El Diablo se viste de Praga

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La capital de la República Checa es una de las capitales de moda del Viejo Continente.

Es domingo y amanece. Los humores del cielo se reflejan sobre el río Moldava. La luz diluirá los turquesas, ocres, rojizos, dorados, azules. Alrededor del puente, esta antigua tierra de eslavos, mercaderes turcos, judíos, alemanes y forasteros, se despierta de a poco.

Sobre el empedrado aún vacío del puente Carlos IV, se proyectan en furioso contraluz las sombras sobrehumanas de un ejército de santos, en el centro de la ciudad, Praga, de 1,3 millones de habitantes.

El puente es un enjambre de turistas, una masa compacta y en movimiento sincrónico sin espacio para el gesto individual.
Praga es una de las capitales de moda de Europa. FOTO: Gabriel Magnesio ampliar

El puente Carlos IV, el más antiguo de la ciudad, tiene 10 metros de ancho y más de 500 metros de largo. Se sostiene sobre 16 arcadas bien románticas y, de cada lado, hay torres.

La construcción del puente es el resultado de una superstición. En 1357, Carlos IV (1316-1378), rey de Bohemia, decidió cruzar las aguas del irascible Moldava.

La fecha astrológica indicó el 9 de julio de 1357 a las 5.31 minutos y 79 segundos de la mañana. Una cifra capicúa: 9-7-1-3-5-7-3-1-7-9. De este modo, dicen los locales, el puente gótico, considerado el más bello del mundo, tiene garantizada la eternidad y la serenidad: el diablo no se apoderará de él.

Ciudad emblema

El cielo recorta esta mañana las infinitas siluetas que se reflejan sobre los vapores del río. La ciudad conserva, como testimonio arquitectónico del Viejo Continente, el paso del tiempo en forma de estilos: desde el prerromano, el neorrenacentista y el barroco, hasta el rococó, art nouveau y el cubismo.

Praga es uno los principales destinos turísticos de Europa y se salvó de la destrucción, porque Hitler proyectaba, aquí, un museo de la raza extinguida.
El sol se despierta sobre esta ciudad atea superpoblada de sinagogas, catedrales, palacios, monasterios, iglesias católicas y torres. FOTO: Gabriel Magnesio ampliar

En la colina se yergue el cementerio de Vysehrad desde donde se ven los techos de Praga. Hay una iglesia negra y el jardín de tumbas donde descansan nombres. La lápida del genial compositor Antonín Dvořák y del célebre estudiante Jan Palach, que decidió inmolarse en 1969 en la plaza de Wenceslao, contra la invasión soviética en tiempos de la primavera de Praga.

El diablo, dicen, se infiltró hace tiempo en la capital Checa. El manuscrito más grande de la historia, la Biblia medieval Codex Gigas, fue escrito por un monje benedictino a pocos kilómetros de la ciudad.

El monje, condenado a muerte, pidió la absolución a cambio de realizar en una sola noche el libro más grande del mundo: un volumen de 9 metros de alto y medio de ancho. Por la mañana, el acusado fue liberado. Pero el libro, llamado la Biblia del Diablo, incluía la imagen del demonio.

Desde hace tiempo, el diablo coquetea con Praga, o viceversa. El innombrable se repite, la arquitectura gótica de la ciudad acentúa sus figuras, los fantasmas, el misterio. La oscuridad que esconde y sus referencias caprichosas como una inconfesable atracción.

El teatro negro de Praga, la torre negra del castillo medieval (la más antigua), la casa cúbica de la virgen negra (museo del cubismo checo), el estreno en Praga de la majestuosa ópera Katia y el diablo del compositor checo Dvorak, la Budějovický Budvar: la densa cerveza negra checa.

Es mediodía. El sol cae vertical sobre las piedras del puente. El puente es un enjambre de turistas, una masa compacta y en movimiento sincrónico sin espacio para el gesto individual. La segunda guerra mundial marcó las tendencias del turismo actual. Praga es uno los principales destinos turísticos de Europa porque la capital se salvó de la destrucción, porque Hitler proyectaba, aquí, un museo de la raza extinguida.


Las estatuas del puente Carlos IV, antes, escoltaban impertérritas las tropas de la historia. Observaron mudas los pasos ensimismados de Mozart terminando la ópera Don Giovanni, y Kafka, y Dvorak. Los ruidos metálicos y decididos de los pelotones nazis, y los que morirían en los campos de concentración. Los agitados cánticos de los estudiantes, en 1969. Y también los hijos de esos estudiantes, 20 años más tarde, contra el bloque que caería. Los amantes anónimos, las citas, y los desencuentros en ese cruce decisivo.

El puente Carlos IV une la Ciudad Vieja con el barrio de la Malá Strana, que se extiende a los pies del poder político. En lo alto de la colina, las luces amarillas con fondo azulado brillan sobre la residencia del presidente de la República Checa, el castillo medieval más grande del mundo.

El castillo de Praga, fundado en 870, es una imponente exaltación de arte gótico. Detrás de los muros, hay palacios, basílicas, catedrales y la arrogante iglesia gótica Svatého Vita.

El castillo fue la sede del rey Wenceslao I, rey de Bohemia, el centro de la corte del sacro imperio romano, dominio de Carlos IV, y la residencia del imperio de los Habsburgo. En 1918, con la caída del imperio y la creación de Checoslovaquia, el castillo de Praga es una vez más el centro del nuevo Estado.



Poder diabólico
Se dice que el diablo gobierna las piedras del puente Carlos IV, donde están encerradas las almas del purgatorio. Por eso, el puente gótico tiene a los costados 30 esculturas barrocas de santos, y de personajes históricos, que intentan equilibrar al demonio.

Este puente, en la Edad Media, además de unir, daba lecciones. Los criminales eran metidos en jaulas y sumergidos al río, hasta ahogarlos. Una de las estatuas representa a San Juan Nepomuceno, un sacerdote checo, que fue torturado y tirado al río por no haber revelado al Rey los secretos de confesión de la reina.

Cae la noche. A lo lejos, un anciano cavila sobre su caña de pescar. El cielo color turquesa define las luces amarillas del castillo medieval. La bruma del Moldava es una fusión de colores ocres, rojos, dorados, azules.

Es medianoche. El puente necesario parece desnudo, casi púdico. La ciudad multiforme parece girar alrededor del puente, y el mundo parecer girar alrededor de Praga que, a esta hora, duerme.