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El miedo a la felicidad (2da. parte)

En mi escrito de la semana pasada mencioné el sospechoso miedo que se activa en miles de personas cada vez que se emparejan. De la reflexión respecto a qué tan felices somos, a la hipótesis de que quizás si nos lo estamos preguntando es porque no lo somos tanto, hasta el cuestionamiento de nuestra relación actual. Esa seguidilla de procesos cognitivo/emocionales convierte a muchos en asiduos lectores del -muy gustado- género literario conocido como "autoayuda".

Hasta la saciedad he dicho que debemos separar la felicidad propia de la etapa del enamoramiento del resto de sensaciones en una relación. Por supuesto, al inicio de una relación/conquista la felicidad nos brota por los poros. Es que en esos momentos nos conectamos con el mamífero que todos llevamos dentro (iba a decir al "animal", pero no quisiera herir susceptibilidades). Ese cortejo, altamente excitante, monopoliza nuestros sentidos, nuestras ideas y nuestro tiempo. Sea yo el que desee cazar (obsérvese bien, caZar con "z") o el que presiente ser caZado, no me cabe duda de que la contentera experimentada resulta difícil de reproducir en otras condiciones. Pero -todo tiene un pero- ese momento tan emocionante se va a acabar. Es irremediable. Ya escribí al respecto en otro escrito.

Entonces, si convenimos en no confundir la etapa de enamoramiento con la del amor -siendo esta última la que nos motiva a construir algo sólido, algo que se proyecte al futuro, o al menos algo que nos motive a cambiar el "status" en Facebook- la pregunta vuelve a surgir: ¿miedo de qué? Yo he escuchado de todo. Paso lista a las letanías más usuales en mi consulta:

- ¿me estaré conformando?

- ¿me amará realmente?

- ¿irá a cambiar? (esta es, por mucho, la más peligrosa)

- ¿me llegará a querer algún día la suegra?

- ¿y si me busca mi ex?

- ¿madurará?

- ¿dejará algún día de enfiestarse?, etc., etc., etc.

A este miedo a la felicidad le podemos entrar desde 2 lados. Ambos son hipotéticos. Uno surge de la creatividad del padre del psicoanálisis, el famoso Sigmund Freud, santo patrono de la psicología latinoamericana, el cual hasta terminó alimentando la prosa del también controversial Ricardo Arjona (controversiales por razones diferentes, obviamente). La otra proviene de la neurociencia (parte de la ciencia que estudia el cerebro y sus recovecos).

De Freud

En 1916 don Sigismund (su nombre real, el cual luego cambió por "Sigmund") escribe un textito muy interesante, en el cual -apartado segundo-, la atención del lector queda capturada, gracias a un título muy mercadeable: "los que fracasan al triunfar". No hay forma de no leer algo con tan sexy título. En él, Herr Freud, fiel a su propuesta de los sentimientos edípicos y las culpas infantiles (a él el tema de la culpa le encantaba), nos propone una hipótesis muy sugerente: algunas personas se sienten mal, no al fallar, sino al triunfar.

" ¿Qué es eso tan raro?", se pregunta alguien. En realidad no es raro. Conozco bastantes personas que calzarían perfectamente con esta descripción freudiana (yo mismo recuerdo momentos de mi vida que bien podrían explicarse según esta sugerente tesis). No está de más aclarar que voy a simplificar su teoría a niveles muy pero muy básicos. Al que quiera leer el texto completo y con esto formarse su propia opinión, puede accesarlo aquí: FREUD (aclaro que no es un texto muy amigable para aquellos no emparentados con el psicoanálisis... aunque tampoco es incomprensible).

Para no hacerlo muy largo, algunas personas, al momento de triunfar, activan un proceso en el que, desafortunadamente, llegan a sentir que no merecen triunfar. ¿Cómo así? Pues bien, piensen en alguien que procede de una pareja de padres cuya relación fracasó. De su historia, lo que esa persona puede recordar es cómo mamá -o papá, o mamá y papá- sufría por su relación. La postal que se le viene a la mente, cada vez que recuerda su relación de origen, es alguien triste, alguien frustrado, alguien decepcionado. De pronto, esta persona conoce a alguien equilibrado, entiéndase sano en sentido psicológico. Al inicio todo marcha de maravilla. Sin embargo, en algún momento, empieza a experimentar ciertos malestares. No es que su pareja se haya "convertido" (algún día tendré que escribir sobre la gente que se "convierte" en el trascurso de una relación). Es solo que, más allá del bienestar que experimenta al estar con alguien estable, empieza a ser presa de toda una serie de sensaciones incómodas.

Freud, si pudiera comentar este "extraño" fenómeno, diría algo así (en alemán): eso que lo está haciendo sentirse mal es el sentimiento de culpa, ya que, inconscientemente, siente que, al estar bien con su pareja, de algún modo está traicionando a sus padres, ya que ellos no lograron ser felices. Al venir de padres sentimentalmente fracasados, no puede lidiar con el hecho de "ganarles". Si esta persona triunfa en su relación, habrá superado a sus papás. Eso, por cuestiones inconscientes, no puede suceder. Hay que padecer, igual que papá y mamá. Hay que ser solidarios. No se merecen los viejitos que yo les demuestre que sí se podía sostener una relación sana.

Resultado final, diría Freud: esa persona se va a traer su -sana- relación al suelo, si no es que antes toma conciencia de su proceder. El desenlace final de alguien que no se sienta bien en una buena relación, será siempre el mismo: dicho humano, inconscientemente, buscará los modos de "pasearse" en su relación. Cuando esta relación se haya acabado, aún y cuando sin duda se sentirá triste y contrariado, logrará apaciguar sus sentimientos de culpa. Volverá al rango de sus papás. Es una especie de loca solidaridad familiar. Si mis papás sufrieron, yo sufro. Asumo que a algunos no les está gustando mi escrito...

De la neurociencia 

Puede que Freud tenga razón... puede que no. Fue precisamente esa duda la que me motivó a estudiar neuropsicología. Yo quería hipotesis más comprobables, más reales. Es que yo no sé si lo inconsciente "existe". El cerebro, en cambio, sí. Algunos, más afectos a la conciliación, hasta podrían asegurar que lo inconsciente es producto del cerebro... sin embargo, no es sobre esta disyuntiva a la que me referiré hoy.

Allá por los setentas, década en la que yo me encontraba perdidamente enamorado de mi madre, según Freud -nací en el '73-, el investigador norteamericano Paul MacLean estremecía los cimientos de las ciencias humanas, al proponer su hipótesis sobre la evolución cerebral. Según él, nuestro cerebro, aún y cuando ha evolucionado, continúa conservando las versiones más "arcaicas". Dicho en términos coloquiales: cada "upgrade" de nuestro cerebro se acopla a las versiones anteriores. No las desinstala. Más bien, les cae encima, sin eliminar las previas. En síntesis: el ser humano posee un cerebro simiesco, el cual, gracias a la evolución, se ha perfeccionado. Sin embargo, en la base de nuestro apartado cerebral, la versión de nuestros antepasados continúa allí y -he aquí lo más controversial- aún funciona, lo cual quiere decir que, en momentos particulares, seguimos pensando -y actuando- como monos.

Yo no se ustedes, pero yo, estoy completamente de acuerdo. He visto escenas "humanas" dignas de jaula de zoológico. El ser humano, supuestamente racional, suele caer en momentos de extrema impulsividad, los cuales -siento decirlo- nos emparentan con nuestros más peludos antepasados. Una de las grandes verdades de la neurociencia suele pasar desapercibida para muchos: no somos seres racionales. Aún somos muy emocionales... muy irracionales (vayan a un estadio si no me creen).

" ¿Y esto a mí qué?", se pregunta alguien. Pues bien. A usted esto le incumbe. Ahora, si piensa que la historia humana empezó con un tipo y una tipa, los cuales, chingos hablaban con culebras y se alimentaban de manzanas, va a ser difícil que nos podamos poner de acuerdo. Tiene usted todavía oportunidad de cerrar esta ventana y ponerse a hacer otra cosa. Hágalo... le doy tiempo...

Ok. Si sigue aquí podemos continuar. La parte más arcaica de nuestro cerebro MacLean la llamó "cerebro reptiliano". Imagínense. Es más arcaica -más básica, más animal- de lo que creíamos. Ni siquiera la llamó "cerebro simiesco". No. El tipo quería llamar nuestra atención. Cerebro reptiliano: existe una parte de nuestro cerebro que reacciona como reaccionan los cerebros de las lagartijas que viven en nuestros cielorrasos. Es tremendamente irracional. Es impulsivo. Es asustadizo. Solo conoce 2 estados: "tranquilidad" y "peligro". Es compulsivo. Cada acto que se repite, por una cuestión de ahorro de energía vital, es convertido, gracias a esta parte de nuestro cerebro, en un ritual, en un destino... en una compulsión. Esta parte de nuestro cerebro, dicho en tico, "no se quiere joder la vida". Lo que ya conoce es considerado normal y, a partir de esto, busca repetirlo "per secula seculorum" (se algunas cosas en latín ya que de niño era monaguillo).

¿Están listos para lo que viene? Maravilloso. Uno de los terapeutas con los que estudo actualmente propone una tesis muy sugerente: si nuestro cerebro más arcaico busca repetir aquello que conoce -aquello que nos resulta "familiar"- y, alejándose de la lógica y la razón, busca re-producir lo ya conocido, entonces, podríamos utilizar esta idea para intentar comprender, por qué, algunas personas intentan hacer de sus relaciones actuales una copia de la relación de la que proviene. ¿Entienden el punto? Si la "manada" de la que yo procedo -mi familia, mi clan- lo que me enseñó es a sufrir por amor, a sentir culpa, a pensar que la felicidad no existe o que no la merecemos, a hacer cosas con las cuales alimentar mis malestares y locuras, mi cerebro reptiliano, interesado en dejar todo como siempre ha estado, me va a ayudar a buscarme a alguien con quién re-actuar la historia de mis padres. Una vez que logre sufrir, como sufrían mis creadores, lograré demostrar de cuál clan procedo. Es, como lo dije mientras escribía sobre Freud, una loca solidaridad familiar.


¿Les gustaron las explicaciones de hoy? Asumo que no. Yo sé que la gran mayoría de la gente prefiere "creer" en la suerte, en el destino, en la intervención divina. Yo no. Cientos de historias que he escuchado coinciden con alguna de estas dos explicaciones. Incluso, si leen este artículo de nuevo, observarán algo -para mí- evidente: estas hipótesis no se contradicen. Lo que Freud observó bien podría ser la resultante de lo que MacLean nos propone. ¿Quiere esto decir que papá y mamá son los culpables de que no logremos ser felices? Si usted llegó a dicha conclusión, se nota que anda usted buscando culpables a quiénes hacer responsables por sus decisiones. No hay culpables . Es su RESPONSABILIDAD -no su culpa- trabajar su equilibrio mental y, gracias a esto, lograr romper los paradigmas familiares que anda cargando. Si papá y mamá no supieron ser felices no tendría por qué ser considerado un destino ineludible...

Allan Fernández / 8663-5885 / https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez








Enredos amorosos

Por J. Allan Fernández

El amor es energía y, como tal, depende del uso que se le de. A algunos los cura y a otros los enferma. Algunos lo utilizan como motivación y otros no logran dejar de padecer sus efectos y ausencias. Es la fuerza que sostiene la vida. Investigo este fenómeno tan paradójico desde hace años. Primero desde la psicología, la sociología y el psicoanálisis, luego desde la neuropsicologia, la filosofía y la espiritualidad. Hoy en día, el amor no es solo asunto de literatos y poetas. El amor también es objeto de estudio científico y, si a la ciencia le interesa, a mí me interesa. A ustedes?