Eugenia Zamora. La vicepresidenta del TSE rompe barreras con su historia

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Cuando Adrián y Enzo cumplieron 15 años, el año antepasado, Eugenia su madre los llevó a Washington. En uno de sus recorridos, visitaron el museo Smithsonian, como ella lo habría hecho tantos años antes, de la mano de su padre. En la sección de astronautas, uno de los muchachos quiso comprar un imán para pegar en la refrigeradora. El souvenir traía escrita la expresión del hombre que dirigía Cabo Cañaveral en la exploración del Apolo 13, cuando sus compañeros le cuestionaron si sería posible lograrlo: “Failure is not an option”, les dijo él.

“Fracasar no es una opción”. La frase inmortal de Gene Kranz la usa ahora Eugenia, vicepresidenta del Tribunal Supremo de Elecciones, para formular una especie de síntesis deliberada de su propia existencia. Está sentada frente a una taza de café humeante y unos pastelitos precocidos del súper, en casa de su madre. Tiene la mirada calma, los labios inquietos y las anécdotas coqueteándole en las pupilas.

Eugenia Zamora en 1981, saliendo de la Universidad de Costa Rica
Eugenia Zamora en 1981, saliendo de la Universidad de Costa Rica FOTO: Imagen cortesía de Eugenia Zamora ampliar

Anécdotas que se llenan de colores azules de cielos pasados o de días grises de muertes que todavía duelen. Porque Eugenia es, ante todo, una mujer que no escatima en detalles y recuerdos.

Es también un saco de reflexiones. Ninguna de sus frases pierde sentido con respecto a la anterior, aunque la anécdota cambie de tiempo, de espacio y de protagonista. Así recorre la historia de cómo su abuela, descendiente de alemanes inmigrantes, se enamoró de un campesino de Acosta y a sus 15 años dejó todo botado y se fue a vivir a una finca a siete horas a caballo desde el centro del cantón; de cómo una de sus tatarabuelas tenía una fonda en la que se hospedaban mineros del Aguacate y tuvo a todos sus hijos con distintos hombres, pero a ninguno le aceptó el anillo; de cómo los abuelos de su padre fueron de las primeras parejas en divorciarse en Costa Rica.

Son las tres de la tarde de un sábado de febrero del 2014, pero también podrían ser las 3 a. m. de un día de invierno de 1967 y podríamos estar en una panga, navegando el río crecido del Térraba, con un hombre desangrándose adentro. Eugenia, en vez de estar tomando café, podría estar sosteniendo el foco mientras el doctor Néstor Zamora, su padre, estaría haciéndole un torniquete en la pierna al hombre herido para que aguantara a llegar a la casa hospital. Aquel hospital, el único en Puerto Cortés, en el que vivieron durante un año, durmiendo los cuatro hijos y los dos padres en una cama; en el que salían ratas de un tamaño imposible, en el que los troncos golpeaban la puerta cuando se desbordaba el río Sierpe.


Estamos en un pequeño apartamento en Escazú, pero la memoria de Eugenia nos lleva al Teatro Nacional de inicio de los 60, cuando Berta Singerman ofreció un recital y su madre se llevó a los cuatro chiquillos de tres, cuatro, cinco y seis años a escucharla; o a San Isidro del General, cuando su padre se hizo médico del Seguro Social y bastaba que estuvieran los seis juntos para armar fiestas de canto y baile, porque todos tienen talento para la música. También a los veranos en Nueva York y en Washington con sus tíos, o en Palmichal o Sabanillas de Acosta, con sus abuelos maternos.

Amor por el conocimiento. Su forma de conocer el mundo era viviéndolo porque, distinto a sus hijos, no tenía una computadora con acceso a cualquier conocimiento de la humanidad. Para entender la realidad, se leía los libros que compraba su madre, la escuchaba recitando los poemas de Sor Juana Inés de la Cruz, se sentaba con su padre a hablar de literatura, de filosofía, de arte, de ciencia. Fue presidenta de su colegio –Nuestra Señora de Sión– en la misma época en que otros políticos lo fueron en sus colegios: Roberto Suñol en el Saint Claire, Antonio Álvarez Desanti del Calasanz, René Castro del Seminario. Llenó su vida de gente que la enseñó a amar el conocimiento.

Llenó su vida de gente con luz propia, dice. Personas que no la dejaron hundirse cuando el fracaso sí parecía ser una opción. Cuando al hombre de su vida –el príncipe azul uruguayo, bajito y gordito con el que se reía a carcajadas– le explotó el cuerpo de tanto aguantar y ella quería tirarse adentro del féretro con él. Cuando volvió a Costa Rica, hace 14 años, con un par de mellizos de tres años, un esposo enterrado y una vida que parecía haber perdido todo sentido. Porque una mujer con una maestría de Harvard, una trayectoria en derecho político y una oferta para convertirse en magistrada del Tribunal Supremo de Elecciones de un pequeño país democrático, también puede sentir que la vida se le va por un hueco.

La vicepresidenta del TSE, Eugenia Zamora, en el parque Morazán, en 1960
La vicepresidenta del TSE, Eugenia Zamora, en el parque Morazán, en 1960 FOTO: Cortesía de Eugenia Zamora ampliar

En diciembre del 2000, Eugenia vivió la primera navidad con sus hijos en Costa Rica, rodeada de primos y sobrinos de la edad de los mellizos y entendió que los pequeños no merecían una madre que viviera por inercia, sino por convencimiento. Ahora es una madre a tiempo completo que aprovecha las madrugadas y los fines de semana para ser chofer hacia todas las canchas de fútbol del Valle Central, para hacer las compras, para cortarse el pelo y para dar entrevistas de cinco horas.

La primera mujer costarricense en asistir a la escuela de derecho de Harvard se llama María Eugenia Zamora Chavarría y es la vicepresidenta del TSE. Es también una de las redactoras de la Ley de Igualdad Real de la Mujer, de la ley de la Defensoría de los Habitantes, la propulsora de la reforma al Código Electoral en materia de derechos en igualdad de condiciones para las mujeres y una de las analistas más cuidadosas y discretas de este país, la que ve los toros desde la plaza y no desde la barrera.

Las elecciones del 2014 fueron particulares. No tan duras como las del 2006, en las que el TSE sufrió graves cuestionamientos sobre su transparencia y credibilidad. No tan abrumadoras como las del 2007, en el referendo del TLC; pero sí definitorias en muchos otros aspectos: la ley que impulsaba la paridad de género (acceso a igual número de puestos) en la Asamblea Legislativa fracasó en términos numéricos (preliminarmente, las mujeres perdieron cuatro escaños); el sistema demostró estar obsoleto en materia de publicidad y financiamiento, los puestos en el parlamento se atomizaron entre muchos más partidos y las encuestas son un claro referente de que en política nadie puede predecir nada. La palabra que no está permitida, dice Eugenia María Zamora Chavarría, es fracaso. El fracaso, en estos tiempos, no es una opción.

PUBLICADO: 17 de Marzo, 2014 AUTOR: