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Domingo de playa

Son las 6:00 a.m. Las seis de la mañana no están hechas para los domingos. Es un día para 'perecear' en la cama, encender el televisor, desayunar tarde, muy tarde. No correr, no alistar meriendas, no planear nada en especial. Siempre y cuando no sea un domingo de playa. Decidimos ir de paseo la noche anterior y queríamos aprovechar las últimas puestas de sol del verano. Programamos el despertador justo para las seis la mañana, con el propósito de levantarnos temprano y disfrutar al máximo el día. Con los años hemos aprendido a simplificarnos la organización porque vamos a la playa con mucha frecuencia.

Los niños duermen con los trajes de baño, dejamos los maletines hechos, desayunamos en el carro, compramos snacks en el camino y almorzamos donde nos llame la atención. Si se nos olvida algo, nos acomodamos a lo que hay, si llueve nos mojamos y si la marea está brava hacemos una pocita en la arena. Hoy nuestros hijos, con diez y siete años, no necesitan más que una bola, unos anteojos para nadar y un par de boogie boards para entretenerse.

Quien se siente a mirar los álbumes de fotos de familia, pensaría que hemos vivido buena parte de nuestra historia junto al mar. Nunca nos ha importado el hospedaje, si es un hotel elegante y distinguido o una sencilla cabinita sin aire acondicionado, si se trata de un día o una semana de vacaciones. Desde pequeñitos los niños han aprendido a ajustarse a cualquier opción, porque el sólo mencionar la posibilidad de ir a la playa les cambia el humor.

Sin embargo cuando eran bebés ir de paseo a la playa por el día era bastante más complicado. De lo que recuerdo, tal hazaña implicaba llevar el coche para las siestas, la tiendita de campaña para protegerlos del calor, una piscinita inflable para refrescarlos, agua hervida para preparar la leche especial, comida envasada, almuerzo para diez por si los monos se llevaban algo, quince cambios de ropa, siete toallas para sacudirse la arena, pañales para el agua, pañales extra por si acaso, un botiquín de emergencias por aquello de las siete plagas, un bolso con todos los juguetes plásticos del mundo y dos pares de brazos adicionales para cargar con todo...

Y justo en ese preciso momento cuando finalmente habíamos aterrizado a duras penas en la playa, con la casa entera encima, los chiquitines decidían llorar a todo pulmón; uno porque quería tirarse a la arena a como diera lugar, la otra porque el sonido del mar le daba miedo. El sudor empezaba a corrernos desde la cabeza, por entre las piernas y los pliegues hasta los pies. La parte superior de mi bikini se aproximaba peligrosamente a mi ombligo y mi sombrero me tapaba un ojo al mejor estilo pirata. Mi marido parecía salido de escena más convulsa de la película Rambo, a punto de colapsar por el peso, la congoja y el sopor.

Para colmos no parecía haber un solo espacio con sombra en toda la puñeta playa...

Cuando finalmente aparecía el sitio indicado, en el extremo opuesto, y poníamos los petates y los paquetes, mi hija, la más pequeñita de aquel entonces, decidía hacer número dos al mejor estilo catástrofe, y como no existen toallitas húmedas que sirvan para catástrofes de tal índole, había que correr de regreso hasta la entrada y de allí al servicio sanitario para limpiar a la bebé, cosa seria en un baño de playa. Finalmente, veinte minutos y un culito limpio después, me arreglaba a duras penas el peinado, el bikini y salía triunfante al calor intenso de pasadas las 11:00 a.m.

Entre meriendas, pañales, inflables y bloqueadores, ir a la playa con niños pequeñitos era sin duda una prueba de organización, paciencia y amor. No precisamente un día de descanso, pero si una oportunidad única de disfrutar intensamente. ¡Cómo gozaban los chiquitos de jugar a alcanzar las olas, gatear y correr desnuditos, comer arena, contar cangrejos! Y cuando cierro los ojos recuerdo con melancolía las siestas a la sombra de una palmera, con alguno de ellos encima de mi pecho, acariciar sus suaves espalditas, escuchar su dulce respiración con la música del mar arrullándonos.

En estos casi diez años desde que nacieron nuestros hijos, hemos recorrido cientos de kilómetros rumbo al mar. Mi piel se ha llenado de pecas, lunares y manchas, testimonio de muchas horas jugando en el sol, haciendo castillos de arena, buscando bichitos y conchas. Mis manos y pies no son precisamente de revista y mi pelo se ha decolorado varias tonalidades. Pero cuándo les preguntamos a los chicos cuántas veces creen que hemos ido a la playa, y responden sonriendo, y sin dudarlo, "más de un millón", todas esas superfluas preocupaciones desaparecen por completo.

En la playa se respira libertad, nos conectamos con la naturaleza, caminamos con la panza al aire, sin complejos o inhibiciones. A los niños les despierta el hambre, les tiñe la piel, les aclara el pelito, les pinta una sonrisa que permanece intacta por horas. A los grandes nos devuelve un rato la niñez, los recuerdos de los hijos pequeñitos, los atardeceres de novios, miles de alegrías y tal vez, pasajeramente, algún pensamiento tristón...El tiempo parece quedarse inmóvil, el mar se lleva las preocupaciones y nos recarga de energía para el resto de la semana.

Y terminamos nuestro domingo de playa, como tantos otros, sobre esa explanada de finísimas partículas, viendo el atradecer cual reloj de arena que se confunde con el horizonte, con la enorme satisfacción de haber dibujado en la memoria de nuestros hijos un nuevo recuerdo cargado de felicidad.

Esther Lev Schtirbu

Comunicadora / Fotógrafa

www.losfabulosos30mas.blogspot.com

FB: Los Fabulosos 30+

Siempre Fabulosas

Por Esther Lev

'Siempre Fabulosas' es un blog que retrata los sentimientos de las mujeres que hacen su mejor esfuerzo por ser madres, esposas y profesionales, y no perder la cordura en el intento.