Aurora boreal: un deleite que retribuye todo

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Este no es el relato de un lindo viaje fuera de las fronteras costarricenses. Es el de una aventura cargada de existencialismo, paciencia, fe y otro puñado de sensaciones que aún no deben tener nombre.

Sí toda esa verborrea emocional cala a través de las próximas líneas, misión cumplida. Si no, deberán hacer maletas y percibir, por sí mismos, lo emocionante que es quedarse sin palabras por puro asombro. Y, sin duda, recomiendo lo segundo.

No, no fui al espacio. Tampoco seguí la luz tras un accidente. Ese no fue el viaje. Solo fui a Escandinavia a cumplir un sueño: perseguir la aurora boreal. Para uno que otro lector no será algo de otro mundo, pero para David Goldberg, periodista de clase media y pulseador de clase mundial, es la experiencia de la vida.

En esta historia no es importante cómo diablos llegué tan al norte del orbe. Lo único por decir es que implicó mucho ahorro y suerte. Demasiado de ambos.

Lo relevante es lo realizado en los helados destinos; a saber, Islandia, Noruega y Suecia, con tal de tachar un punto más del bucket list.

Así, pues, el territorio islandés fue la primera parada, esa que se topa con el ánimo de un viajero motivado, al cual ni los grados Celsius negativos le botaron la sonrisa.

Agarrarse la cabeza y dejar escapar un bufido de incredulidad al interiorizar el lugar que reposaba debajo de las tres capas de ropa, dos pares de medias térmicas y zapatos insulados fue la reacción lógica, porque si bien Islandia vive explosión turística, sigue siendo, de alguna manera, extravagante.

Además, fue como patear en el trasero a los que ponen límite de edad a la posibilidad de hacer locuras, como por ejemplo, en plenos treintas, irse en condición íngrima a mochilear, cuando el anticuado orden social todavía indica que la norma es estar con hipotecas millonarias, criando una familia.

El plan en esta isla de 300.000 habitantes pero con una área dos veces mayor que la tica fue alquilar un vehículo y completar el Ring Road, una autopista que circunda la nación. Cualquier otra recomendación, óbviela.

Los días transcurrieron entre nieve, cataratas, nieve, escaladas, nieve y glaciares (para alguien que no conocía la nieve, esto es importante). En resumen, conocí un sin fin de maravillas naturales que podrían levantar muertos por su belleza y unicidad.

Pero las noches pasaron entre algo de cama para recargar pilas y meterle más kilómetros al carro, procurando, sin éxito, ver cambios en la estética del cielo. En resumen, no vi nada.

En este triste punto es donde comenzaremos a deshilachar la mal información alrededor de la aurora. Porque no se trata de asomar la cabeza y ver el firmamento teñido. Hay que buscarla. El "perseguir", usado al inicio, no fue antojadizo.

Se precisan de noches frías y oscuras y de lugares despejados. Una mísera nube es el enemigo público uno, dos y tres... Además, hay que alejarse de lo urbano, ya que la luz artificial atenta contra el espectáculo.

Más de una semana se esfumó y, aunque exploré el país más impresionante que una mente pudiese diseñar, la meteorología no colaboró para cumplir la meta.

Sin embargo, había tiempo y Noruega era la mejor apuesta. Una de sus ciudades, Tromso, auguraba posibilidades enormes, puesto que era la única del itinerario dentro del círculo polar ártico. Y entre más al norte, mejor.

Pasaron 12 días más para entender que la naturaleza no ofrece garantías. Las condiciones pueden darse, pero el sol también juega.

Porque, ¿qué son las auroras? Rápidamente, y para hacer llorar a un científico, se basan en ondas de energía solar que pasan por encima y por abajo de la Tierra, las cuales luego regresan al ser atraídas por los campos magnéticos del polo norte y sur. Los colores se producen cuando éstas se mezclan con oxígeno y nitrógeno.

No hay que malinterpretar. Noruega fue una delicatessen. Locaciones como Bergen, Alesund, Tromso y Lofoten son espectaculares y deben estar en cualquier itinerario de viaje a esta zona. Pero, sin auroras, era como no encontrar la pieza final de un enorme rompecabezas.

Así, con un nuevo cruce de frontera en la agenda, quedaban solo dos días para alcanzar el sueño. Únicamente dos días en Kiruna, un hermoso pueblito en el norte sueco, para no sentir que todo fue en vano, porque en Estocolmo las coordenadas no rinden para observar la magia.

Con la esperanza escurriéndose entre los dedos, uno trata de convencerse diciendo que ya todo valió la pena. Que se superaron las expectativas. Pero el espíritu no es estúpido y no se deja engañar.

Empero, aún había algo de confianza en que el universo, o quién sea que lo conduce, proveería. Eso sí, suplicar no sobraba.

Y, tras un eterno viaje en bus, extraviado y cargando backpack, hambre y un paralizante frío de -13°C, estalló el fenómeno.

Como si de pagar la espera se tratase, de la nada, un destello verde apareció. Siguió estirándose en el horizonte como cuando revienta una ola en el mar o como cuando se derriban fichas de dominó. Luego apareció otra en dirección contraria. Y otra. Se cruzaron, bailaron. Lo hicieron por más de dos horas. Y el día siguiente, seguramente en el último chance de mi vida, la intensidad fue más fuerte. Algunos locales calificaron la actividad de esos días, del uno al diez, con un siete. ¡¿Que será verlas en su máxima expresión?!

¿Lágrimas? Hubo. ¿Satisfacción? Hubo. ¿Cuestionamientos al sentido de la vida? Hubo. Lo que no hubo fue buenas fotografías como evidencia. Porque otro descubrimiento sobre esas imágenes de Internet: son producto de cámaras profesionales que manipulan la velocidad y la luz. Un Iphone registra poco o nada.

El consejo definitivo es disfrutar. Acostarse en la nieve para tener visión panorámica y que las imágenes queden en la retina. Allí no se perderán. Serán suyas por siempre. Despreocuparse de Instagram, de Facebook, de likes, del trabajo, de los problemas, de la vida. La aurora boreal tiene ese poder.