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¿Qué hacer cuando ya no hay nada que hacer?

Diay, pues nada. Si no hay nada que hacer, no hay nada que hacer. Sin embargo, si no escribo algo más, este sería un escrito muy escueto, así que voy a decir una o dos cositas, siempre y cuando recuerden la primera línea: si no hay nada que hacer, no hay nada que hacer.

¿Cuántas relaciones iniciaron como bellas fantasías y acabaron como terroríficas pesadillas? ¿Cuántas promesas no llegaron ni al siguiente año? ¿Cuántas atenciones se fueron disolviendo con el pasar de las semanas? ¿Cuántas caricias se transformaron en bloqueos en redes sociales o, ya a un nivel más dramático, en órdenes de restricción? Sí, mi trabajo en ocasiones se vuelve cruelmente realista. Uno quisiera tener algún secreto con el cual resucitar una relación moribunda... pero no. Algunas personas disfrazan de esperanza algo que ya hace rato caducó.

Quizás les haya sucedido algo así: la relación en la que se encuentran se ha vuelto obscenamente monótona. De entrada, podrían pensar que se debe a la negligencia de su pareja. Tiempo después, se eligen a sí mismos como responsables de este mal trance. Con el pasar de los minutos caen en cuenta de algo muy doloroso: ya ni siquiera importa si fue usted o la otra persona. Lo cierto es que esto que sostienen ya no se parece en nada a lo que un día fue. Del hartazgo, al sentimiento de culpa, pasando por la incapacidad de deteminar qué hacer en estos casos. ¿Lo hablo con mi pareja? ¿Le pregunto si lo siente igual? ¿Le echo la culpa? ¿Espero a que me pregunte?

Lo que acabo de describir es un momento decisivo. Lo que usted haga, diga, deje de hacer o decir, irremediablemente marcará el curso de su relación. Si su pareja es una persona adulta y equilibrada, la tiene usted fácil: solo debe promover la conversación. Le pide que se sienten y lo conversan. Bajo la premisa de que lo que se desea es el bienestar de cada uno de los miembros de la pareja, esta conversación no tendría por qué terminar en escena de cantina de pueblo. ¿Habrá desconcierto? Sí, quizás. ¿Sensaciones incómodas, tanto para el que habla como para el que escucha? Por supuesto, no me cabe duda. ¿Palabras no muy cariñosas? No sería extraño. Sin embargo, al final de la conversación tendría que prevalecer la cordura y la madurez. Es que no todas las relaciones son eternas. Es más, algunas, de volverse eternas, terminan siendo más dolorosas que el finalizarlas.

El problema reside en dos escenarios muy frecuentemente escuchados en la consulta:

1- Tu pareja -aquella que elegiste tiempo atrás- no se caracteriza por su ecuanimidad y equilibrio psicoemocional y/o,

2- Cometiste un acto que sin duda generará dolor en tu pareja, el cual, si te hubieras abstenido, te habría permitido evitar la virulenta reacción de la persona que te viene acompañando.

Respecto al punto 1. -el de elegir personas desequilibradas- ya he escrito mucho al respecto (les voy a compartir 3 escritos: este, este y este). Hoy ya sabemos que algunas personas eligen parejas desequilibradas, con el único propósito de preservar la loca tradición familiar de sufrir. Otras personas, mucho más confiadas en sí mismas, "creyeron" (esto sí es un acto de fe) que, o lograrían cambiarlas o, cambiarían por amor (errores ambos). Respecto al punto 2. -el de hacer algo para que tu pareja se desilusione y te deje-, muy pronto dedicaré un escrito completo, ya que tengo una hipótesis la cual podría ser de utilidad.

Déjenme compartir una reflexión de un filósofo que leía con frecuencia en la facultad: Slavoj Zizek. Él decía que solo hay algo más doloroso al hecho de que su pareja le deje por alguien más. Según él -siéntanse en la libertad de no estar de acuerdo- es mucho más doloroso que nos dejen por nadie, ya que, nuestra pareja, sin necesidad de distraerse con otra persona, cayó en cuenta que nosotros no éramos con quién quería compartir su vida -o al menos, sus fines de semana y días festivos-. Además, por si fuera poco, nos quita la posibilidad de inventar un chivo expiatorio.

Uno de estos días escuché algo muy inteligente. Decía esta persona que, aún y cuando desearía no estar sufriendo -acababa de recibir la noticia de que su pareja no deseaba continuar-, estaba convencida que en un tiempo terminaría agradeciéndolo. Solo hay algo más doloroso que terminar una relación... continuar en una que no va hacia ningún lado. Es que cuando no hay nada que hacer... no hay nada que hacer.


Allan Fernández / 8663-5885 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez


Enredos amorosos

Por J. Allan Fernández

El amor es energía y, como tal, depende del uso que se le de. A algunos los cura y a otros los enferma. Algunos lo utilizan como motivación y otros no logran dejar de padecer sus efectos y ausencias. Es la fuerza que sostiene la vida. Investigo este fenómeno tan paradójico desde hace años. Primero desde la psicología, la sociología y el psicoanálisis, luego desde la neuropsicologia, la filosofía y la espiritualidad. Hoy en día, el amor no es solo asunto de literatos y poetas. El amor también es objeto de estudio científico y, si a la ciencia le interesa, a mí me interesa. A ustedes?