El milagro de Maricel

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Fue a mediados del 2011 cuando recibí la noticia. Había estado por más de 15 días tomando antibióticos contra una "sinusitis", pero el dolor en los senos frontales no se iba. El médico de la empresa me pidió entonces que me hiciera un TAC para ver qué pasaba. Fue una sorpresa horrible. Tenía un tumor de cuatro centímetros de diámetro al cual se debían también mis problemas de visión con el ojo derecho, que venía experimentando desde meses atrás.

Supuse, porque nadie me lo dijo, que a esa pelotita del tamaño de una naranjita pequeña se debían los dolores agudos en la parte frontal de la cabeza, como un machetazo transversal, que me despertaban por la noche. Me fui al hospital México, según me correspondía y ahí empecé a recibir atención.

Maricel Sequeiera.
FOTO: Adrián Soto. ampliar

Fueron más de seis meses de espera para una cirugía. Tiempo de angustia, porque aunque me dijeron que los tumores de hipófisis como el mío suelen ser benignos y de muy lento crecimiento, no había seguridad de nada. Otros especialistas me decían que había 50% de posibilidades de que fuera benigno y 50% de que fuera maligno. Además, la cirugía podía dejar secuelas importantes.

Vino el día de la cirugía a mediados del 2012. Entré tranquila, confiada en que todo saldría bien. Me abrieron la cabeza de una oreja a la otra y desperté seis horas después. A la izquierda de la camilla de cuidados intensivos el neurocirujano me preguntó si podía mover los pies, los brazos, si podía hablar. "Puedo hablarle tres horas seguidas, doctor", le dije. Se rió. "Usted está mejor que yo", respondió. Me volví a dormir y desperté con mi hijo Juan al lado.

Una semana después salía del hospital. Me dijeron que todo estaba bien y que era probable que el tumor volviera a crecer, pero que eso tomaría años. Fueron tres meses de tranquilidad hasta que volví a sentir la molestia en mi ojo derecho. Volví al trabajo. Un nuevo TAC, un mes después, reveló que el tumor estaba del mismo tamaño, como si nadie lo hubiera tocado. Y todo empezó de nuevo. Volví a perder mucha visión y a sentir las mismas molestias de antes.

En el primer semestre del 2013 intentaron sacarme buena parte del tumor por la nariz, pero el resultado no fue el esperado porque se trata de una masa densa que no se puede extraer fácilmente. Además, rodea la arteria carótida y se corría el riesgo, al igual que en la primera cirugía, de provocar un derrame. Así que sacaron lo que pudieron y ya. En noviembre del 2013 me aplicaron 30 sesiones de radiación para tratar de frenar el crecimiento y que el tumor "se durmiera". En la última resonancia que me practicaron, a finales del 2014, la masa mostraba una disminución de un centímetro, un hecho realmente alentador.

La otra historia

Esa es, resumida, la historia del tumor. Ahora les voy a contar la otra, la mía con el tumor. Siempre he creído, y pienso que cada día este concepto tiene mayor aceptación, que toda enfermedad nace en la mente. Por eso, después de que supe de su existencia, empecé a preguntarme por qué yo había creado un problema de tal naturaleza. Y si lo había creado, ¿cómo podía deshacerlo?

La primera pregunta tuvo respuesta. Vivía sola y estando incapacitada pasaba el día en silencio. Salía a caminar y volvía a casa a leer. Empecé un viaje interior que me ha permitido conocerme de una manera que jamás imaginé.

Estoy convencida de que mi mente creó ese tumor para poder hacerle frente a hechos desagradables que me hirieron y que me negaba a aceptar. Empecé a pedir un milagro. Yo, que nunca le puse mucha atención a los asuntos de Dios, empecé a pedir un milagro. El tumor era benigno, pero las consecuencias podían no serlo tanto: podía quedar ciega.

Descubrí que, lejos de lo que yo pensaba, tenía decenas de amigos y familiares que se preocupaban por mí y me atendían. Tuve mucha ayuda emocional. La incapacidad laboral me dio tiempo para leer y meditar sobre la enfermedad, la vida, la muerte. Encontré en un libro una frase que más o menos dice: La enfermedad es la grieta que se abre en el ser humano y que Dios aprovecha para entrar. ¡Caray, yo necesitaba esa grieta!

Maricel Sequeira.
FOTO: Adrián Soto. ampliar
"Encontré en un libro una frase que más o menos dice: La enfermedad es la grieta que se abre en el ser humano y que Dios aprovecha para entrar. ¡Caray, yo necesitaba esa grieta!"

Busqué terapias alternativas y en el último año cambié mi alimentación para privilegiar el consumo de vegetales y legumbres. Esto me permitió sentirme mucho mejor, más fuerte y de paso perder kilos, algo que necesitaba con urgencia.

Aunque no soy religiosa, empecé a desarrollar mi parte espiritual. Recuerden que buscaba un milagro. En esa búsqueda, a veces convencida y a veces incrédula, tropecé con libros y personas que me mostraban un camino. Entre esos libros estaba Un curso de milagros. Es un texto de difícil comprensión. Lo leía y entendía poco. Pero cuando la vida me ponía en determinadas circunstancias, recordaba partes del libro y lo que había leído cobraba sentido.

Así aprendí varias cosas: los milagros existen y ocurren todos los días, pero no los vemos porque no podemos creer que ocurran. Un milagro no necesariamente es un hecho sobrenatural, es solo un cambio de perspectiva. Entonces, en vez de pedir un milagro "mágico", empecé a pedir ese cambio en la forma de percibir el mundo, percibirme a mi misma y a mis semejantes.

"Los milagros existen y ocurren todos los días, pero no los vemos porque no podemos creer que ocurran. Un milagro no necesariamente es un hecho sobrenatural, es solo un cambio de perspectiva."

Explorando mis sentimientos y mis emociones me hallé de frente con mis virtudes y mis bajezas, esas que nos da tanto miedo reconocer, porque tememos ser condenados por ellas, simplemente porque creemos que merecemos ser condenados.

Aprendí a perdonar mis errores y los de los demás, supe que ser feliz o infeliz es mi decisión y que no importa la enfermedad, siempre podemos plantarle cara. Así, mientras esperaba la segunda cirugía, empecé a construir mi casa.

Pero sobre todo, aprendí que el peor enemigo que tenemos es el miedo. Esto lo había escuchado muchas veces, quizá ustedes también, pero no tiene mucho sentido hasta que una aprende a mirar sus emociones. Vi a tantas mujeres enfermas de tumores en el hospital, en una situación mucho peor que la mía, y las vi luchando por salir adelante, con fuerza, con fe, que yo no podía hacer menos. Aprendí a identificar el miedo y a dejarlo ir.

Comprendí que no se puede sanar el cuerpo antes de sanar la mente y el espíritu. No somos perfectos, pero podemos mejorar muchísimo cuando desechamos pensamientos que nos hacen daño: "¡Qué idiota soy, como hice eso!", "¡Esa estúpida qué se cree para volverme a ver así!". La fórmula sanadora de la mente es no juzgar a nadie, albergar pensamientos y sentimientos de amor hacia los demás, porque nuestros semejantes son nuestro espejo.

Cuando me pidieron este artículo para Perfil sobre la experiencia de superar un tumor en el cerebro, inmediatamente dije que sí, pero pasé una semana sin saber qué decir. La verdad, es que el tumor aún está ahí, espero que más reducido, pero ahí está. No lo he vencido, pero él tampoco me ha derrotado a mí. Creo que estamos llegando a una convivencia pacífica. Algún día se irá, quizá, pero ya me dejó muchas enseñanzas, me cambió. Hoy soy una persona reconciliada conmigo misma, y ese es mi milagro.