Río 2014: Capital del Mundo

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La Ciudad Maravillosa recobra su brillo y esplendor con el mundial de fútbol. Por ello, siempre es bueno volver a darle un vistazo.
Esta mañana, en la exclusiva playa Leblón, Gisele Bündchen, la modelo brasileña for export, hace gimnasia, tapada de protector solar y escoltada por un custodio, a metros de las ruas Rita Ludolf y Días Ferreira.
La playa, desde la terraza del quiosco del parador 12, es la exasperación de la postal, la explosión del cliché: arena blanca, palmeras, cocos, cielo azul. La metrópolis carioca es el fondo de pantalla. Hay montañas de edificios y el parque nacional da Tijuca, de más de 100 kilómetros cuadrados de jungla amazónica controlada que lame, incesante, la jungla de cemento.
Suena, desde los parlantes del quiosco, la samba de Elza Soares. La voz, de sachmo femenino y tropical, es rasgada y visceral. Soares --apadrinada por Louis Amstrong y madrina de Caetano Veloso--, que años atrás cantó el himno brasileño frente a 80.000 personas en el Maracaná, es un tobogán largo de tres octavas y media.
La playa carioca es una declaración de principios. No hay demasiadas dudas de tipo, por ejemplo, existencial: la cúspide moral es una mujer u hombre musculoso que juega al fútbol, piernas levementes separadas y pies de bailarina derrotada. Entre las olas y el viento, se divierten, durante horas, a no dejar caer la pelota.

Los viejos sexsimbols sexagenarios, con pasado de mechas doradas, miran, coco en mano, antes o después de la caipirinha. Tienen el pelo blanco platinado y la piel ennegrecida, arrugada e insisten en ponerse negros. Al frente, 20.000 vendedores ambulantes a lo largo de 90 kilómetros de arena, venden sombreros, telas, alquiler de parasoles y agua fresca. Alrededor, el metro cuadrado es uno de los más caros del mundo. Bizet, Picasso, Biarritz, Port Deauville son los nombres de los complejos edificios más exclusivos de Leblón.

Brasil prepara el terreno de juego
La gran promesa latinoamericana es, este año, la sede del Mundial de Fútbol de la FIFA y, en 2016, de los Juegos Olímpicos. Los planes de pacificación no se detienen. La nueva política de seguridad implementada en las favelas cariocas, donde viven los descendientes de los esclavos liberados, es la llegada de las unidades de policía pacificadora (UPPs), es decir, policías armados hasta los dientes que limpian las favelas de traficantes, ladrones y grupos de extorsión.
Brasil, el quinto país más poblado y extenso del mundo, tiene el mayor crecimiento de América Latina. En la última década, más de 20 millones de personas de las favelas se mudaron a la clase media. Es, también, el mayor exportador de carne vacuna del mundo y principal productor de café, naranjas y azúcar de caña.
Es uno de los tres mayores productores del planeta de soja y maíz. Tiene inmensas reservas de petróleo y mucho etanol, obtenido de la caña de azúcar, que alimenta el 40 % del carburante del país.

Copacabana, a lo largo de la avenida Atlántica, es la pasarela predilecta de los cariocas, donde hierve la samba, las música electrónica, las velas, los cuerpos cubiertos por capas de lentejuelas.
FOTO: Gabriel Magnesio ampliar

Esta tarde, en Copacabana, a lo largo de la avenida Atlántica, las playas están negras de gente y sombrillas moradas. Río de Janeiro tiene más de 6 millones de habitantes y en el horizonte despuntan tres o cuatro enormes petroleros. Hay turistas e hijos de las favelas en pleno éxtasis: hacen malabares a toda velocidad y limpian vidrios polarizados y mudos. Hay edificios art déco tapados por edificios de balneario, fútbol, glamour y el célebre hotel.
El Copacabana Palace, sinónimo del glamour mundial en la década del 20, es la implantación tropical del hotel Danielli de Venecia. Frente al Palace, esta noche, la calle hierve por la samba, las música electrónica, las velas, los cuerpos cubiertos por capas de lentejuelas, microtangas de pedrería y jugos de semillas de guaraná. Los miles de pies liberados crean la danza, el ritmo, la sonrisa, a lo largo de la avenida Copacabana.
Brasil, que desplazó en términos de Producto Interno Bruto (PIB) al Reino Unido en el puesto de sexta potencia económica del mundo, tiene el récord de ser el segundo país más desigual de los 20 países más desarrollados del mundo (G-20). “Aunque Brasil presente avances significativos en la pobreza, es todavía uno de los países más desiguales del mundo y tiene por tanto una importante agenda pendiente en esta área. Los mercados crean empleos, pero no redistribuyen la renta”, asegura Simón Ticehurst, responsable de Oxfam Brasil.

Es de noche
La cita es en el arco de Lapa, la dirección de los hombres más ricos de la ciudad en el siglo XIX. Las casas coloniales respiran, vintage, desgarradas, multicolores. Con el paso del tiempo, la zona se humanizó, pauperizó, y renació de noche: se convirtió en el teatro trasnochado de la ciudad, escenario de Madame Sata, a golpe de samba, bossa nova, tropicalia, hip hop y funk.
A penas un punto más arriba, sobre el morro, Lapa se desgarra en el barrio de Santa Teresa, de calles empedradas y mansiones decimonónicas envejecidas de la elite del siglo XIX. Las mansiones, estos tesoros tropicales, están hoy abandonadas: columnas y torres magnánimas deliciosamente decadentes y despreciadas. Santa Teresa es, hoy, el bunker de los artistas, de las librerías improvisadas y los restaurantes para turistas. La versión tropical de Montmartre está rodeada de favelas y graffitis sobre puertas y ventanas clausuradas en lo alto de esta ciudad esquizofrénica.
Brasil integra la liga BRICS (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica), los países más prometedores de los próximos años y, entre las cien mayores fortunas del mundo, se cuenta varios locales: Eike Batista (experto en commodities), el banquero Jorge Paulo Lemann y Dirce Camargo (una mujer que vende cemento y sandalias Havaianas), entre otros. Todos superan, por supuesto, los $10.000 millones.
Este país se desarrolló a golpes de indios, contrabandos, masacres, señores nobles, esclavos negros, padres jesuitas, mucho cazador de fortunas, tres siglos de franciscanos y las plantaciones de la caña de azúcar en la costa.
En 1500   desembarcaron los portugueses. Era una flota de 12 buques y 1.200  hombres. Gaspar de Lemos ingresó, en el mes de enero, a la gran bahía de Guanabara, después de un año de viaje y se confundió. Creyó que era un río. De Lemos, pragmático, bautizó el lugar Rio de Janeiro (de enero).
Los portugueses se establecieron, construyeron una fortaleza y crearon un sistema brutal de esclavismo. Expulsaron a los nativos, los tamoios, tribu indomable, y pacificaron, esclavizaron otros grupos indígenas. Había que extraer el oro descubierto en Mina Gerais, el azúcar, el café, el caucho, el cacao. La materia prima en un principio eran los indios. Pero se agotó. Trajeron nueva mano de obra barata y gratis: negros de África. El tiempo pasó, Brasil se independizó y aparecieron los primeros rascacielos, desaparecieron los últimos vestigios coloniales. De a poco se formaba lo que sería Brasil


El país más católico del planeta, de 135 millones de fieles, practica activamente el candomble (magia negra) y el umbanda (magia blanca), el culto más ortodoxo de los cultos importados de África. Los cultos afrobrasileños son en portugués y yoruba, idioma familiar al sudanés y nigeriano. Las favelas cariocas (sobre todo la célebre Rocinha) invitan a pasar una noche con los dioses negros. Las ceremonias son aceleradas. Se habla en yoruba y suenan los tambores. Se expira, se transpira, como una frenética caopoeira. El tam-tam oxala, ogun, yemanja, se apropia de la noche carioca.
Las favelas multicolores, que cuelgan desde los morros pelados y sin palmeras, bajan, se derriten, volcánicas, sobre la ciudad, la barra de Tijuca y el jardín botánico, el Versailles tropical. Los túneles atraviesan los morros y la selva hasta desembocar en la avenida Ayrton Sena, donde se imponen los sitios de shopping y estatuas de la libertad.
La larga extensión de costa de la playa de barra de Tijuca, a 10 km de Leblón, bordea el precipicio de la belleza. La ruta de la costa del sol, versión tropical de la ruta Los Angeles-San Francisco, está puntuada de brillantes dunas de arena blanca, lagunas, aguas color azul turquesa y verde jade. Hay surfistas sobre olas encrespadas, aguas tranquilas en playas desiertas, densa selva, islas con más playas. La laderas cubiertas de selva y arboles en flor se precipitan sobre el atlántico donde hay mansiones con arena privatizada.
Ahora, desde el barrio de Laranjeiras, donde nació el fallecido arquitecto Oscar Niemeyer, se accede a los pies del Cristo Redentor, la luna de Rio de Janeiro, el Cristo incandescente que protege y abraza la ciudad, desde el Corcovado. La cruz, inaugurada en 1931 y concebida por el escultor francés Paul Landowski, a 700 metros de altitud, tiene 38 metros de altura y 1.200 toneladas. El Cristo con los brazos abiertos, estratégico, se ve desde cada rincón y los cariocas se lo tatúan en el cuerpo.
Esta mañana, el distrito financiero, en la quinta avenida, Av. Presidente Vargas, está cubierto de rascacielos y pasado glorioso, a metros de la Iglesia de Nossa Senhora de Candelaria, una de las mayores y más ricas del Brasil imperial. La Praca XV de noviembre recuerda la fecha de la declaración de la república brasileña: en 1822. En el centro, la estatua del Rey Joao, esculpida con dureza, sobre caballo tosco, marca el norte de la antigua colonia portuguesa.
En 1807, las tropas napoleónicas invadieron Lisboa. Dos días antes, 40 barcos de la realeza zarparon hacia Brasil. Viajaba el príncipe que sería el rey de Portugal, Do Joao VI, y su corte de 15.000 personas. El poder se mudaba. El rey declaró a Rio de Janeiro capital del Reino Unido de Portugal, un caso único en la colonización europea. La capital de un gran imperio sería la ciudad de una colonia.
Desde la bahía de Guanabara, los aviones se confunden con los cisnes. Se posan a metros, relamidos por las olas, entre las sombras blancas de los rascacielos. El puente infinito, en el medio del mar, cruza el océano hacia Niteroi, donde brilla el Museo de Arte Contemporáneo (MAC), firmado por, una vez más, Oscar Niemeyer. El barco contornea el palacio neogótico en contraluz, en la isla Fiscal, que albergó el último baile imperial, rodeado de mansiones decadentes, ropas en los balcones y enormes cargueros.


Cae el sol en el Arpoador, en la frontera de Ipanema con Copacabana. El parador tiene vista a la montaña del Pan de Azúcar, la playa Vermelha, la bahía Guanabara en pleno, y el Hotel Fasano, diseñado por Philippe Starck.
Ipanema, en la década del 60, era la cita de artistas y intelectuales. Cerca de la rua Vinicius de Moraes (parador 9), Ipanema, ocupada por los cuerpos musculosos y bronceados, fue rebautizada. El cementerio de elefantes es, a veces, frecuentado por aquellos viejos melancólicos y trasnochados que cenan cachaza, buñuelos de macarao y abundante feijoada hasta el amanecer.
La morena romántica, Elsa Soares, embellece el clásico, de Carlos Jobim y Vinicius de Moraes, “Ah, se ela soubesse / Que quando ela passa / O mundo inteirinho se enche de graça / E fica mais lindo / Por causa do amor”.
Es Garota de Ipanema en la eterna noche tropical.