Varsovia, la resurrección del este

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Marszalkowska tiene dos potentes hilos de luz. La avenida es ancha, infinita, principal. A sus costados hay candelabros de hierro y estatuas gigantes de obreros como dioses griegos. La mitología socialista, a los pies de los edificios, tiene la forma de hombres y mujeres de rostro severos.

Después de la II Guerra Mundial, Polonia, país eslavo y católico de Europa Central, es anexado al bloque soviético. Su capital, Varsovia, se reconstruyó según los principios del realismo socialista. 

Esta noche, en el centro de la ciudad, la joya de Stalin desaparece detrás de la niebla. El Palac Kultury I Nauki (Palacio de la Cultura y la Ciencia) es una mole imponente de columnas pesadas y muros anchos. Se asemeja, con formas más rudas, al Empire State Building de Nueva York. 

Monoblocks Soviéticos
FOTO: Gabriel Magnesio ampliar

El rascacielos de Stalin, de 235 metros, es por el momento el edificio más alto de Polonia. Pero la transformación de Varsovia es camaleónica.  Las luces frías y verticales de los recientes rascacielos de vidrio y acero opacan las construcciones de la era soviética. 

 

La modernidad

Con la caída del bloque soviético, la capital polaca se enfrentó a un nuevo precipicio político. 

Varsovia, de 1.7 millones de habitantes, es un cóctel de explosión inmobiliaria, libertad de mercado, arte contemporáneo y  boom occidental. 

Polonia es, en los últimos años, el único país europeo que tuvo un crecimiento positivo de su economía. Varsovia es el principal destino turístico y puerta de entrada, de Europa central y del Este. 

En la avenida Al Jerozolimskie, una treintena de personas manifiestan con banderas rojas en alto. Las banderas publicitan la apertura de un nuevo centro comercial. El lenguaje de la nueva economía de mercado choca con la melancolía de los ancianos crecidos en la era soviética. 

En cambio, para los jóvenes polacos, de traje y computadora portátil, la excentricidad radica en comer sushi los sábados por la noche o planear vacaciones en Australia. 

Esta mañana, las calles huelen al perfume de la generosa cocina polaca. En la esquina Sienna y Zlota, hay unos fragmentos del muro del gueto, piedras como lápidas del pasado sangriento. Unos pocos edificios subsisten a la erosión de los seres humanos y del tiempo. 

Los nazis crearon, aquí, el gueto de Varsovia en 1940, donde encerraron a miles de judíos. El barrio cerrado era como un campo de refugiados en estado de supervivencia. La desesperación y la evidencia de la muerte impulsaron la insurrección. Los nazis quemaron por completo el gueto. 

Los generales estalinistas observaban la batalla desde el barrio obrero de Praga, del otro lado del río Vistule, escenario de la película  El pianista, de Roman Polanski. 

El río Vistule es ancho y se mueve denso, permanente como el viento helado. Praga es el barrio arty de Varsovia, de edificios industriales reconvertidos en centros culturales, bares y galerías de arte.

Ahora, la televisión de un bar transmite la misa de las 11 de este domingo soleado. Una monja de guantes negros cruza la lujosa avenida Jana Pawla II (Juan Pablo II), el papa difunto venerado por los polacos.   

En la iglesia Saint-Croix, hay cuatro largas colas frente a los confesionarios. En esta pared se conserva el corazón de Chopin, cuya música era interpretada en la clandestinidad durante la ocupación alemana. 

En el verano de 1944, un oficial nazi puso a salvo durante los días de la insurrección de Varsovia el frasquito con coñac que conservaba el corazón del músico. Los nazis aplastaron en pocos días los insurrectos. Incendiaron casa por casa, dinamitaron los edificios. Se fueron dejando atrás una meseta de escombros, cenizas y cadáveres.  

Cuna de Chopin

Federico Chopin, poeta insular, pianista virtuoso, romántico visionario, nació el 1 de marzo de 1810 en Zelazowa-Wola, a 50 kilómetros de Varsovia. Vivió hasta los 20 años en la capital polaca, donde estudió en el conservatorio. 

Ahora, las notas de la Balada N° 1 en sol menor op. 23 suenan desde un banco de la calle real Krakowskie Przedmiescie y Nowy, en la copia de una ciudad que ya no es, la vieja Varsovia de fines del siglo XVIII, de carrozas, pelucas y corsés. 

Los edificios fueron construidos después de la guerra, idénticos a los desaparecidos, a partir de fotos, postales y cuadros de Giovanni Canaletto, pintor de la corte del rey Estanislao Poniatowski II. Dobles clásicos, neoclásicos, barrocos, salones varsovianos del siglo XIX. Una ilusión de antigüedad en el centro histórico.

Esta noche, en este piso 30, la ascensorista toma cansada e indiferente una Coca Cola, algo prohibido hace apenas unas décadas. 

La ciudad se imita desde cualquiera de los cuatro miradores. Esta noche, la torre de Stalin desaparece detrás de la bruma y los rascacielos iluminados. A metros de la estatua de Copérnico, los polacos toman vodka en los clubes  fashion de una capital que vibra sobre las sombras de su pasado cada vez más difuso.  



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