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Ni locas ni histéricas, simplemente, agobiadas

Esta semana se han publicado una serie de reportajes en La Nación sobre el estado de la salud mental de la población costarricense y la herencia genética que nos predispone a enfermedades como la esquizofrenia, la bipolaridad, trastorno obsesivo compulsivo y alcoholismo. Además, son las mujeres quienes más se incapacitan por depresión, según estadísticas de la Caja Costarricense de Seguro Social.

Dichosamente, las fuentes consultadas por los colegas de Nación fueron claras en corregir que l as mujeres nos cuidamos más y somos más proclives a aceptar que no estamos bien y solicitar ayuda y, por otro lado, la durísima carga de responsabilidades que recae sobre las mujeres, tarde o temprano, puede dejarnos agobiadas y hacernos tirar la toalla.

Trastabillar ante una situación extrema, enojarnos por algo –no importa lo nimio, delicado o grave que sea--, reclamar por una situación injusta, dar un grito de alegría o de terror, cualquier reacción femenina puede ser calificada de histérica o loca, sin considerar el contexto y nuestra realidad de vida. Y el calificativo de moda es decir que somos “bipolares”. Ante una situación así, una suele escuchar a muchos varones decir: “es que se le metió el agua”, “ahorita se le pasa” o simplemente ignorarla y no confrontar el sentimiento de impotencia y enojo femeninos. 

Dichosa o desdichadamente, nuestra capacidad de resiliencia (sobreponerse a periodos de dolor emocional y traumas; es decir, tener entereza ante la adversidad) es uno de los entrenamientos culturales más fuertes a los que nos somete la sociedad. Unas más, otras menos, pero al final, la historia de la gran mayoría de las mujeres que habitan este planeta es la una de capacidad inmensa para salir adelante ante la adversidad, con todo en contra. En medio de la pobreza, la enfermedad, sin educación, sin casa, sin infraestructura, sin techo, sin dinero, sin nada... 

Por ello, se dice que educar a una mujer es educar a una familia, cosa que no sucede, necesariamente, si se facilita la educación a un hombre. 

Justo es desenchufar, darse el permiso de enfermarse, de escaparse, de “ponerse loca” y salir corriendo ante tanta responsabilidad, de liberarse...

Agobiada de tanta responsabilidad y contratiempos económicos, emocionales y de todo tipo (siete hijos, seis de ellos varones y un marido que siempre trabajó en el interior del país, lejos de la casa), recuerdo que mi madre enfermó gravemente cuando yo tenía 12 años, una gastritis crónica –en la boca del estómago, el chacra de las emociones--; fue hospitalizada para recuperarse y, una vez recuperada, regresó a casa como si hubiera estado en hotel cinco estrellas. Me dijo que el hospital era el único sitio donde podía descansar –obviamente, con tantos hijos y trabajando dentro y fuera de la casa, estaba agotada, exhausta, “histérica”-- y no había posibilidad de escaparse a un hotel de verdad o adonde fuera. La única salida: el hospital. Aprendí, por ella, que los hospitales no son tan desagradables y terminan siendo, a pesar del padecimiento, un sitio donde una mujer puede descansar y desconectarse, especialmente los públicos, con acceso restringido de visitas.

A pesar de estas estadísticas de depresión femenina, somos, en general, mucho más longevas y sanas que los que varones que no sufren depresión –o no lo reconocen--.


PUBLICADO: 27 de Diciembre, 2013 AUTOR:

Vuelta de hoja

Por Thais Aguilar

Para explicar cómo funciona y para qué sirve la perspectiva de género en la vida cotidiana... Es muuucho más que hablar de “los” y “las”, les aseguro que se sorprenderán al darle vuelta a la hoja y aprender a mirar con otros ojos...