Isabel Hidalgo de Caviedes. El mundo después de la fama

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El comandante José Carmona mira hacia atrás, como persiguiendo un susurro. “Joséeeeee”, lo llama una voz encantadora. “Joséeeee”. Encarnación Sancho, la mujer más hermosa y adinerada de Cartago, aparece en medio de la cantina, vestida de blanco. Es un holograma, un espectro iluminado. Es, es, ¿es ella quien lo llama? “Joséeeeee”. De pronto, ya no está. José se voltea, ahora con todo el cuerpo y alguna fuerza lo jala hacia el frente, hacia afuera. Monta su caballo y no se sabe muy bien cómo, pero ya está en medio del bosque. Encarnación ahora tiene un camisón y ya no brilla. “Bella mujer solitaria necesita que la lleven, que la salven”, dice, pero no mueve los labios. “No sos Encarnación. Te parecés, pero no sos”, le dice el comandante mientras ella le rodea la cintura estrecha, los hombros anchos. “No sos Encarnación, no sos…”.

A partir de ahora y durante muchos días, se escuchará el grito horrorizado de un comandante loco. “Encarnación Sancho es la seguaaaaaa. La seguaaaaaaa”.



La Segua, aquella hermosa mujer con cara de yegua que asustaba a los borrachos malportados, se convirtió en película en 1984. La llevaron a la pantalla gigante los estudios mexicanos Churubusco y el productor costarricense Oscar Castillo, cuando el cine en Costa Rica tenía muchos años de no producir ficción. Trajeron a actuar a la portentosa actriz de telenovelas mexicanas Blanca Guerra como la prostituta, escogieron al chileno Alfredo Catania como el ciego, a la reconocida actriz de teatro Ana Poltronieri como la bruja, al prometedor Rafa Rojas como el primer enamorado y a una veinteañera sin experiencia ni vocación como protagonista, como La Segua. Se llamaba Isabel Hidalgo de Caviedes y era una mujer como su propio apellido: distinguida, larga, imperial.

El director de la película Antonio Yglesias la descubrió sentada en una sala de espera, aguardando a una amiga que venía a audicionar como extra para La Segua. Él vio unos ojos enormes y negros (que en realidad no eran negros sino verdes o cafés), una mujer de copete de algodón castaño sobre la cabeza y cejas abundantes. Una figura misteriosa, llena de encanto. Le pidió que audicionara. Ella dijo que qué vergüenza, que mejor no, pero que bueno, que si no era muy complicado entonces sí. Y la puso a caminar con un vestido de la época de la colonia.

Era una mujer intensa. Una muchacha fuerte y cambiante, dice Antonio. Seguramente, una femme fatal que podía convertirse en niña tierna o histérica imparable: una actriz natural, sin ninguna experiencia artificial. Antonio se decidió fácil pero lo difícil fue convencer al equipo de producción. ¿Cómo se te ocurre?, ni siquiera es actriz, le decían. Pero un par de semanas después, tras varias audiciones más, Antonio tomó a Isabel por los hombros y le dijo: “vos-vas-a-ser-La-Segua”.

A partir de entonces y durante cuatro meses, Isabel encarnó a Encarnación Sancho quien a su vez encarnaba, sin saberlo, a La Segua. Dejó su empleo como maestra en el jardín de niños y empezó a vivir un poco entre paréntesis, entre una escena y la otra, entre los amplios vestidos de finales de la colonia española y los rizos alborotados de los ochenta. Se enfermó del estómago por la comida que le daban en la producción, se enfermó de la vista por esa escena en que arrancaba la cal de las paredes y toda le caía directo en los ojos. Se puso flaca. La rodearon las intrigas: ¿por qué una chiquilla inexperta sería la protagonista de una película en la que actuaba la famosa actriz mexicana Blanca Guerra y otras grandes del teatro costarricense? No era fácil de contestar. “En estas cosas muchas veces hay que ser intuitivo y tomar decisiones así, por instinto”, dice Antonio.
 
El 16 de setiembre de 1984, el periodista Ignacio Santos escribió en el diario La Nación que muchos de los planes a futuro de Isabel dependían del éxito de los 90 minutos de la cinta. El día de la premier de La Segua, Isabel estaba al lado de Alfredo Catania y recuerda haberlo escuchado decir: “Viví este momento, Isabel, escuchá como todos ellos te aplauden a vos, adueñate de este momento, porque solo dura un segundo”. Quizás Alfredo tenía razón.

“Encarnación Sancho es la seguaaaaaa”, gritó el hombre, en la madrugada.

Encarnación (Isabel), se levantó de la cama llorando y gritando. El comandante José Carmona, el mismo hombre que anoche le había llevado serenata y le había dicho que la amaba, ahora estaba gritando que ella era un oscuro espanto que se aparecía por las noches en medio del bosque para asustar a los hombres y volverlos locos.

La muchacha se miró al espejo muchas noches, tratando de entender quién la había embrujado, por qué todos los hombres que se enamoraban de ella se volvían locos, por qué todos pensaban que ella era la segua. Se empezó a volver un poco loca también. Cuando la abandonó su segundo amado, Encarnación enloqueció: un día, mirándose al espejo, su reflejo desapareció y en vez de él apareció la horrenda cara de un caballo. Encarnación se había convertido en La Segua.

Isabel recuerda esa escena como la más difícil de su carrera actoral de cuatro meses. Tenía que gritar mucho, muchísimo, pero como no le salía, el director dijo que no importaba, que traían a otra actriz que gritara y ella solo abriría la boca y ya. Isabel se enojó “¿Cómo no voy a poder gritar?” y se fue a un río a pegar gritos como una loca. “Gritar es importantísimo porque se rompe algo que se ha endurecido por dentro. Eso también es actuar”.

Hoy es 2014 y Velvet Salas maquilla a Isabel en el estudio de Grupo Nación. Hablan en espanglish y se ríen con una complicidad imposible: se acaban de conocer. “Es mi hermana perdida”, me grita Isabel desde el otro extremo del salón.

-Maquillala natural, le digo a Velvet. Que no sea una máscara, le insisto.
-Claro, dice Velvet.
-Ay no, dice Isabel. Con que quede espectacular yo me conformo, pero no me interesa verme natural.

“¿Me ves como estoy sentada? Siempre estoy así, al filo del asiento, esperando el siguiente reto, el siguiente desafío”.
“¿Me ves como estoy sentada? Siempre estoy así, al filo del asiento, esperando el siguiente reto, el siguiente desafío”. FOTO: Rónald Pérez ampliar


En 1984, Isabel aprendió a encarnar personajes y desde entonces no le molesta hacerlo. Las luces la bañan de amarillo y el fotógrafo Rónald Pérez le dice que se siente, que se mueva, que se agache, que se ponga de cuclillas sobre esos tacones de 40 centímetros y ella sigue órdenes con la facilidad de quien tuviera los años que tuvo hace treinta.

Hace precisamente tres décadas le dijeron que sería la protagonista de una película para la cual ni siquiera quería audicionar. Ya no es castaña sino rubia y el cabello ya no se algodona sobre su cabeza sino que se desliza dócil sobre el cuello. Ya no es Encarnación Sancho, pero todavía algunos la recuerdan como La Segua. En definitiva, no es aquella muchacha que no sabía cómo salirse del personaje, que se sentó en el sillón a ver pasar el tiempo mientras pensaba, tras cuatro meses de grabación, si ella era Encarnación Sancho o la Virgen de los Ángeles o La Segua o la maestra de kinder o la profesora de inglés o quién carajos era.

Ahora solo dice que es una ciudadana del mundo. Que vive entre Buenos Aires y el resto del planeta con sus hijas y su marido y que cada vez que sale de algún país y entra a otro, anota en la hoja de aduanas que es traductora o artista plástica, chef profesional o bailarina de belly dance, cantante de coro o cualquier otra cosa. Porque un ser humano, asegura, puede ser todas las cosas que quiera ser.

-¿A qué edad empezaste con el belly dance?
-A los 40 (se muere de risa). Esa ha sido mi vida: romper esquemas. La gente decía que yo bailaba bien. Capaz si yo me veía, pensaba que qué horror, una señora de cuarenta con la panza al aire. Esto, cualquier cosa que haga, es solo un personaje más.

Isabel nació así, dice Teresa González, su madre. Medio inquieta, medio metiche, medio intensa. Todo lo preguntaba, nada dejaba quieto. Como su hermana mayor, Teresa Darby, pero muy diferente a su hermana menor, Eugenia Hidalgo de Caviedes.

La naturaleza de la familia de Isabel consiste en el exilio por razones políticas o el nomadismo por decisión personal. Cuando ella era una adolescente, su madre se dedicó a recibir ayuda económica desde Miami para los cubanos refugiados en Costa Rica. Isabel iba a darles café algunas noches. En una de esas, se dio cuenta de que los policías que los custodiaban se estaban dejando la mejor ropa y la mejor comida y a los cubanos los tenían en condiciones inhumanas. Empezó a denunciarlos y hasta la amenazaron de muerte. “Entonces vivíamos frente a la casa de Carazo. Yo me metí, pasé entre todos los perros y le dije al señor presidente lo que estaba ocurriendo. El hombre entonces mandó a poner orden y a mí me puso custodios”.

Quizás fue ese el inicio de muchas pequeñas revoluciones. En Miami fue activista por la defensa de los espacios públicos, en contra de los grandes hoteles. Se subió en tarimas, habló por megáfonos y se fue de puerta en puerta a advertir a los vecinos que pondrían edificios millonarios en los lugares en que ahora estaban sus casas, sus escuelas. Trabajó en una casa de cerámica y fue compradora en todas partes del mundo. También fue traductora porque había vivido varios meses en varios países de habla italiana, portuguesa, inglesa...y diseñadora porque nadie le dijo que no podía serlo y lo traía en las venas: su padre y su abuelo fueron grandes pintores.

“Llorar es sublime, es un grito y un clamor por la verdad, por el amor de tu corazón. Y eso es actuar. Es ser un ser real”.
“Llorar es sublime, es un grito y un clamor por la verdad, por el amor de tu corazón. Y eso es actuar. Es ser un ser real”. FOTO: Rónald Pérez ampliar


Ahora es filántropa canina, le da consejos a las jóvenes madres de cachorros sobre cómo cuidar a sus animales, sirve de casa cuna en Buenos Aires para las mascotas abandonadas y dedica parte de su tiempo a la meditación, a ayudar a otros a meditar y a encontrar “su deseo”, como le llama ella al “propósito de vida”. Ha estudiado Programación Neuroligüística y sabrá ella cuántas cosas más olvidó contarme.

Lo cierto es que los planes que pudo haber hecho en 1984 resultaron muy distintos. “Yo pensé que ella iba a seguir en la actuación”, dice Antonio, el director. “Yo sabía que ese mundo no era para ella”, dice Teresa, la madre. “Yo no sabía nada”, se ríe Isabel, la protagonista.

-Isa, ¿qué pensás que es la fama?, le pregunto.
-Es una ilusión, es efímera, irreal.

La película La Segua tuvo tanto renombre en el país que es probable que vendiera más entradas que Superman en aquella época. El 24 de setiembre de 1984, el diario La Nación decía que el futuro de Isabel podría depender de ese éxito, pero ella no volvió a ser actriz de cine nunca más. El primer rostro de la ilusión por una industria cinematográfica, el mismo fotografiado para la primera portada de Perfil, no volvió a la tele, a las vallas, a los cines. Los planes son tan frágiles como la fama. Se hacen y se quiebran. Tampoco la prometedora industria del cine costarricense que empezaba a vislumbrarse en 1984 creció como se tenía pensado. Treinta años más tarde sigue siendo incipiente. Isabel también lo es un poco porque hay cosas que nunca cambian.  

Antes de que su padre muriera, solía subirse a los aviones y decirle a todos los tripulantes de cabina que su hija había sido la protagonista una de las películas más taquilleras de Costa Rica. A veces, ella lo imita y obtiene buenos resultados. La leyenda costarricense cuenta que los hombres, usualmente borrachos y mujeriegos, salen espantados al ver a la mujer con cara de caballo en medio del bosque. En cambio, los tripulantes de cabina son menos miedosos (o más correctos): en vez de salir corriendo al ver a La Segua, la pasan a clase ejecutiva.

PUBLICADO: 16 de Mayo, 2014 AUTOR: