Kate Middleton

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Yo no nací el lunes 21 de julio 2013, en una calurosa tarde londinese. Sino nueve meses antes. Justo cuando mi madre se enteró de que en su pancita plana vivía yo, tan grande como un frijol. Quiero decir, vine al mundo mediático de los medios de información antes de tiempo. Mi mamá es una mujer moderna, atenta a su silueta y la dieta -entre otros detalles de su apariencia-, estaba muy flaquita cuando quedó embarazada. Le provoqué algunos problemas: náuseas y mareos, por lo que debió internarse varios días en el Hospital King Edward VII de Londres. Los médicos le dijeron que eran gajes del oficio. 

Dados los malestares de mi madre, fueron cambiadas las normas de protocolo y anunciaron que mi corazón ya latía en en su vientre cálido. En esta historia no hay brujas malas, solo la prens a que no me han dado tregua. Me han sofocado sin piedad con la  babymania, creada a mi alrededor. Tanta alharaca porque soy el primer hijo del príncipe Guillermo (William Arthur Philip Louis), segundo heredero a la corona británica.  El bisnieto de la reina de Gran Bretaña, Isabel II. Y el tercero en la lista al trono.

"El nacimiento del primogénito de los duques de Cambridge ha sido el acontecimiento más esperado del año en Inglaterra. El príncipe Jorge atrapa las miradas del mundo y se convierte en el narrador principal de esta historia de nuestra corresponsal en Europa."

Han escrito portadas dedicadas a mí. Se multiplicaron  blogs de madres consejeras. Escribieron sobre cómo una madre  real–recordemos que ella es duquesa de Cambridge– puede cambiar pañales. Se preguntan si será capaz de limpiar mis primeras cacas y orines, sin ensuciar sus largas uñas, de lavar mi culito, de amamantarme...  Antes de nacer, nadie sabía que yo era un varón, por eso habían muchas apuestas sobre cuál sería mi sexo, sobre cuál sería mi nombre, yo sólo me reía de escuchar tanto escándalo.

En las noticias se hablaba del último modelito que lucía mi madre, sobre a quién me parecería, sobre cómo sería mi cochecito, mi habitación, mi primera ropita. Aunque parezca increíble hay más de 400 millones de  clics en Internet relacionados conmigo durante todo el tiempo que estuve en el vientre materno.  El país en el que me tocó nacer parece haberse olvidado del desempleo y la crisis. El debate nacional gira en torno a mí. Me bautizaron  Bebé Real Soy el bebé del que más se ha hablado antes de nacer. ¡Ay, Dios mío!

La llegada

Heme aquí. He atravesado el túnel.¡Qué fatiga! No imaginaba que salir por el cuello del útero fuese una tarea tan ardua. Por suerte,  mi mamá es muy lista. Se inscribió a unas clases de yoga, aprendió cada etapa del parto y a controlar la respiración. Sin duda, con su preparación me tendió una mano. Súbito reconocí su voz dulce. Sus brazos me envolvieron en cariño.  Es tan bella como la imaginaba. Sonríe siempre. Tras el dolor de la sala de parto, ahora está feliz: parece flotar sobre una nube, conmigo pegado a su pecho.  Identifiqué la voz de mi padre, siempre tan compuesto y diplomático, pero hoy no puede ocultar su felicidad. 

No sabía muy bien dónde me encontraba. Los bebés suelen nacer en un hospital. Me da la impresión de haber venido al mundo en la suite de lujo de un hotel.  La habitación en la que nací tiene televisor, internet, periódicos, lista de vinos. Y hasta unas copas de champagne para festejar mi llegada. Aquí nació mi padre, en 1982. Dos años más tarde, mi tío, Enrique. Me encuentro en el ala de maternidad del St. Mary Hospital, Londres W2.  Fuera hay una marea de periodistas, cámaras, micrófonos. Allí se instalaron, día y noche desde el 1 de julio. Créanme, este hospital parece más un elegante albergue, que una sala de partos. Mis padres –corrijo, la casa real- han pagado un platal: 5.000 libras esterlinas por la consulta profesional del parto, más 1.000 libras por cada 24 horas extra.  

En mi país, los bebés primerizos nacen en un hospital. Sólo el 2% lo hace en casa.  La costumbre de nacer en un centro médico es poco usual en mi familia. Antes de mi padre, todos los herederos de la corona británica habían venido al mudo en un palacio. Mi abuela, la princesa Diana, rompió con esa tradición y también tomó clases con un gurú para aprender a controlar el dolor.  Toda una revolución en mi familia, por lo general muy conservadora. 

Siglos atrás, mis antepasados nacían en medio de un circo de consejeros y el ajetreo de un numeroso grupo de encopetados señores de corte. Por fortuna la reina Victoria los mandó al destierro. Cuando la princesa María dio a luz el futuro rey, Eduardo VIII, en 1894 solo estaba presente un ministro del gabinete, que, posteriormente daría la buena nueva. 

En la sala de parto donde he visto la luz, estaban solo mi mamá, mi papá y el equipo médico. Mi padre dejó por unas semanas su trabajo en Gales, donde es piloto de helicópteros de búsqueda y rescate de la Fuerza Aérea Real. 

El ginecólogo que atendió el parto es el doctor Marcus Setchell, de 69 años. Desde hace muchos años es el médico de mi bisabuela, la reina Isabel. Fue ella quien lo recomendó a mi madre, que siempre se emocionaba durante los controles médicos. Cada vez que escuchaba latir mi corazoncito, explotaba de felicidad. Acariciaba su vientre, despacio, haciendo círculos alrededor del ombligo. 

Cuando mi mamita ya había recuperado sus fuerzas, tras el terremoto físico que implicó mi salida del túnel, algunos parientes vinieron a conocerme. 

He conocido a mi abuelo paterno, el príncipe Carlos y su ex amante y actual esposa, Camila Parker. Mi abuelo es el segundo heredero a la corona  británica.  Dice que se está poniendo viejo para ser rey. Tiene 63 años y mi bisabuela, la reina de Gran Bretaña, Isabel II –Elizabeth Alexandra Mary– es una mujer longeva y enérgica: tiene 87 años. No parece tener intenciones de arrojar la toalla para abdicar en mi abuelo, el príncipe de Gales, Carlos.

Ya iré conociendo al resto de mi familia paterna. No más abandone este hotel de lujo, disfrazado de hospital, iré a vivir con mis padres y mis abuelos maternos al Kensington Palace, en Londres. Es un edificio en el que antes albergaba oficinas de la casa real. Posee 21 habitaciones, un taller de pintura, enfermería, cocina y recamaras para el personal. Su remodelación ha costado 1 millón de libras esterlinas.

Nazco en medio de una tormenta informativa, pues, gracias a que mis padres son guapos y simpáticos son vistos como las figuras que han rescatado a la monarquía de mi país, una institución cada vez más irrelevante para muchos británicos.  No soy un bebé cualquiera. Ya lo sé.  Por ahora me llaman Su Alteza Real el Príncipe Jorge de Cambridge, pero dentro de unos cincuenta años seré el rey de Gran Bretaña. Mi padre me presentó ante una marea de periodistas, diciendo “se parece más ella (mi mamá), gracias a Dios”.  Supongo que tendré que acostumbrarme a ver periodistas, porque este es solo el inicio. 

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