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Cada (loca) oveja con su pareja, parte final

En la primera parte recordarán ustedes algo que propuse: "las locuras se atraen". Por "locura" quiero decir todo aquello que se aleje de lo esperado. "Todos tenemos algo de locos", suelen decir. Pues sí. Es solo que algunos abusan. Hablando de cosas locas, ¿qué pensarían ustedes si alguien asegura haber escrito un libro cuyo contenido le fue dictado por una entidad sobrenatural? Yo no sabría qué pensar...

Los esposos Hicks, Esther y Jake (el señor ya murió), saltaron a la palestra de los clásicos de autoayuda al escribir el bestseller "La ley de la atracción". Hasta allí, todo bien. El pequeño problema con el que yo me encuentro (no es problema para ellos ni para los millones de lectores de dicho texto) es la fuente de la información que nos comparten: una entidad (en otro momento lo llaman un "conglomerado de seres esenciales") llamada Abraham, aprovechándose de los poderes de "médium" de doña Esther, le dictó toda una serie de enseñanzas, las cuales terminaron condensándose en dicho texto. Si alguno desea leerlo puede accesar este enlace. Ya me dirán cómo les fue.

Dejando de lado entidades místico/pedagógicas, prefiero detenerme en algo que surge con mucha frecuencia, tanto en el espacio clínico como en el cotidiano: ¿Tendrán algunas personas la -nada envidiable- capacidad de atraer parejas equivocadas? De ser así, ¿Será producto de la suerte?. Entrémosle. Si por suerte entendemos que yo podría vivir eventos para los que no estoy preparado, o que no merezca, situaciones con las que simplemente me tropecé, por cuestiones de puro azar, les pido que no cuenten conmigo. Esa definición de suerte siempre me ha parecido un pretexto, una justificación gracias a la cual relevarme a mí mismo respecto a la responsabilidad sobre mis actos. "No tuve suerte", el mantra de los que no se toman en serio su existencia. Ahora, si por suerte estamos haciendo referencia al infinito universo de la posibilidad, campo de estudio de lo cuántico, pues ahí sí me apunto. Lo que yo haga y lo que yo no haga, lo que yo diga y lo que no diga, y -se que esto va a ser difícil de digerir por algunos- lo que yo piense y lo que no piense me afecta y afecta mi entorno. Contamos con la inmensa "suerte" (en tanto oportunidad) de crear las condiciones propicias, el ecosistema en el que me deseo desenvolver (relación, trabajo, grupos sociales, etc.).

"Entonces, ¿en qué quedamos?", se preguntará alguno. En nada... aún. Superada la dimensión de la suerte, podemos acudir a un ámbito mucho más fiable, mucho más fácil de observar: el de la causalidad. Causa y efecto. Esto que sucede hoy, sucede ya que antes sucedieron otras cosas que precipitan esto que vivo en este momento. Y sí, tiene usted razón, si esto le suena como karma (concepto manoseado por toda una serie de autores de la -no tan- Nueva Era). Ahora, considero que la gente suele cargar con una concepción del karma demasiado cristiana. Déjenme aclarar. Cuando piensan en lo karmático solo logran concebir la parte del "castigo". Revuelven cosmovisión hinduísta/budista con cristianismo. Lo que me sucede karmáticamente es producto de mis "pecados". Es lo que yo llamaría un sambrote: un revoltijo. Karma es el efecto de las causas pretéritas. Si a usted en estos momentos le está yendo muy bien a todo nivel, no solo lo felicito, sino que puedo proponerle cómo su actual éxito es también una precipitación karmática, a partir de las decisiones y tareas que se ha planteado usted en el pasado. Y si no le está yendo tan bien, desafortunadamente tendría que recetarle el argumento previamente utilizado. Pero no nos desviemos. A mí si usted cree o no en el karma, en el pecado o en los seres sobrenaturales que dictan libros poco me ocupa. Eso no es tan importante. Sobre lo que quiero mantenerme es sobre el ámbito de la causalidad. Es que si hablásemos de las casualidades, volveríamos al predio de la suerte y el destino, espacios en los que no me siento cómodo.

Escena clásica: dos personas se empiezan a gustar. Una de ellas ya cuenta con una pareja en ese momento. Sea por presión, porque fue atrapada o porque quiere variar un poco de ambiente, la persona que estaba en una relación empieza a salir con esta nueva persona. Al inicio todo muy bonito. Quizás ya no sea tan emocionante, ya que la adrenalina de lo "prohibido", al faltar, hace que el plato que comparten sepa algo más soso, más insípido. Sin embargo, desean insistir. Tiempo después, empieza a fallar la conexión (a nivel de comunicación, a nivel sexual, etc.). La persona que cambió su relación anterior por esta empieza a preguntarse si el cambio fue bueno. La persona que aceptó entrarle a algo con alguien que hace poco no dudó en serle infiel a su anterior pareja empieza a preguntarse si podría suceder de nuevo, siendo esta vez el(la) la próxima víctima. Ustedes saben cómo sigue esto...

Otra escena: primeras salidas. Una de las dos personas aclara ser de gustos fijos. Le gusta la misma comida, los mismos restaurantes, el mismo tipo de películas, las mismas vacaciones, las mismas posturas (sean políticas y/o sexuales), etc. La otra persona escuchó esta confesión y aún así decidió continuar saliendo. "¿Por qué?", se preguntarán ustedes. A mí se me ocurren varias razones: extravío existencial, pereza de esperar por alguien más interesante, miedo a la soledad, frío... qué sé yo. El punto es que, semanas más, semanas menos, empiezan a tener problemas. El de ideas fijas no quiere cambiar (de hecho no tiene qué). La otra persona, la que quiere vivir situaciones diversas, eligió locamente. ¿Suerte? Claro que no. Mal juicio. Apostó en una mesa donde casi nadie se ha levantado ganando. Eso de andar por la vida cambiando a los otros, no es cualquiera. Yo solo conozco a uno que lo logró... el de las películas de Semana Santa.

Yo podría seguir ejemplificando esto, pero no creo que sea necesario. Estoy seguro que ya lo captaron. Algunas relaciones se ven mal desde el puro inicio. Y no. No es que sean malas personas o que quieran andar por la vida rompiendo fantasías románticas. Es solo que le entraron a algo que no se veía fácil. Es por eso que a mí lo de "polos opuestos se atraen" nunca me ha sonado mucho. Ya escribí al respecto, en caso de que alguien desee conocer mi opinión (puede accesarlo dando click aquí).

En síntesis: yo no sé si existen los "médiums". Menos sé si algún ser altamente evolucionado se va a dar a la tarea de dictar un libro, una conferencia o al menos unos capítulos. Lo que sí sé es que resulta mucho más fácil llevar a buen puerto una relación sentimental cuando las condiciones son, si no óptimas, al menos favorables desde el inicio. Caerle mal a la suegra, no compartir credo religioso, desconocer su posición respecto al ahorro y la democracia, aún y cuando parecen elementos salvables, terminan muchas veces trayéndose al suelo relaciones que se veían bien.

Allan Fernández, psicólogo clínico / 8663-5885 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez / jorgeallan@icloud.com

Enredos amorosos

Por J. Allan Fernández

El amor es energía y, como tal, depende del uso que se le de. A algunos los cura y a otros los enferma. Algunos lo utilizan como motivación y otros no logran dejar de padecer sus efectos y ausencias. Es la fuerza que sostiene la vida. Investigo este fenómeno tan paradójico desde hace años. Primero desde la psicología, la sociología y el psicoanálisis, luego desde la neuropsicologia, la filosofía y la espiritualidad. Hoy en día, el amor no es solo asunto de literatos y poetas. El amor también es objeto de estudio científico y, si a la ciencia le interesa, a mí me interesa. A ustedes?