La magia del quetzal se vive en el Cerro de la Muerte

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Eran las 4:30 de la mañana y ya estábamos camino al Cerro de la Muerte. Gorro, suéter y bufanda son indispensables para sumergirse en las entrañas de una de las montañas más frías de nuestro país.

El camino hasta el kilómetro 70 de la ruta 2 lo recorrimos sin mayor tras pie, duramos cerca de una hora y media desde San José. A eso de las cinco de la mañana los primeros rayos de sol se empezaban a ver por el retrovisor revelando paisajes realmente únicos.

Como si se tratara de estructuras artísticas que se mueven al son del viento, más que fuentes generadoras de energía, las gigantescas eólicas en acción se deshacen de la bruma que aún envuelve sus bases.

Después del segundo Chespiritos, a mano derecha en un camino de lastre está la entrada de nuestro destino: el Mirador de Quetzales, un sitio perfecto para vivir la temporada de avistamiento de estas aves.

Luego de avanzar menos de un kilómetro, entramos en la propiedad que en algún momento perteneció a Eddier Serrano, el padre de quienes hoy administran el proyecto.

Llegando al parqueo estaba Jasón, nieto de Eddier y guía, quien sin presentarse nos apresuró a salir del carro para poder ver sin más preámbulo al primer quetzal de aquella mañana. La señal perfecta de que la visita valdría la pena.

No es por caer en lo necio, pero si va a aventurar en este sitio por nada del mundo olvide su suéter.

Luego de entrar en la casona principal, donde está la administración, el restaurante y la vieja chimenea, cuya base es un cilindro que según cuenta la historia fue traído de Alemania con el fin local de reutilizarlo para elaborar chicha de fruta, especialmente de nance; nos dirigimos al sendero donde ahora sí esperábamos ver más de uno de esos pajarillos.

Jason fue nuestro guía, su padre Óscar también lo es y fue quien le enseñó todo lo que el joven sabe sobre aves, en especial el asunto este de imitar a la perfección el canto y "cacaraqueo" de los machos.

El camino del sendero El Robledal es de aproximadamente cinco kilómetros, según los propietarios no es necesario ir con alguien que lo dirija, pero seamos claros a menos de que usted cuente con antecedentes en turismo de avistamiento de aves lo más práctico será contar con un experto que le explique cada detalle.

Aguacatillo. El camino inicia en un busque secundario que en algún momento, como muchas otras montañas, se había convertido en potrero. Hoy gracias a la alimentación de las aves se pueden ver gran cantidad de arboles de aguacatillo o también conocido como cirrí, una especie propia de América Central, Colombia, Venezuela, Bolivia y Perú, cuya semilla crece solo si las aves previamente la han saboreado.

Esta especie se desarrolla, por lo general, en climas húmedos a una altura de entre 1.000 y 2.500 metros. De ellos nacerán unos pequeños frutos similares a los aguacates que en promedio miden un centímetro de diámetro y son el alimento preferido de los quetzales.

Al iniciar su floración se da el banderazo de salida de la temporada de avistamiento de Quetzales.

"Estas aves son migratorias, y se posan y reproducen donde hay mayor cantidad de alimento. El aguacatillo es su principal fuente de proteína y es el nutriente perfecto para alimentar a nuevas crías", asegura Jasón.

La temporada perfecta para ver estas aves va desde las primeras semanas de febrero (cuando nosotros fuimos), tiene su pico en el mes marzo cuando se pueden llevar a ver hasta 15 ejemplares en una sola caminata, y continúa hasta abril. Aunque, según los expertos durante todo el año se pueden apreciar quetzales en la zona.

No nos podemos quejar de nuestra suerte. Aunque debemos confesar que durante los primeros 35 minutos de trayecto empezamos a perder la esperanza, "hoy están muy callados" decía el guía e intentaba animar a las aves con un canto que le salía desde las entrañas. De repente, a lo lejos se escuchó la respuesta de un macho.

La emoción de aquel momento fue casi igual a que tiene un aficionado cuándo su equipo favorito mete el gol del gane. Corriendo, con la agilidad de no hacer un solo ruido a su paso sobre el camino de hojas secas, Jasón encontró el aguacatillo en el que estaba posado el majestuoso emplumado.

Una foto, un video, con los binoculares. Este es el momento perfecto para deleitarse de lo que la naturaleza ofrece. A pocos metros estaba la hembra "perchada" en una rama mientras se acicalaba.

"En esta época es fácil encontrar una hembra cerca del macho. Ellos siempre rondan, cantan y se lucen frente a ellas. Están en periodo de conquista", contaba en voz baja el experto.

En el sendero, que muestra cedros de muchísimos años, es posible observar como ya algunos troncos viejos tiene agujeros que luego se convertirán en nidos. Se estima que cada hembra logra poner dos huevos y la supervivencia dependerá de la comida disponible en el entorno.

Para este punto ya estábamos más que satisfechos, el cometido se había logrado: ver al menos un quetzal. Sin embargo, antes de terminar par más de ellos se lucieron frente a nuestros ojos.

La caminata es perfecta para disfrutar del aire fresco, ver otras especies endémicas de la zona como el saltón patigrande o el zozal pechigris, y además ver la catarata del Río Parrita.

Después de la caminata no hay nada mejor que tomarse algo caliente, y si al igual que nosotros va de madrugada, un desayuno típico no cae nada mal. Este lugar cuenta con su propio restaurante con un menú de comida de casa.

Si desea pasar más rato en la propiedad tiene la opción de ir a pescar trucha en un lago que está rodeado de unas pequeñas cabañas que lo invitan a pasar un rato en familia.

Si no desea viajar tan temprano, puede quedarse a dormir la noche anterior en una de las rústicas cabañas de madera en donde se pueden alojar hasta seis personas.

Historia. Si esta propiedad tiene una característica que la distingue es que siempre ha pertenecido a la misma familia. Mientras don Eddier, el abuelo de Jasón, ayudaban a construir la carretera Interamericana Sur, que va de San José a Pérez Zeledón, se enteró de que las tierras que pasaban por esta ruta no tenían dueño.

"Para aquel entonces uno iba al gobierno y decía que iba a trabajar la tierra y se la daban. Eso sí tenía que trabajarla", cuenta Leonor Ovando, esposa de Eddier.

Al inicio, recuerda la mujer de cabello completamente blanco, las cosas no fueron fáciles. Se dedicaron a sacar madera, luego a vender carbón y más tarde pasaron por la producción de la bebida alcohólica del momento: la chicha.

"La chicha se hacia en estos cilindros, como el de la chimenea, y se dejaba ahí por días. Se le ponía una tela y luego una tapa. Mi papá se dio cuenta que estaban robando y un día en la noche fuimos a ver. Era un puma, lo espantamos pero no se iba... estaba borracho", narra Óscar.

La necesidad de una fuente de ingreso fue lo que los impulsó a hacer realidad el turismo con quetzales.

"Este fue el negocio que nos sacó adelante. Los quetzales son una belleza, son los que nos han dado todo", terminó de contar Leonor mientras se calentaba frente a la chimenea de la casona que hasta hoy sigue recibiendo con brazos abiertos a quienes estén deseosos de vivir la experiencia de ver a estos coloridos emplumados.

Referencias:

Mirador de Quetzales (tel.: 2200-4185)
Dirección: Carretera Interamericana Sur, kilómetro 70 Cerro de la Muerte.

Fotos Alonso Tenorio

PUBLICADO: 27 de Marzo, 2017 AUTOR: