París la nuit

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Cuerpos de mármol y cuerpos de carne se entremezclan en la Ciudad Luz para darle otro sentido a la noche, al amor y al deseo.

Las soledades voluptuosas se inclinan en las galerías imperiales. Alrededor de la pirámide de cristal, hay cuerpos desnudos bajo las luces calibradas. Los cuerpos, las escenas, transpiran versos de Apollinaire, Henning, Théophile Gautier.
Esta noche, las galerías están casi vacías. Una mujer se yergue de placer en pleno éxtasis de su petite mort. El orgasmo de la Femme piquée par un serpent, eterno y esculpido, es obra de Auguste Clésinger.
Los noctámbulos, estetas libertinos o simples voyeurs, deambulan en las galerías de este palacio erótico del centro de París. La Grande Odalisque, de Ingres, La Mort de Sardanapale, de Delacroix, Centaure enlaçant une bacchante, de Johan Tobias Sergel.

Las estatuas, los orgasmos, definen las galerías del Louvre y son la introducción de la noche de París, sensual y erótica.
FOTO: Gabriel Magnesio ampliar

El vademécum erótico es vasto y ambulatorio en el museo más grande del mundo. Alrededor del patio interno de la antigua residencia de Luis XIV, hay hombros griegos, manos medievales, senos renacentistas, glúteos romanos, cuellos y curvas románticas y las piernas abiertas de la modelo de François Boucher, una de las poses más provocativas de la historia del arte.

Noche en París
Está prohibido tocar, por fortuna. La sensación de yacer con una de estas estatuas e imágenes, incapaces de devolver los besos y las caricias de la carne que la toca, sería agotador. FOTO: Gabriel Magnesio ampliar

El museo apaga sus luces. Afuera, París se abre a la noche, vibra.

Las mujeres se pasean, sofisticadas, precisas y perfumadas. Coco Chanel era categórica: “Una mujer sin perfume es una mujer sin futuro”. La boutique Collette, en la exclusiva calle Saint-Honoré, marca la tendencia antes de la tendencia. Es la cita impostergable de quien se asume in en el mundo fashion occidental. Karl Lagerfeld, el magnánimo director artístico de la maison Chanel, es uno de sus adictos, a los pies de la vieja dama de hierro, que recuerda que París es París.


Pero la prensa anunció la probable demolición de la torre. Los menos crueles la definían como “inútil y monstruosa”. El escritor Guy de Maupassant sería brutal: “Dejé París porque la Torre Eiffel finalizaba por aburrirme”. Son 1.665 escalones y 325 metros. Víctor Lustig, encargado de vender las piezas desmontadas, convocó a las cinco compañías más importantes de recuperación de metales. La reunión, discreta, fue en el exclusivo Hotel Crillon, frente la plaza de la Concorde. Lustig recibió el cheque y escapó a Austria. El hombre que vendió la Torre Eiffel se había hecho pasar por un agente del gobierno. La gran estafa ocurrió en 1925.
Esta noche, la dama de hierro viste los colores del arco iris. En las terrazas de los cafés, las mujeres, como estatuas, visten de Isabel Marant, bolso Birkin de Hermès, bailarinas Repetto.

La capital se enciende

Las luces de neón parecen plumas sobre les Champs-Élysées. Las Bluebells, las bailarinas del Lido, vestidas y desvestidas, siempre entre brillos y lujos, se preparan en los camarines para dar vida al prestigioso cabaret de music hall.
La avenida más bella del mundo es un lugar de paso, anónimo y efímero. No vive ni nace nadie. La última maternidad del barrio cerró sus puertas. Cierran, a esta hora, las boutiques, concesionarias de autos, cines, galerías, restaurantes de cocina etno y fast food. Huele a ostras y champaña para turistas.
La noche se trasladan al subsuelo de la avenida. Las puertas están en las calles transversales y paralelas. En el underground de les Champs, hay infinidad de parqueos, clubes privados, discotecas y streap tease.

En la entrada del Pink Paradise, una mujer de voz grave decide, con la lista en la mano, el acceso. Un largo pasillo conduce al paraíso rosa que se publicita como un lugar de erotismo chic, elegante y sofisticado, donde “todo no es más que lujuria, encanto y voluptuosidad para el placer de los ojos”.
Luces tenues, alfombras y mesas bajas, rodean una pasarela en forma de cruz. En una de las puntas, una mujer se contorsiona alrededor de una barra. Tiene los labios rojos y el cuerpo esculpido. El tiempo se acelera en los sillones rojos. “El amor imaginado es mucho mejor que el amor vivido. No pasar al acto es muy excitante”, decía Andy Warhol. La atmósfera es íntima en su profusión de cuerpos, perfumes y música.
Los cuerpos sobre las tablas siguen ondulando. Una de las bailarinas, Marilyn Monroe, canta ¡Happy Birthday, Mr. President! y la sala enmudece. Las bailarinas en pausa, vestidas de negro transparente, portaligas y corsé, parecen la reencarnación de ciertas estatuas del Louvre.
Después del Pink, la cita es en el Hôtel Amour. Las habitaciones, de alfombras rojas y paredes negras, están decoradas por artistas contemporáneos que juegan con el tema del erotismo, en el corazón de La nouvelle-Athènes.
En este barrio, en el siglo XIX, vivía una mujer libertina con nombre de hombre, George Sand. Sand se vestía de hombre y fumaba. Era muchas cosas en pleno siglo napoleónico: periodista, escritora, burguesa católica, política, madre soltera, militante comunista y groupie: amante de Frederic Chopin y Alfred de Musset.
El bar del Hôtel Amour, esta noche, una mujer se sienta de espaldas en la mesa de la esquina. Las miradas de los mozos se cruzan con discreción. La actriz Audrey Tautou, heroína del mundo mágico de la película Amelie, tiene el pelo corto, las manos expresivas y viste jeans ajustados. Pide un Marlboro light y una limonada helada. El responsable del bar le regala un ramo de flores.
A pocos metros, el museo de la vida romántica no es un suntuoso palacio restaurado por las estrellas del designer mundial. La modesta casa reúne objetos de George Sand, musicalizados con Preludios de Chopin, a pasos de la rue des Martyrs, a un suspiro de Pigalle.

Descongelado
El distrito 18 es uno de los más visitados de la capital francesa. Aquí, desaparece el París del siglo de las luces decimonónicas, el destello de la belleza atemporal, la inclinación casi obsesiva por congelar el tiempo, donde el mármol de las estatuas restauradas se confunden con la carne.
La noche en Pigalle transpira el límite. El paso del tiempo, no se contempla. El sol a lo largo del bulevar de Clichy son las luces rojas de los sex shops, saunas, clubes libertinos, espectáculos de sexo en vivo. El clima es rancio y vital. Los árabes venden el fast food local (sandwiches de cordero) al costado del cabaret Moulin Rouge y el museo del erotismo es un edificio gris, decadente y golpeado por el paso del tiempo. El bar La Fourmi (74, rue des Martyrs) es el punto de partida.
Los pájaros nocturnos colapsan los bares. Hay butacas de cuero rojo, vitro, muros color pastel cubiertos con cuadros de Toulouse-Lautrec y viejos teléfonos públicos a la entrada del baño. El pasado, inevitable, se impone por un instante.
Era un refugio de marginales y artistas: Picasso, Prévert, Ionesco. Los cabarets se inclinaban, alrededor de la plaza de Tertre, en tiempos de entre guerra y french cancán. Las bailarinas de cuerpos renacentistas movían las piernas cubiertas de porta ligas, libres y políticas. Transpiraban arriba y abajo del escenario. Edith Piaf cantaba al pueblo sus tristezas y glorias en el cabaret La Bohème.
La noche, ahora, es explosiva e impredecible. La belleza en la calle son los cuerpos en movimiento, sin pasado, en un Pigalle que gira y jamás se detiene. El rock viste de elegancia a los monumentos salvajes y derruidos.
Las míticas salas de conciertos de La Cigale, Elysée Montmartre, La Boule Noire, Le Divan du Monde, se incendian ni bien cae el sol. Franz Ferdinan, The Kills, Interpol. Los héroes crísticos destellan con la pureza de la primera vez. Se pierden en la ceremonia del universo ultraritualizado del rock. Hay groupies, cables, gritos, parlantes, llamas. Un pedazo de Inglaterra anclado en el norte de París.
La rock actitud es el dress code. Chez Moune, 54 rue Jean-Baptiste Pigalle, es un antiguo cabaret reconvertido en un club fashion. Esta noche, los integrantes del grupo neoyorkino The Drums y la bella Sky Ferreira seducen al noctámbulo fotógrafo y director de Purple, Olivier Zhamm, el estereotipo del bo-bo -bohemio-burgués.
La noche en la colina de Montmartre transpira el límite. El precipicio geográfico es sólo una metáfora de una pendiente que incluye el cielo y el infierno. Los cabarets, la tensión vital de la distinción del barrio, cierran sus puertas en esta madrugada iluminada por el rojo artificial y una cruz sobre el blanco inmaculado.
Las escalinatas se yerguen hacia el Sagrado Corazón, la famosa basílica más cercana al cielo de París. Las calles tienen aún los labios mojados por el rock, el sexo, los fast food y la noche exigua.
Sería un pecado detenerse aquí.