Un viaje a Nepal con muchas lecciones

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El 9 de octubre del 2014 mi novio y yo iniciamos un viaje que recordaremos por el resto de nuestras vidas. Tardamos 3 días en llegar, pero cuando aterrizamos en Nepal se nos olvidó todo el cansancio. La emoción de conocer un lugar nuevo se apoderó de nosotros, aunque no sospechábamos la experiencia que ese viaje nos dejaría.

Katmandu es un lugar extraño, un mero asalto a los sentidos. Motocicletas pitan y carros manejan en el centro tanto como en ambos lados de la calle y amenazan con atropellar a cualquiera en todo momento. Todo huele a humo y comino. El aire sabe a arena sobre los dientes y se siente completamente como una pesadilla y un sueño al mismo tiempo.

"Todo huele a humo y comino. El aire sabe a arena sobre los dientes y se siente completamente como una pesadilla y un sueño al mismo tiempo. 
"

El primer día contratamos una empresa turística –que nos pareció seria– para una caminata de 20 días que nos llevaría alrededor de la octava montaña más alta del mundo: el Manaslu. La ruta del Manaslu tiene la opción de visitar al Tsum Valley, un valle fronterizo del Tíbet donde los habitantes practican un Budismo Tibetano que no ha sido alterado, dada la falta de contacto con el exterior. 

Un recorrido alrededor de Manaslu, la octava montaña más alta del mundo, se convirtió en un aprendizaje de vida.
FOTO: Amy Sasso ampliar

Al día siguiente nos montamos en un bus público y nos fuimos hacia Arughat. El bus duró 8 horas, y fácil fue la parte más peligrosa de todo el viaje. El conductor manejaba con unas técnicas poco conocidas en otros países, rayando en curva y en cuesta, con música Bollywood a todo volumen y con el bus tan lleno que algunas personas iban en los regazos de otras.

Al bajarnos del bus, nos echamos los bultos al hombro y caminamos dos horas hasta llegar a una casa donde nos dieron un cuarto oscuro con dos camas pequeñas y duras. Yo me quise duchar, por lo cual me vieron con cara rara, y me enseñaron la ducha que era básicamente un tubo dentro de la casetita que era el baño, con agua fría. La cena nos la sirvieron en un cuarto de 2 metros por 2 metros, con una cocinita y una mesa plástica con dos sillas. Comimos dahl baat, el casado de los nepalíes: mucho arroz, un poco de sopa de lentejas, curry de papa, y espinacas fritas. Comeríamos dahl baat diariamente durante los siguientes veinte días. 

De ahí en adelante nos hicimos una rutina. Despertar a las 6 a. m, empacar todas las cosas, desayunar y empezar a caminar a las 7:30. La meta todos los días era llegar para el almuerzo a algún pueblo pequeño donde nos comeríamos un dahl baat recién hecho, y seguir caminando algunas horas más hasta llegar al lugar donde dormiríamos. 

Los pueblos son todos parecidos: un par de casitas, un tubo sobre un pedazo de concreto en el centro del pueblo donde todos lavan su ropa, algunas cabras, y uno o dos albergues para los caminantes. Conforme subíamos en altitud, cambiaba la gente. Las señoras usaban ropa menos colorida, y menos joyas, y los habitantes se hacían más budistas y menos hindúes.

Un mal día...

El día cinco amaneció lloviendo. Empezó a llover desde la tarde anterior, y nuestro guía pensó que pararía. Entonces caminamos. Nos mojamos mucho ese día, y pasamos malos momentos. Fue difícil seguir caminando después de 6 horas donde nos topamos una catarata, creada por la lluvia, que tuvimos que cruzar peligrosamente. Cuando llegué al otro lado, con mis zapatos empapados, me senté a llorar. Estábamos en un lugar extraño, muy lejos de casa, mojados, con mucho frío, y guiados por un guía que nunca había visto lluvia en la montaña y no sabía por donde crear mejor camino.

En cierto punto llegamos a un derrumbe, no se podía cruzar, entonces tuvimos que entrar en montaña y hacer camino. Ocho horas después de empezar ese día llegamos a un albergue donde todos los turistas secos nos veían con lástima. No había cuarto disponible –los demás grupos habían decidido hacer un día de descanso debido a la lluvia– afortunadamente una pareja de alemanes nos ofreció compartir el cuarto con ellos. Dormimos con mucho frío esa noche. 

Días después nos dimos cuenta que ese mismo día, mientras lloraba de desesperación a la par de un río, había 70 personas cruzando el “pass” (punto más alto de la ruta) del Annapurna, cuando se vino una tormenta de nieve inesperada. Todos fallecieron. Al mismo tiempo, un grupo más pequeño, –los números nunca fueron divulgados– cruzaba el pass del Manaslu, hacia adonde nosotros nos dirigíamos, que también murió. 

Las noticias nos llegaron de persona en persona, y los números cambiaban día a día. El pass lo cerraron y en vez de terminar el circuito todos se devolvieron por donde subieron. Nos iban contando lo que sabían. Un grupo nos contó, que el día del desastre, ellos estaban intentando cruzar el pass. Cuando empezó a caer nieve, ellos estaban cerca de una caseta pequeña donde se vende té caliente. Entonces se metieron ahí y quedaron atrapados 12 horas hasta que dejó de nevar. Cuando salieron de la caseta el camino había desaparecido. Era muy arriesgado continuar y empezaron a devolverse. No habían caminado ni siquiera una hora, cuando empezaron a ver bultos coloridos en la nieve. Se acercaron y empezado a escarbar y encontraron un grupo de turistas congelados, quienes venían solamente una hora después de ellos y nunca llegaron a la caseta.

Que impacto saber que uno iba por ese camino, que tenía planeado estar cruzando ese pass una semana después y saber que pudimos haber muerto en la nieve, solos, lejos de todo, sin nadie que le contara el cuento a nuestras familias. 

No estamos en control, como a veces pensamos, y esta experiencia en la montaña me lo demostró claramente. No estoy muy segura por qué nosotros estamos vivos y ellos no, pero tenemos que dar gracias por cada momento y no desaprovechar nuestros días.

La caminata no la terminamos. Por un tiempo pensé que eso era un fracaso. Pero ahora se que fue una gran lección, de que las cosas no siempre pasan como queremos que pasen. 

Me gustaría volver algún día y volver a intentar el Manaslu. La próxima vez iría un poco más preparada con conocimiento previo, no aceptaría caminar en malas condiciones, y llevaría un gran respeto por la montaña y por las personas que hacen su vida ahí tan aislados y en contacto con la naturaleza.



PUBLICADO: 17 de Febrero, 2015 AUTOR:

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