Gineth Soto por los cielos

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El sonido de los rápidos le clavan una estaca en el alma a Gineth. “Es como ver al Reventazón con rápidos de clase seis, en invierno, con la lluvia a toda potencia”, piensa ella. El guía de la expedición de la montaña más alta de Indonesia se adelanta a escalar una de las rocas que están por encima del río, para poder cruzarlo. Después pasan un par de compañeros más. Gineth tiene las piernas cortas y el corazón a mil. Abraza la roca y se expone a los rápidos, tratando de alcanzar con las piernas el otro lado de la orilla, pero las botas están llenas de barro. Primero se le resbala una pierna, luego un brazo. Gineth mira los rápidos, le entra un bombazo de adrenalina y logra alcanzar una rama llena de espinas que está por encima de su cabeza. El guía logra agarrarle la pierna en el aire y la pasa al otro lado. Está a salvo y se examina la mano cubierta de espinas. No logra dar tres pasos cuando escucha un sonido fuerte de algo que cayó al agua. El río arrastra a uno de sus compañeros, las caras de terror inundan el paisaje, el guía le grita que por favor, por el amor de dios, trate de soltar la mochila porque lo está ahogando. El hombre no lo logra, pero unas ramas lo detienen río abajo y logra salir a la superficie. Ahora todos le ayudan a cruzar la roca. “Dicen que cuando a uno no le toca no le toca”, escribirá después Gineth en sus memorias. Todos rezan y se abrazan, pero no hablan. Están en shock.

Es 24 de setiembre, cuarto día de expedición hacia Carstensz Pyramid (la montaña más alta de Indonesia), y Gineth Soto, alpinista costarricense, ha vivido más historias de las que puede recordar.

"A la montaña hay que respetarla"
"A la montaña hay que respetarla" FOTO: Germán Fonseca ampliar

Aterrizó en el aeropuerto de Timika, en Papua de Indonesia, un par de días atrás, luego de un vuelo tormentoso. Ella y sus compañeros pagaron $1500 de “peajes” a nativos que bloqueaban el paso en distintos puntos del camino y les pedían dinero a cambio de dejarlos continuar. Ninguno les hizo daño, pero todos los asustaron y los hicieron perder horas ahí, mientras negociaban.

Cada día, después de desayunar, deben tomarse la pastilla contra la malaria. Cada noche duermen juntos para darse calor. La jungla se abre a machetazos, es empinada y estrecha. Cada tanto hay que subir montañas grandes para llegar a la punta y darse cuenta de que hay que volver a bajarla para continuar el camino. A veces encuentran derrumbes provocados por cabezas de agua pasadas. Comprenden que en el río no se puede confiar.

Everest no es el final. Tengo que ver qué me invento porque estoy segura de que es una puerta que abre a otro mundo.
Everest no es el final. Tengo que ver qué me invento porque estoy segura de que es una puerta que abre a otro mundo. FOTO: Germán Fonseca ampliar

El barro forma parte del cuerpo de Gineth, la vuelve pesada y la pone a pensar en su casa, en su cama suave, en su ropa limpia. Lleva tres días sin bañarse y el agua que pasa cerca del campamento tres es demasiado fría como para sumergirse. Llega el quinto día de expedición. Es 25 de setiembre. Dos compañeros pierden fuerzas y deciden llamar un helicóptero de rescate para ellos, que termina costándoles $16.500. Gineth y el resto del equipo los dejan atrás con uno de los asistentes y un teléfono satelital. ¿Será que nos pasa lo mismo a nosotros?, piensa ella, pero no hay mucho tiempo para arrepentirse. Cada día es peor. Uno más mortal que el otro. Una lesión en el pie izquierdo y una serie de piquetes de insectos comienzan a preocuparla, ya no tiene medias secas. El 26 de setiembre llegan al campamento número cinco y a partir de ahí, algunos porteadores (asistentes que llevan equipaje y comida) dejan de acompañarlos porque el terreno es mucho más difícil y quebrado. El 27 de setiembre empieza el ascenso más difícil, pero ya se puede observar al menos la mitad de la Pirámide Carstensz desde el campamento base. Gineth piensa que este es un lugar hermoso, con lagos del color de Río Celeste contrastados con el granito de las rocas. “Es maravilloso”. La lluvia cesa pocas veces.

Antes de la montaña

A Gineth Soto le dan miedo las vacas. Cuando era una niña recorría la finca de su abuelo, en Miramar, subiéndose en los árboles, comiendo guayabas, explorando las alturas. No pensaba en los coyotes o en los peligros de la montaña cuando oscurecía, pero le tenía pánico a las vacas. “Me subía a comer guayabas y yo creía que andaba en mis expediciones, en mis aventuras y cuando volvía a ver, las benditas vacas estaban abajo. A pura guayaba las espantaba. Pobres vacas”.

Muchas de las montañas que escala ahora, más de dos décadas después, están libres de los peligros montunos del trópico, al menos de las vacas. En cambio, son grandes distancias de hielo, de agua congelada.

Pero tampoco le importaría si tuviera que superar ese peligro porque Gineth se acostumbró a tomar riesgos desde joven. A los 18 años se fue con el novio de aquel momento y una amiga a Florida, esperando conocer la nieve. “¡Y voy llegando a Miami y aquel calor!”. Le dieron visa para que fuera a conocer Disney y se quedó allá con la familia de su amiga, pero volvió unos pocos meses más tarde porque allá no había montaña.

En Jacó tenía una pizzería con su mamá en la que atendía a estadounidenses todo el tiempo. Como sabía hablar inglés, empezó a trabajar en la recepción de los hoteles. Conoció gente de California. Gente que le contó que la nieve no estaba en Florida. “California tiene playas, montañas, nieve, glaciares y desierto. Imaginate. Yo no me imaginaba un lugar que tuviera todas esas cosas”. Un día conoció a una californiana que la invitó a irse para San Francisco con ella. Gineth lo vendió todo y se fue a conocer la nieve.

En San Francisco, cuidaba al bebé de la amiga y aprovechaba los días libres para pasear y conocer. Pidió una visa de estudiante y se quedó tres años más. Cuando iba a devolverse a Costa Rica, conoció a su marido, a Mike, en un Starbucks (aunque él no tomaba café), y cuando se dio cuenta ya estaba casada. Ahora Mike tiene coffeemaker y no toma otro café que no sea de Costa Rica.

Cuando cumplió treinta años, decidió que quería escalar las siete cimas del mundo –los puntos más altos de cada continente–. Ahora, con 40 años recién cumplidos, solo le falta el Everest: aunque fue la primera costarricense que lo intentó subir en el 2008, una serie de complicaciones le impidieron llegar hasta la cima. Lo intentó de nuevo en el 2011 y lo intentará una vez más en el 2015.

Gineth vive en Shasta Lake, en California, en un barrio tranquilo de gente pensionada y pocos niños, donde las fiestas y las actividades familiares se hacen en el patio de atrás. La gente saluda, entra a su casa y parece dejar de existir. Ella limpia casas de lunes a viernes de 8 a. m.  a 4 p. m.  De ahí llega a la casa y, si está en época de entrenamiento, sale a correr. En el verano oscurece tarde, entonces puede irse por ahí a caminar. En el invierno oscurece a las 5 p. m. y entonces se queda en su gimnasio dentro de la casa con sus tres perros. A Denali, uno de sus huskies, lo que no le gusta de que Gineth se quede en casa es que pone la música con el volumen altísimo. Entonces él opta por esconderse.

Así se gana el dinero para poder pagar las expediciones: limpiando casas. Lo ideal, dice, es limpiar dos casas todos los días, pero los clientes van y vienen. Podría tener muchas más si se estableciera, si creara un negocio y tuviera empleados a su cargo. Incluso podría hacer buen dinero porque ese es un buen mercado en Estados Unidos, pero ¿para qué? Si lo hiciera, tendría que invertir sus ahorros en ese proyecto, y para ella el dinero solo sirve cuando tiene un propósito claro que la ayude a ser feliz.

“Cuando vuelvo a ver en el tiempo me pongo a pensar que no sé ni cómo lo hice. No soy una persona que se levanta solo para dedicarse a entrenar”, dice. Ella tiene que ganarse la plata para subir cada una de las cimas. Y plata es decenas de miles de dólares en cada expedición.  

Por eso,  Mike ya sabe que regalarle algo a Gineth siempre será un dilema: aunque él le quiera obsequiar un anillo, unos aretes o un collar, ella siempre preferirá que le dé la plata para unas botas o para ajustar para el equipo de montaña. “¿Para qué voy a querer yo que me dé unos aretes caros?”.

Estar sobre las nubes

El 28 de setiembre del 2013, Gineth Soto empezó a escalar. Primero hay una cuesta, luego una pared empinada en donde deben poner en práctica sus habilidades técnicas: escalar por las rocas es cosa de aprendizaje. Escalan de madrugada, por aristas difíciles, llenas de rocas que caen.

Después de unas horas llegan a la Tirolesa, una polea suspendida por cables que se montan sobre un declive, a miles de metros de altura.  Gineth se siente contenta de pasar por aquí, a veces le cae escarcha en la cara y le pesan los brazos, pero se siente triunfante. Faltan varios obstáculos más: una apertura entre la roca y la arista que hay que superar sin cuerdas, otra falla en la que se abre un abismo y otra arista hasta la cumbre.

La cumbre está a 20 minutos y cada paso es más emocionante que el otro. Gineth llega de primero y toca la roca. Es una energía intensa, positiva. “Como si la montaña me abrazara, como si yo la pudiera sentir en todo mi cuerpo”. A partir de hoy, a Gineth solo le falta el Everest para lograr el reto de las Siete Cumbres del Mundo.