La Carpio, una microciudad estalla al lado de una montaña de basura

  • Conversemos

  •  

Carta a Marco Aurelio

Don Marco Aurelio. Dicen que usted anda por ahí, huyendo de la policía. No sabemos si es cierto, solo sabemos que usted era quien medía los lotes en eso que hace más de 20 años todavía era un terreno de la Caja Costarricense del Seguro Social. El barrio más grande de San José le debe su nombre a su apellido: Carpio. Algunos nombres se eligen así, por el peso de la costumbre o por chiripa.

Le escribo para contarle que La Carpio ya no es aquel charral lleno de barro en el que había que meter los zapatos adentro de bolsas para ir a agarrar el bus. No. Ese barrio al que bautizaron con su apellido es hoy el único que crece exponencialmente en la capital. Quizás, si lo visita, entenderá por qué.

La Carpio atardece entre lloviznas y brumas. A las 3 p. m., así lucen sus calles.
La Carpio atardece entre lloviznas y brumas. A las 3 p. m., así lucen sus calles. FOTO: Adrián Soto ampliar

Si usted mira noticieros pensará que La Carpio es ese lugar en que las redadas, los disparos y las patadas violentas de los antimotines son la constante.

Yo le diré, en cambio, que estuve allá un par de días, que conocí a esa gente que le pagó a usted para que le midiera un terreno, la misma que dice que usted es un prófugo de la justicia ahora, y se sorprenderá usted al saber que la palabra que más escuché con respecto a su barrio fue “prosperidad”.

La gente está contenta de vivir aquí. Sienten que pertenecen a algo. ¿Qué fue lo que pasó? Doña Eugenia, la del CyberCafé de la calle principal le dirá que Dios tocó a La Carpio porque aquí, en estos 23 kilómetros cuadrados, hay más de sesenta iglesias evangélicas. Doña Violeta, la de la zapatería de la tercera parada, le dirá que la Carpio es próspera porque está llena de nicas pulseadores, que no se quedan con un no como respuesta, que no se detienen ante las adversidades.

Podría darse la vuelta por la casa de doña María, la de la primera soda del barrio, para que ella le cuente su versión de los hechos: todo hay que guardarlo muy bien porque si no se lo roban, los muchachitos entienden de droga desde los trece años, las muchachitas salen embarazadas tempranísimo “pero eso es en todo lado, ¿verdad?".

Hace unas semanas, un colega describió a la Carpio como un barrio obrero. Yo le diré que es una microciudad. La calle principal es, más que camiones de basura, una explosión de verduras ordenadas en cajas verdes, un conglomerado de restaurantes, pulperías, supermercados, comida express, salones de belleza, clases de manualidades, venta de apretados.

Nadie tiene permisos municipales ni sanitarios porque, aunque los busquen, no hay forma de obtenerlos. Si no presentan la escritura de la propiedad nadie les va a extender una patente o a otorgar un permiso de funcionamiento. Pero eso tampoco los detienen. Le confieso, don Marco, que he llegado a comprobar que la pobreza destruye pero que en la pobreza se crea con ganas, con lágrimas y con sudor del que duele.

Los sueños en Carpio parecieran simples para quien los ve desde fuera: tener una casita, que le den la escritura, alimentar a los niños, repartir el sorbeto entre los dos más pequeños, recoger las goteras. Las tareas diarias se pueden volver metas a largo plazo. Para algunas personas, comer también es una meta a largo plazo.

¿Cómo es que los habitantes de lo que empezó como un precario llegaron a ser los emprendedores que hoy envían a sus hijos a universidades privadas? La historia está aquí, contada a través de los ojos de sus mujeres.?”.  

Los zapatos de Violeta

"El costarricense que está a la par de un nica se pellizca, se pone vivo, busca qué hacer. Aquí hay varios costarricenses que tienen bonitas casas, pero si estuviera en otro precario donde hay puros ticos, no las tendrían . “¿Por qué yo no y el nica sí?”, se preguntan ellos. Es una contradicción porque el resto de Costa Rica, o el imaginario de la gente es que ticos y nicas no se llevan.

Yo llegué aquí en el 87. Fui la primera en este sector. Aquí la gente tenía matas de café, todo estaba cercado pero nadie vivía aquí. Yo sí porque lo necesitaba, no tenía dónde más vivir.

Era así: ahí donde está la escuela, era un cañal de bambú. No había agua, luz, buses. Teníamos que salir caminando a canal 13, a donde está el parque nacional, para llegar a San José. Ahí en Sinart quebramos un tubo y de ahí robábamos agua.

Nosotros construimos la primera casa de aquí y después vinieron todas las demás. Mire,  a mí me decían “¿Y para qué estás haciendo semejante gasto?, ¿no ves que aquí nos van a venir a sacar y ustedes van a perder todo eso?”. Si aquí fuera solo latas y cartones ya a todos nosotros nos hubieran sacado.

El señor que medía los lotes traía pipas a vender. Pero ¿quién se las iba a comprar? Se ponían feas y donde el viejo las botaba yo le decía a Gemita: “Gemita, mirá, andá”. Y ya se iba ella y se traía unas cuatro pipas que partíamos en dos y eso almorzábamos.

En el 94 vinieron a la iglesia de Paz y Amor unos chinitos. Ellos hicieron un comedor y le daban a los niños huevo duro y banano. Yo la mandaba a ella, tengo fotos de cuando venía con un banano y un huevo. ¿Quiere verlas?

A mi esposo de ahora, que no es el mismo que yo tenía en Nicaragua, lo conocí ahí en San José, vendiendo zapatos en la zona roja. En este negocito usted no se va sin comprar un par de zapatos. Hacemos este, este otro, este también. Cuando nosotros empezamos se vendía bastante. Ya no tanto.

Las mujeres somos muy emprendedoras aquí, pero cada quien tiene sus capacidades. Aquí hay mucha gente como nosotros, muchos que trabajan en pareja, que sueñan en pareja. Así somos. Aquí la gente es como una comunidad. Si te ponés a repartir confites allí y otros miran, se te arrima todo el mundo. Eso es bueno para el negocio también. Como hay tanta gente caminando por la calle, pasan, ven, compran. Pasan, ven, compran".

María Elena, la del café virtual

"Hace tres años tengo este Internet. Antes lo que tenía era una pasamanería, nada más. Mis clientes son todos los señores que se quieren hacer un feis, que no saben nada de máquinas, que se quieren comunicar con su gente en Nicaragua. Cuando ya ellos saben cómo, yo les presto la cámara y ahí se ven con los otros.

Los chiquillos vienen y hacen sus tareas y los papás ya han depositado su confianza en el negocio porque es un lugar sano.

Aquí se venden fotos, a ocho por mil. Mucha gente es desempleada aquí y andan buscando fotos pasaporte. Entonces yo les ayudo y ellos me ayudan. Yo les hago el currículum y se los personalizo, eso nadie lo hace aquí.

La idea es ir poniendo otro cyber aquí cerca, pero apenas estamos comenzando con el segundo de estos. Algún día, no muy lejano, yo voy a tener un negocio próspero en litografía. Quiero una máquina de esas para ponerla fotos a las jarras. Yo sé que sí se puede, aunque sean muchos proyectos. Además, mi hija estudia arquitectura en la universidad Latina y apenas le faltan cuatro materias para bachillerarse, entonces ella me hace rótulos y tarjetas de presentación.

A Costa Rica llegué hace 20 años. Yo era cajera en Wallmart, que antes era CCU. Comencé como cajera y luego pasé a ser tesorera. Trabajé con ellos como 15 años después de haber trabajado en otro supermercado con un señor que me echó porque se me olvidó cobrar una mayonesa. Ahora sé que no hay nada más lindo que ser mi propia jefa.

Yo le decía a mi marido que no viviéramos aquí, que qué lugar más feo, pero él me decía: vas a ver que todo va a cambiar. Y ahora yo no me voy de aquí porque es que parece mentira que yo tengo este negocio y que puedo darles todo a mis hijos. Uno aquí va creciendo con la comunidad ¿Para qué me voy a ir?".

La dueña del pollo se llama María

"El vaho es así: uno coge una olla grande, le pone ojas, palitos de guayaba o naranja que no vayan a echar mal sabor. Encima se le pone una cama de yuca, otra de plátano verde, otra de madura y cuando ya tiene esas tres, se le pone la carne así, todo tapado encima. El legítimo vaho tiene que llevar carne seca: ¡tres días secándose! Ya que tiene la carne, entonces le ponemos tomate, cebolla, chile, ajo y unas rodajitas de piña bien poquitas y lo cubrimos con unas hojas de plátano, bien tapada y lo cocina a fuego bajito, bajito. Se cocina nada más por el vapor, ese es el vaho.

Yo ya tengo 30 años de vivir aquí en Costa Rica. Mandaría a huevo que no sepa qué les gusta a cada uno. Y ya me acostumbré. Si usted es tico: tengo gallos de costilla de cerdo con tajaditas verdes, platanitos maduros. Si fuera un nica: ahí tengo pinto, ahí tengo arroz, ahí tengo cuajada.

En Carpio tengo 15 años de vivir. El resto de tiempo viví en Cinco Esquinas de Tibás. Tenía seis chiquitos y al principio, cuando llegué, limpiaba casas.

Yo iba ahorrando. Ganaba 3500 la semana. En Palí gastaba 2500 y ahorraba mil. Una vecina me dijo que aquí estaban vendiendo unas mejoras entonces compramos con un préstamo de mi hija, que trabajaba en Pozuelo. Yo le pedía a dios: Señor, regálame ese pedacito para poner una sodita. Una de mis empleadoras me regaló una plata, no me alcanzó pero con eso empecé.

No tenía cortina sino una lata de zinc y a mí me daba vergüenza estar todos los días abriendo y cerrando porque había que amarrarla, por los ladrones. Una empresa Credimujer me dio un préstamo y me dijo: “Para que usted se empunche de una vez”

Cuando yo empecé, el kilo de pollo costaba 250… imagínese ahora que cuesta dos mil colones el kilo de pollo. Yo fui la fundadora de la primera soda de La Carpio. Como no tenía el horno de hacer pollo yo iba y me quedaba viendo donde los chinos: “¿Cómo harán para hacer estos pollos?”. Yo les preguntaba: “¿A dónde harán esos ganchitos que yo necesito unos?”. Y ellos que no, que no, jale, jale y me corrían.

Luego un muchacho me ayudó con los ganchitos, me hizo quince y me dijo que consiguiera un estañón y así asaba yo el pollo. Ahora sí, yo tengo dos freidores, arrocera, coffeemaker, de todo lo que necesito, gracias a Dios.

Hace cinco años me mataron a mi hija que era la que trabajaba en Pozuelo. La única que me ayudaba, las otras son madres solteras. A ella yo sí podía decirle: “Regalame la mitad de tu salario”. Pero al morir ella, el señor que me la atropelló dicen que tiene muchísima plata y que es abogado. La fiscal es hermana de él. ¿Cómo iba yo a pedirle un favor? Una vez llegué y le dije: yo no soy su enemiga, fiscal, es cierto que yo soy nicaragüense, que yo vivo en La Carpio, pero yo no soy como lo que dicen de ese lugar, yo soy diferente. Y nunca me dieron nada". 

Felícita, la vendedora de mangos ácidos


Gema, la de los libros

"Gracias a Dios, yo lo que gano lo voy invirtiendo porque de eso se trata, de invertir y depués ver el resultado. Antes trabajaba en un bazar en el Mercado Central. Ahí duré cinco años. Ella vendía country pero yo aquí me voy más a los papeles y eso. Es más que todo para escuela y regalos. La mayoría de los fines de semana, todo el mundo tiene actividades aquí. Yo les decoro las bolsas que son las que compro al por mayor ahí en la Coca Cola.

Las cajitas también las decoro. Las uso para hacer centros de mesa. También le vendo chonetes, centros para marsmallows.

Gema tiene un bazar en la tercera parada del bus de La Carpio.
Gema tiene un bazar en la tercera parada del bus de La Carpio. FOTO: Adrián Soto ampliar

Dejé de trabajar en el Mercado hace seis meses. Ella no quería que yo le renunciara pero mis hijas me necesitaban: a la más pequeña la lavadora le trituró el dedito.

Aquí hay muchos bazares entonces nosotros con Jenna (la estadounidense que da clases de finanzas y emprendedurismo) estamos evaluando las diferencias, yo veo que en los otros bazares hay más cremas, ropita tejida, foam, entonces yo ofrezco otras cosas: meto de todo un poco. Por ejemplo estas bolas de estereofón, aquí usted no encuentra de estas bolas en ningún lado.

La última vez que fui a Nicaragua tenía 14 años. Yo nací allá pero me vine muy chiquita, por la economía. Un sueldo aquí es de 75 000. Allá un salario bueno bueno es de 35 0000 a la semana. Es muy básico, muy poco lo que gana un trabajador normal.

Recuerdo las fiestas porque para diciembre vieras qué bonito que se pone: usted ve aquí en la alameda todo el mundo saca sus mesas, sus sillas y pone música. Pero en Costa Rica todo el mundo está en sus casas. Aquí todos compartimos, hablamos todos con todos porque es al estilo de Granada.

Aquí en La Carpio yo siento que antes era más sano que ahora. Los chiquillos son más problemáticos, hay más pandillas pero también hay más ayuda de afuera. Allá en La Cueva ayudan a los chiquillos a tocar música.

Ese botadero que está ahí, al lado de La Cueva es una bomba de tiempo. Dicen que este año lo van a quitar porque aquí hacíamos huelgas y todo eso. Y más ahora que además nos trajeron esas aguas negras. Pero vamos a ver qué pasa porque también necesitamos el título de propiedad. Uno se acostumbra a vivir aquí, aquí hay escuela para los chicos, nadie se mete con uno y vienen muchos programas. Yo espero tener muchos programas más porque viera como estoy aprendiendo, sí. Así uno sale adelante y no se estanca.

Me salí de estudiar porque estaba en noveno y no pasé matemáticas. Me costaba mucho. Sí me arrepiento pero a la vez no. Aquí se va haciendo lo que se puede".

Arely, el ama del pan


PUBLICADO: 18 de Julio, 2014 AUTOR: