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Es terapia... no juicio

Primer acto. Se abre la puerta (del edificio): aparece una primera persona. Por lo general, emocionada y/o enojada. Luego, de entre las sombras, se divisa a lo lejos una segunda persona. Esa, suele obsequiar(me) 2 actitudes: podría ser una especie de criatura asustadiza y culpable o, un orgulloso ser, el cual, con su sola expresión facial, me ofrece un: "estos psicólogos y sus cuentos". Se cierra la puerta... la cierro yo, en realidad.

Segundo acto. Se abre la puerta (de mi consultorio): uno de los dos miembros de la pareja se sienta cerca mío. Es una especie de invitación. Al dirigirme la mirada (el otro no deja de ver hacia el suelo), esa persona más o menos me transmite algo así: "ese que está sentado más lejos, es al que tenemos que tirarle, ahorita va usted a ver con qué clase de tipejo -o tipeja- me fui yo a meter". El otro (o la otra) si pudiera, se sentaría en la oficina de a la par. En realidad, si realmente pudiese elegir, ni siquiera estaría ahí. Como bien dice el refrán: el que la debe... Cierro la puerta del consultorio. ¿Cómo se llama la obra? Ahorita les digo.

Yo llegué a la terapia con parejas de un modo "casual". Algunos conocen la historia. Realicé una investigación teórica en el 2007, gracias a la cual aspiraba a obtener el grado de Máster en Psicología Clínica (primer posgrado en el que participé). En ese momento estaba intentando comprender por qué todos mis consultantes individuales tenían problemas en el departamento de "relaciones y afines". Utilicé dos visiones -en ese momento- muy presentes en mi vida profesional: el psicoanálisis y la sociología. La investigación obtuvo cierto grado de reconocimiento, no solo por parte de la universidad donde estudiaba, sino de las personas que leyeron el artículo final, el cual intentaba sintetizar mis opiniones respecto a tan complejo tópico.

Rápidamente me llamó la atención algo al recibir a las primeras parejas: parecía que solo uno de los dos quería realmente estar allí, en la consulta. El otro -la otra- estaba ahi a la fuerza. Me hacían recordar mis primeros años como terapeuta, en aquellos momentos en que "llevaban" muchachos para que les ayudara a dejar de consumir drogas. La familia estaba muy interesada en que eso sucediera. Los jóvenes no. Resultado lógico: continuaban consumiendo, con terapia o sin ella. Máxima clínica universal: solo se cura el que lo desea.

Acá voy a ventilar un par de trucos clínicos. Al iniciar sesión con una pareja al frente, luego de plantear una pequeña introducción, suelo proponer la clásica: "¿quién quiere hablar primero?". 9 de cada 10 parejas que he atendido me han enseñado que quién toma la palabra al inicio es la parte, digámoslo en jerga jurídica, afectada. Recuerden que por lo general uno hizo algo y al otro se lo hicieron. El que habla primero por lo general es al que le hicieron algo. La estadística, luego de todos estos años, se mantiene. El que habla primero es el que, en el fondo, decidió buscar ayuda terapéutica. El otro, también quiere ayuda: quiere que le ayuden a desaparecer.

Ya acá la cosa va en cuesta. Nos encontramos 3 personas en esa oficina: uno desea ayudar -yo-, otro desea ayuda -el que pensó en buscarme- y otro desea estar en cualquier lado menos allí. 2 de 3 no es suficiente. Las probabilidades de lograr NADA son altas. Convencer a esa tercera persona de la importancia de estar allí requiere de un proceso de educación el cual, al menos yo, no me siento interesado en llevar a cabo. Yo quería ser psicólogo -de adultos-, no profesor de moral y buenos modales.

"Ya usó el término 'moral´ este tipo, ya va a salir con algo de la religión", piensa alguien en estos momentos. Sí y no. Déjenme y les explico. Sea que hayamos asistido al catecismo o no, a cierta edad y si contamos con un cerebro medianamente funcional, ya nadie tendría que "enseñarnos" la diferencia entre el bien y el mal. ¿Están de acuerdo? Me alegra, ya que algunas parejas que me han visitado, quizás inconscientemente, me buscaron para que yo le diese a la parte "afectadora" (se que el término en castellano no existe, solo estoy tratando de sonar coloquial) una pequeña clase en valores y temor a Dios. Algunos han sido más explícitos. Otros no tanto. El problema es ese momento donde escucho a uno de los dos diciendo: "estamos aquí para que LE ayude a este que me hizo esto". Yo, dependiendo de qué tan tenso siento el entorno, suelo intercalar esta pregunta: "si el que le hizo esto es el problema, qué está usted haciendo aquí?". ¿Lo entienden? ¿Por qué hay 3 personas en el consultorio si solo requerimos a 2: el terapeuta y el que cometió el ultraje? Piénsenlo un momento...

Continúo. El campo de la clínica es fascinante. Allí se escuchan cosas que, creo, no se escucharían en otro lado. He escuchado personas confesando: "yo vine, no porque necesite ayuda, sino porque si no vengo, no viene mi pareja". Eso, para mis tímpanos, sigue siendo una confesión tierna/sospechosa. Es algo así como: "a mí no hay nada que tratarme, estoy acá por interés". Esa persona, al confirmar su presencia, se asegura que su objetivo se cumpla. En su mente debe generarse algo así: "voy a sentarme allí a ver cómo componen a mi pareja". Lo que sucede, y acá voy a meterme con la religiosidad judeocristiana, es que, en el fondo, la persona agredida quiere pagar unas sesiones para que alguien le demuestre al otro que tiene que sentirse culpable por lo que hizo. En esos momentos, también dependiendo del grado de tensión en el consultorio, confieso: "ustedes no necesitan un terapeuta, necesitan un sacerdote con confesionario incluido".

Si la persona que cometió algún acto doloroso -dirigido contra su pareja- necesita un terapeuta para entender lo que hizo, la primera pregunta que yo le haría a la parte ofendida sería: "¿está seguro que quiera emparejarse con alguien así? ¿se siente así de solo?". Acá alguien, tragando grueso y apretando el rosario en una de sus manos, piensa: "¿y qué pasa con el perdón? claro, como este tipejo no es religioso no conoce las mieles del perdón divino". En algo tiene razón el que pensó lo anterior. No conozco esas mieles. Lo que sí conozco es el efecto altamente curativo que se alcanza al perdonar -no se requiere creer en ningún ser sobrenatural para alcanzar ese estado-. Estamos en presencia de un acto de suma compasión. Sin embargo, el acto de perdonar es un momento altamente íntimo, el cual no requiere público. Yo, luego de ponerme en contacto con mi dimensión espiritual, decido perdonar. Para eso no necesito ni un terapeuta, ni al que me causó daño... ni a un personaje religioso. Es un acto de extrema honestidad. Es más, ustedes no me lo están preguntando, pero también conozco el efecto de ser perdonado. Ese momento, más que tranquilidad, al menos a mí, lo que me genera es un sentimiento de responsabilidad (no de culpa, recuerden que, para este que escribe, la culpa no sirve para nada -ya escribí algo al respecto, pueden leerlo acá-). Reconozco que no era necesario hacer lo que hice y, a partir de ese convencimiento, empiezo a trabajar en asegurarme no volver a cometer el agravio en cuestión. Acá, tampoco era necesario un personaje religioso.

Entonces, si la terapia en pareja no es un espacio para hacerle "bullying" psicológico al que actuó -o continúa actuando- del modo equivocado y si tampoco es un espacio para alcanzar el perdón, "¿para qué carajos sirve?", se preguntará alguien. Pues bien, es un espacio para aprender a estar en el presente, fórmula idéntica a la que le ofrezco a las personas que me visitan individualmente. Si lo que el -o los- consultante desea es ir a revolcarse en el pasado, conmigo no podrán contar. Ya lo hice por muchos años y, honestamente, esa fórmula terapéutica no me parece muy exitosa. Todo el tiempo que invertís en el pasado lo estás perdiendo en el presente. Esto lo digo a propósito de las parejas que me piden ayudarles a recobrar lo que un día fueron -o tuvieron-. "Eso", les confieso, "es materialmente imposible". Ni ustedes son los del pasado, ni yo tampoco. A mí me gustó mucho estudiar en la universidad. Sin embargo, jamás iría a terapia a pedirle a alguien que me ayude a sentirme como en la universidad. Al menos en mi cabeza, dicha petición no tiene ningún sentido. Querer re-vivir el pasado es señal de apego. Y ya saben lo que enseña el budismo: el apego es la causa del dolor humano. Por ende: a soltarse del pasado.

Alguien, en este momento, lee esto y piensa: "esto que ofrece este tipo está genial. Eso es justo lo que quiero: que mi pareja deje de sentir lo que le hice en el pasado". Al que piense eso no me queda más que decirle -con todo respeto, claro está-: no has entendido nada de lo que he planteado. Si hiciste algo en el pasado que dañó a alguien y, la persona dañada no puede -o no quiere- perdonarte, dicha imposibilidad surge de lo que hiciste. Andá vos a buscar ayuda para que descubrás por qué hiciste lo que hiciste (yo creo saberlo, otro día escribo al respecto) y, sobre todo, entendé que la otra persona no está obligada a perdonarte. Como bien dice mi madre: "este, tras de que debe, cobra".

La terapia -sea individual o en pareja- es un espacio de crecimiento. Es un espacio para crear. El consultorio se convierte en un taller de creatividad. Entre los tres, debe buscarse el bienestar de los dos miembros de la pareja. Que inventen cosas nuevas. Que sean originales. Que se olviden de lo que fantaseaban en el pasado. Estamos en el presente. Menos fantasías y más realidad. Y claro está, no gasten tiempo de terapia buscando culpables. Es un consultorio, no un juzgado.

¿Ya saben cómo se llama la obra? Lo dije desde el título. Es terapia... no juicio.

Allan Fernández / 8663-5885 / Página profesional: https://www.facebook.com/psicologoallanfernandez

Enredos amorosos

Por J. Allan Fernández

El amor es energía y, como tal, depende del uso que se le de. A algunos los cura y a otros los enferma. Algunos lo utilizan como motivación y otros no logran dejar de padecer sus efectos y ausencias. Es la fuerza que sostiene la vida. Investigo este fenómeno tan paradójico desde hace años. Primero desde la psicología, la sociología y el psicoanálisis, luego desde la neuropsicologia, la filosofía y la espiritualidad. Hoy en día, el amor no es solo asunto de literatos y poetas. El amor también es objeto de estudio científico y, si a la ciencia le interesa, a mí me interesa. A ustedes?