Quietud y paisajes en dos ruedas

  • Conversemos

  •  

Puerto Viejo de Limón – y en general esa provincia-- vive al ritmo de la bicicleta. En el Día Mundial del Ambiente no hay nada como celebrarlo recorriendo el Caribe Sur en dos ruedas.

El mood caribeño se vive al ritmo de la bicicleta, de esas grandes, estilo Raleigh, de aluminio pesado o liviano, guardabarros, freno en el pedal, manivela ancha y canasta en el manubrio para cargar la pequeña mochila de un día, si se está paseando, o las compras del almuerzo, si se vive en ese paraíso terrenal.

Los lugareños las modifican con tablas dispuestas sobre la barra para llevar a sus hijos y adolescentes, a sus novias, novios o amistades, o con un asiento especial que se acomoda detrás de quien maneja y donde se lleva pequeñines de menos de 3 años, cómodamente sentados y bien asegurados quienes, al ritmo de la pedaleada, el calor y la humedad, suelen dormirse profundamente y llevar la cabecita guindando –desnucados, diría mi madre--, babeando, mientras la madre o el padre pedalean cadenciosamente de un sitio a otro, a lo largo de los 13 kilómetros que hay entre Puerto Viejo centro, comenzando en Playa Negra, y Manzanillo.


El calor y la humedad pueden variar de un día a otro; sea que llueva a torrentes, caiga una garúa o el cielo se despeje hermoso, no hay experiencia más amigable con el ambiente y gozosa para el espíritu que darse un ride en bicicleta en en Caribe Sur.

Por un precio máximo de ¢3.500 por día, usted puede alquiler una bicicleta en los numerosos lugares que las ofertan, firmar un pequeño contrato de uso –que le advierte que si la descuida y se la roban, cosa que sucede poco, debe pagarla-- y candado especial y llave en mano, subirse a la cadencia caribeña para disfrutar del mar, la selva, los restaurantes, las playas y las sorpresas que puede deparar el trayecto entre Puerto Viejo y Manzanillo.

Prepárese
Este trayecto es pesado para hacerlo en un día por lo que se recomienda, para disfrutarlo al máximo, organizarse para, al menos, tres días.
Cargue una botella grande de agua, vestido de baño, short, camiseta o blusa que la protejan, sandalias o tenis cómodas, bloqueador, bronceador y hasta repelente, así como un poco dinero para poder comer en los diferentes puestos de comidas que se encuentran de camino y que van desde exquisitos restaurantes gourmet,que nada deben envidiarle a los mejores de San José, hasta simpáticas sodas donde se degusta la deliciosa comida caribeña preparada por negras locales.
Puede llevar gorra o sombrero, aunque la mayoría de los ciclistas van con poca ropa y nada de sombreros y suelen cargar tabla de surf, especialmente al final de la tarde.

El trayecto
Comienza en Playa Negra, la única de ese color en la zona, donde el mar es más abierto y se ubica a la entrada de Puerto Viejo, justo cuando se viene del cruce Puerto Viejo-Bribrí, al final de esa calle que pasa en medio de la selva, cuando se llega al inicio de Playa Negra, es como si se abriera el cielo, frenara el frenético ritmo del Valle Central y el tiempo se detuviera unos segundos...

Si es un día soleado del Caribe –ojalá del verano de octubre-- usted podría creer que está entrando al cielo; si es un día lluvioso y torrencial, igual se disfruta mucho porque el clima se presta para el descanso, la desconexión, la meditación y el encuentro con una misma, con la pareja, con las amistades, con la familia o quien quiera pasar unos días allí.

Desde Playa Negra se cruzan un par de creeks sobre la calle y se entra al down town Puerto Viejo,  pequeño pueblo de pescadores que se convirtió en un destino de turismo rural, natural, ecologista y boho chic, donde los colores de las pieles y el multilingüismo son la nota local diaria, junto al calor, los vestidos de baño y las sandalias, el olor a pescado y coco, a mariguana y cerveza, a frutas, a sol y lluvia...

Beach Break es la playa del surf y el ligue.
FOTO: Thaís Aguilar ampliar

Restaurantes, bares, sodas, tiendas de artesanía, hoteles, cabinas y sitios para bailar abundan en la zona, donde, a pesar de la cercanía del poblado al mar, este se mantiene con aguas prístinas y es común ver a cualquier hora del día, familias locales, turistas, niñas, niños, bañándose en las pequeñas pozas que forman los arrecifes que circundan Puerto.

Algunos locales comerciales, como los emblemáticos Jhonny's Place y Salsa Brava, aprovechan estar al frente de la playa para disponer de mesas y sillones, ideales para la contemplación del mar mientras se toma un refresco o una cerveza para hidratarse en un caluroso día.

La cantidad de turistas extranjeros, especialmente europeos, uno que otro estadounidense, algunos sureños y varios costarricenses, hacen de este lugar un sitio cosmopolita, con una vida contemplativa de día y lujuriosamente alegre de noche. Y resulta especial hasta para mujeres solas que disfrutan de la playa, de la selva y del ride ciclista sin mucho rollo, como lo hicimos dos jóvenes extranjeras y yo, el mediodía del martes en Salsa Brava, tomando un jugo de guanábana mientras me preguntaba cómo diablos hacen los surfistas locales y extranjeros para sortear la entrada de la ola Salsa Brava, un túnel de mar en medio de dos bloques de filosos arrecifes que exige destreza para no quedar raspado y con la tabla destrozada, si se toma mal la entrada.

Zona de surf
A unos 2 kilómetros del centro, siguiendo la calle de asfalto hacia Manzanillo, está Beach Break, playa de surfeadores de arena amarilla donde se lucen las chicas y los chicos de moda, sus bikinis, sus pantalonetas y dreads, su tablas de surf y la destreza de montar olas... Es el sitio de ligue obligado y donde, con solo cruzar la calle, es posible practicar yoga, comerse un asado o hidratarse con cerveza o licuados en alguno de los simpáticos restaurantes que permiten observar el paisaje playero cerca y lejos, a la vez.


Al son del pedaleo cadencioso, sea rápido o lento según su disponibilidad de tiempo y condición física, disfrutando del paisaje donde pululan congos alimentándose en lo alto de los árboles, lanzando sus sonoros aullidos, o donde es posible toparse un perezoso cruzando, al igual que una, a ritmo lento y con cara despreocupadamente feliz, las zonas de paso para ellos sobre la calle, se sigue hacia Manzanillo.

Esta vez, este junio, pude disfrutar como nunca el avistamiento de decenas de tucanes de pico amarillo, que cantaron desde el amanecer hasta el atardecer, alegres por el balance perfecto de lluvia y sol.  Y la bicicleta la lleva a una, en perfecto silencio solo interrumpido por alguna moto o carro que pase, o por los animales de la zona que, si no se dejan ver, sí se dejan sentir con sus olores –como el del zorrillo hediondo-- o sus chillidos.

De playa en playa: Cocles, Chiquita, Punta Uva, Arrecifes, Playa Grande y Manzanillo, kilómetro tras kilómetro, donde el verde de la selva y el azul-gris-turquesa del mar invita a sumergirse en cada una, para refrescar el cuerpo y despejar la mente, en ese ride maravilloso en comunión total con el ambiente y sin alterar nuestra huella ecológica.

Fin de la calle
Manzanillo es el destino final de este paseo, que obvió, por razones de tiempo, meterse a las numerosas callejuelas que siguen contrario al mar, a la montaña, donde una puede sorprenderse de los intrincados caminos que conducen a la montaña y la selva profunda y donde viven, también, muchos vecinos y turistas.

Esa tarde de martes, Manzanillo era el paraíso, mi paraíso, con barquitos flotando en sus aguas, la arena amarillo claro invitando a correr y tenderse sobre ella para tomar el sol de media tarde, las palmeras apenas mecidas por el escaso viento que corría y que incrementaba el calor, y la montaña siempre de fondo, inerte, verde, dormida-despierta, sensual y misteriosa.

La negra que me vendió un refresco y una botella de agua de un litro en la soda Maxi, lidiaba con el calor apostada frente a un viejo televisor panzoncito, viendo El Chavo del Ocho y Teleclub y contándome que la zona está muy seca y ya no llueve como antes.

Esa tarde de sol radiante, dí gracias a la divinidad porque no llovía y el día era como el que una quisiera vivir el último día de su vida: apacible, sereno, caluroso y en el paraíso.

Y había que tomar aliento y beber mucha agua porque los 12 kilómetros de regreso, bajo ese sol y entre la selva, serían placenteros pero cansados.  Así deberían ser nuestras ciudades, donde solo se escuchen las bicicletas y todos seamos inmensamente felices de cuidar de nuestro planeta-casa.

Aquí presentamos una galería para que recorran con nosotras las bellezas del Caribe Sur.