Desde que tengo memoria me gustan los churros. Esos de turno, llenos de azúcar, de los que están expuestos en vitrinas y calentados con bombillo. Quizá no suena deliciosos pero cada quién tiene su antojo.

Cada año no puedo dejar de ir a las fiestas de Zapote a buscar el churro que inaugura la época de fiestas y el cierre de una temporada de dietas, para dar la más libre bienvenida a todas las comelonas de fin de año.

Sin embargo, mi percepción de un buen churro cambió cuando probé los madrileños. Como es sabido en España se trata de más que un postre, es hasta parte del tradicional desayuno de muchos. ¡Para mí toda una gloria!

Estuve en España durante 15 días, probé churros en cada ciudad que visité y de todos me quedo con los de la chocolatería San Ginés en Madrid, situada muy cerca de la Puerta del Sol. Fue fundada en 1894 y desde entonces se ha convertido en uno de los sitios imperdibles de esta ciudad.

Está ubicada en un estrecho callejón, en una local esquinero desde donde nace la mejor fusión de churro con chocolate. Pero cuando hablo de este churro olvídese de los de turno, son otra cosa, otro sabor, mucho más refinado, limpio, sin sabor a grasa, crujiente, delicado…

La gasolina de los madrileños ;)

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Ahí son comunes las filas, pero todas avanzan rápido. No es que hay varias filas, es que yo fui muchas veces.

Mi experiencia en San Ginés fue algo así como amor al primer bocado. Mi primera orden de seis churros con una taza de chocolate me cambió la vida, tanto que regresé cada tarde por una y hasta dos órdenes. Sí, así, sin pena. Con ganas y muchas satisfacción.

Lo negativo de todo esto fue que no había vuelto a probar churros tan buenos como esos. El antojo fue creciendo y con él mis ganas de volver a Madrid, bueno a San Ginés.

De regreso a Costa Rica, aunque no se le compara, volví a mis andanzas: “fiestas” que veo, churro que compro. Pero jamás volvieron a ser los mismos.

Para mi sorpresa, una noche volví a probar los mejores churros de mi vida, pero ahora en Costa Rica. Crujientes por fuera, con pasta suave por dentro, sin exceso de azúcar y con una de las mejores salsas de chocolate.

Al fin me quitaron el antojo de churros con chocolate. Demasiado, pero demasiado buenos.

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No lo podía creer. Me volví a enamorar y lo mejor de todo es que no sería fugaz, no me tenía que despedir de ellos y vivir solo con el recuerdo. Ahora los tendría cerca, acudir a ellos cuando el antojo aflore y cuando mi corazón los anhelara con todo su ser.

La sorpresa me la llevé en el restaurante Silvestre en Barrio Amón y el culpable de mi locura por estos nuevos churros es Santiago Fernández, un gato de la gastronomía y chef de este negocio.

Debo confesar que no hay día que pase sin pensar en esos churros, sin saborearlos en mi mente y sin desear volver a Silvestre por un buen churro.

¿Alguien más ama los churros tanto como yo?


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