supuesto miedo a la soledad es en realidad el eco de un miedo de la infancia. En nuestros primeros años temer la soledad era lo normal (la película "Monsters Inc." lo trata de un modo maravilloso). En la adultez, ese temor desnuda una falta de madurez. Y es que, como era de esperar, para llenar huecos existenciales cualquier chunche sirve... relaciones incluidas. Dicen desear amar. En realidad solo quieren evitar el silencio que emana de los espacios no compartidos. Y les aseguro que esta inmadurez no respeta género. Se encuentra tanto en "chiquitos" como en "chiquitas".

Los chiquitos adultos (los "niñoviejos" como los llama mi padre) ya no quieren comprometerse ni consigo mismos. Menos podríamos pedirles que cuenten con la fortaleza necesaria para hacer de la sexualidad una via de conexión, íntima y tremendamente potente. Hoy en día, las parejas se vuelven una extraña versión de amistad. Uitilizan sus noches para compartir su hartazgo y sus aparatos electrónicos para darle algo de sabor a sus insulsas rutinas. Sobre esto he dicho bastante (a algunos no les gustó que me detenga en estos puntos): "Mejor jalá con tu celular", "Whatsapp para inmaduros", "Comprometerse... con quién?", "Nos convertimos en roommates" y "Tenemos problemas de comunicación... sexual".

Depender... depender. Entregar mi ser a algo externo con tal de evitar la responsabilidad de vivir una vida que valga la pena ser vivida. Escapar de mí. Olvidarme de mí. Permitir que sea el destino, dios, el neoliberalismo o la suerte la que se encargue de llevarme a donde sea. Sentarme en el asiento del copiloto y dejar que el vehículo se las ingenie solito. Convertirnos en objetos sacrificables. Inmolarnos. Darle la razón a todos aquellos que nos han querido convencer sobre la inevitabilidad del dolor. Volvernos partidarios de la negligencia y el cinismo existencial.

Dos años. Mucho o poco, dependiendo de la perspectiva que adoptemos. Ante la pregunta de si estoy satisfecho, puedo proferir un "Sí" rotundo. Todos los días recibo algún comentario que me invita a continuar. Algunas son críticas hermosamente fundamentadas. Otras son muestras de apoyo. De vez en cuando hasta me endosan una bendición. Incluso una vez me encomendaron. Yo no podría agradecerlo lo suficiente. Que algunas personas ingresen religiosamente todas las semanas a observar lo que publico me parece un galardón totalmente inmerecido. Aún así lo acepto y continúo, día a día, tratando de resolver cómo estar a la altura de sus expectativas e intereses. Ahora, ante la pregunta de si he abarcado, al menos someramente, todo lo que quería explorar, les tengo que compartir un contundente "No". Soy intelectualmente muy inquieto. Tengo mucho por estudiar, mucho por pensar y mucho por desarrollar. Las conclusiones las desarrollaremos en conjunto, si continúan dispensándome su grata atención.

En una época en la que depender es lo normal, en la que la libertad ya no se encuentra más que en "slogans" hippies y pancartas políticas, nos urge madurar. Nos urge evolucionar. Nos urge dejar de temer. Un entorno en el que el miedo sea lo que respiramos nos enferma en cada inhalación. Corremos el riesgo de morir en vida, convertirnos en zombies. Seguir moviéndonos, más por inercia que por deseo. Será porque no crecí en una familia militante que no tengo mucha fe en la revolución de la masa. Puedo estar equivocado, pero me parece que la revolución será individual... o no será. Enredos Amorosos intenta ser un medio subversivo en el que, con reflexiones -muy humildes, lo se, lo sofisticado no es lo mío-, intentamos alcanzar la tan deseada independencia existencial, aquella destinada únicamente para el que desarrolló amor propio y compasión, tanto por sí mismo como para los otros. Yo voy a continuar. Si a alguno le interesa este proyecto "social", será un placer hacerles un espacio aquí.

Allan Fernández, psicólogo clínico / 8663-5885 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez / a.fernandez@ucreativa.com

Enredos amorosos

Por J. Allan Fernández

El amor es energía y, como tal, depende del uso que se le de. A algunos los cura y a otros los enferma. Algunos lo utilizan como motivación y otros no logran dejar de padecer sus efectos y ausencias. Es la fuerza que sostiene la vida. Investigo este fenómeno tan paradójico desde hace años. Primero desde la psicología, la sociología y el psicoanálisis, luego desde la neuropsicologia, la filosofía y la espiritualidad. Hoy en día, el amor no es solo asunto de literatos y poetas. El amor también es objeto de estudio científico y, si a la ciencia le interesa, a mí me interesa. A ustedes?