Dos dioses y un puente en el tiempo

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Miles de iglesias y mezquitas se han construido en honor a Alá y Dios pero es raro el edificio donde ambos cohabitan. Sí existe y fácil llegar a él. Lo difícil ahí es discernir las fronteras entre reliquia, santuario y museo. El tiempo las diluyó.

La Mezquita-Catedral de Córdoba, España, es uno de los monumentos islámicos más singulares del mundo donde la alianza milenaria entre arte y fe respira con salud admirable.

El templo centró la vida espiritual de una Córdoba lejana cuyo pasado moro y romano ascendió a tales cumbres que la ciudad sirvió de capital de dos imperios. Seamos claros: allí latió del Primer Mundo conocido en dos épocas distintas y por varios siglos.

Soberbiamente preservada para ser del año 784 A.D. (Siglo IX), la mezquita-catedral mezcla arquitectura islámica y cristiana con matices helenísticos, romanos y bizantinos en un alarde de belleza visual sin discusión.

El inmueble es hijo de 20 siglos a lo largo de los cuales conocimiento, cultura, arte y espiritualidad fluyeron con suavidad por este como las aguas del río Guadalquivir a unos metros de sus muros.

Hay un puente romano de más de 330 metros uniendo ambas orillas y sorprende cuán preservado está si se considera que data del siglo I. Sin embargo, el principal puente de Córdoba es la mezquita que sirve de pasarela histórica; de túnel al pasado.

Ningún punto de oración reúne bajo el mismo techo un legado donde, nada más entrar, yacen bajo el subsuelo restos arqueológicos de la iglesia de San Vicente; una ermita visigoda cristiana de mitad del siglo VI en el lugar donde, por el año 780, se levantó la primera fase de la Mezquita. Vendrían más ampliaciones.

Allí donde el visitante pose la mirada verá el fruto de esta ruta constructiva entre un bosque de columnas, arcos y cúpulas alrededor del cual luego brotaron capillas pobladas por obras de arte que oscilan desde el esplendor califal hasta la época cristiana con sus respectivos acentos gótico, renacentista y barroco.

Desde el patio exterior, sembrado de árboles de naranja, el interior del edificio se ve en penumbra. Ya adentro, graduadas las pupilas, las cejas se arquean ante el entramado de columnas sobre las cuales descansa un sistema de dobles arcos superpuestos.

Estudiosos de la estructura alaban de solución tanto por la integración de elementos (hay influencia de los acueductos y arcos de triunfo romanos, por ejemplo) como por su audacia arquitectónica que propaga una sensación de transparencia, esbeltez y ligereza.

Los árabes que diseñaron su interior depositaron aquí conocimientos matemáticos e ingeniería gracias a los cuales los visitantes (los de ayer, los de hoy) perciben la ilusión óptica de infinito que produce el bosque de pilares acorde al sentimiento de misticismo, respeto y sensibilidad del lugar.

Nada de esa atmósfera se siente hoy al ingresar debido al río de turistas que hormiguea cada milímetro del templo y cuyo registro gráfico delatan los abundantes clics de cámaras y teléfonos.

En el aire tampoco se percibe olor excepto el ocasional efluvio de perfume o colonia de quienes se acomodan (y repiten) un selfie de rigor. Algunas visitas posan maquilladas con más lustre que un queque de 15 años.

En otro tiempo, sin embargo, el mismo espacio se llenaba de otros humanos mientras el incienso y aceite de los ritos cargaban el aire de humo con fragancias de rosa, almizcle y ámbar.

Entonces las frentes de miles y miles de personas descendían al suelo en un íntimo acto de gratitud espiritual acaso por la abundancia de las cosechas, triunfos personales, victorias militares o el bienestar de la familia.

Lo que hoy sí persiste es el imán del santuario el cuál atrae unas 35 millones de visitas promedio al año pero de personas con intenciones más seculares como es la evocación (y festejo) de aquel pasado.

Cuna de conocimiento

Si hay una ruta para sopesar el poderío de una civilización; es el estudio de sus sitios de plegaria. El de Córdoba, era núcleo de una metrópoli donde floreció una cultura cuya sofisticación se basó en exaltar arte y conocimiento. Y que además se esforzó por exhibirlo empezando por su templo.

En la Edad de las Tinieblas (años 500 –1.100 A.D.), entre la caída del Imperio Romano y la alta Edad Media, Córdoba era un paraíso intelectual y académico mientras el resto de Europa permanecía barbárica y analfabeta según las tribus germánicas que arrasaban el continente y norte de Africa.

En la península ibérica fue distinto y en ello influyó el uso del papel. Cómo era un material económico, esto abarató las impresiones que, además, eran de acceso universal. Esto explica porqué se imprimieron libros a raudales.

En el resto de Europa se desconocían todavía los adelantos tecnológicos de la tinta y el papel. Solo se imprimía en cuero volviendo caro el acceso a escritos reservados así para la clase pudiente.

Quizás este libre tránsito de ideas y conocimiento en Córdoba (y el resto de la península) esclarecen porqué los árabes que ampliaron el templo por siglos otorgaron a su ciudad fama de tolerancia religiosa, expresión artística y afecto por el cultivo de la filosofía y las ciencias.

La imponente estructura (tiene una catedral cristiana construida en el centro de la mezquita en Siglo XVI) alojó el trono del Islam Occidental y simbolizó el vigor de una metrópoli que, en todo sector, rivalizó con Damasco, Bagdad y Constantinopla.

Tal manifestación de riqueza, poder político, económico y militar se ejercitaba con cada ampliación de la mezquita. El origen de su esplendor, no obstante, tuvo un germen menos elevado debido a la inextinguible costumbre humana del asesinato.

Origen

Luego de que su familia fuera masacrada por rivales políticos (año 750), el príncipe Abd al-Rahmán I de 20 años huyó de su palacio en Damasco atravesando el norte africano.

Se ocultó entre miembros de tribus beréberes de Marruecos y, por seis años, eludió su asesinato mientras asentaba una base de poder entre sus compatriotas árabes expatriados y beréberes musulmanes.

Como heredero al título de califa (príncipe sucesor de Mahoma que ejercía suprema potestad civil y religiosa en todo el imperio musulmán), zarpó al norte y conquistó la península ibérica.

Confirmó su poder con la decapitación de sus enemigos cuyas cabezas envió diligentemente al califa rival de Bagdad para despejar cualquier duda de quién era el jefe allí.

Tal ruptura en el Islam se compara con el Gran Cisma de Occidente que agitó a la Europa cristiana medieval cuando la Iglesia se dividió en facciones sobre quién era el papa y había tres obispos disputándose la sucesión de San Pedro.

Con la conquista de Abd al-Rahmán I (conocido como Abderramán I) se inició el auge del Islam en el sur de lo que hoy es Portugal y España. La descendencia de este gobernante a su vez procedía de uno de los principales califatos instaurados tras la muerte del profeta Mahoma: el Califato Omeya.

Esta dinastía dominó Sevilla y Granada gobernando el estado independiente de al-Ándalus (de donde se deriva la palabra Andalucía) con Córdoba como su capital. Casi 200 años después, en el 929, se transformó en el Califato de Córdoba (Khilāfat Qurṭuba en arábigo).

Para el año 950, cuando el resto de Europa malvivía en la pobreza, ignorancia y superstición, Córdoba era la urbe más grande del continente y la mezquita su corazón espiritual.

En el pico de su grandeza, Córdoba tuvo 1.000.000 de habitantes en un asentamiento con cientos de mezquitas, palacios y baños públicos según recuento de numerosos documentos históricos.

Sus calles pavimentadas eran iluminadas de noche con lámparas de aceite. El agua en sus fuentes y baños se bombeaba desde el cauce del Guadalquivir.

Diversidad

Esta fase se impregnó de un espíritu de tolerancia y cooperación en un territorio donde confluían tres religiones monoteístas (Islam, Judaísmo y Cristianismo). El al-Ándalus de los Omeyas era menos un país con tres culturas y más bien una cultura de tres religiones.

Imaginarse ahora cómo era con el actual telón turístico de fondo supone un reto mental pero uno acaso hipnótico si se consideran los escenarios y rutinas entonces: aquella gente compartía la misma comida, arte, música, vestimentas y lenguaje. Sus ritos espirituales, eso sí, transcurrían en privado.

Claramente los musulmanes mandaban. Habían sinagogas e iglesias pero ninguna más alta que el minarete de la mezquita desde donde el llamado a la oración se propagaba por la ciudad cinco veces al día. El aire, no obstante, jamás se llenaba de campanadas anunciando misa.

En la universidad y las más de 70 bibliotecas que llegó a tener Córdoba durante el mandato de Abderramán III (octavo soberano Omeya de al-Andalus entre los años 912-961) se escuchaban voces en árabe, hebreo y latín intercambiando conocimiento en medicina, derecho, literatura, matemática y astronomía.

Sin embargo, la pujanza del Califato Omeya duró poco. Tras la proclamación del Califato en el año 929, este mantuvo su apogeo hasta el 1010 aunque existió hasta el año 1031 cuando se abolió por una guerra civil.

El conflicto surgió por la posesión del trono entre partidarios del último califa legítimo, Hisham II, y los sucesores de su primer ministro, Almanzor quien fue el último en ampliar la mezquita del año 991 a 994 como una demostración más de poder. Esto dejó ocho nuevas naves al templo y su tamaño actual.

El final del califato de Córdoba fragmentó el al-Ándalus en administraciones conocidas como reinos de Taifas; causa última del declive árabe. Las divisiones favorecieron la expansión de territorios cristianos a expensas de los Taifas con lo cual el linaje omeyas desapareció.

Córdoba volvió a dominio cristiano con el rey Fernando III de Castilla el 29 de junio de 1236 cuando el príncipe Abul-l-Casan entregó las llaves de la ciudad. A partir de esa fecha, la mezquita se consagró al culto católico. Desde entonces, sin faltar un día, el Cabildo celebra la Santa Liturgia allí para la comunidad cristiana.

El conjunto monumental aún atrae a personas de distintas culturas y credos de cada rincón del planeta. Algunos se llevan el recuerdo con algún objeto comprado en las tiendas de souvenirs que rodean la edificación declarada patrimonio de la Humanidad en 1984.

Otros se la dejan en la mente escuchando el relato de sus obras de arte, leyendo los relieves en la sillería del coro tallado en madera o recorriendo la elegancia bicolor de sus arcos. Tan es el efecto de este edificio vivo transformado por hombres y mujeres de culturas y regiones distintas a lo largo de milenios.