Sexo en la década de los 30

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Lo primero que hago es preguntarle a mi marido, porque está sentado en la silla de al lado: ¿el sexo de ahora se diferencia del de antes? No me entiende nada y tengo que explicarle lo de los 30 años de Perfil, el artículo que me pidieron, lo confundida que me siento… Sexo después de los 30. Como si los 30 fueran una valla en una carrera de obstáculos, una parada en la ruta de un bus que no se devuelve, un hito en la vida de la gente. No sé realmente qué me pasó a los treinta, le digo. Pero sí sé que soy una persona muy diferente ahora. Evidentemente tiene que ver con la edad, pero solo porque la edad no es otra cosa que el tiempo que pasa y nos va cambiando. Tal vez la principal diferencia entre el sexo de ahora y el de antes es que ya no me genera angustia, me dice él. Antes el sexo era un objetivo: uno salía para buscar con quién tenerlo, tenía citas que esperaba se concretaran en sexo… el sexo era un fin último, y por lo tanto angustiante.

Esa es la idea que se me queda dando vueltas en la cabeza: la angustia, el objetivo. Les confieso: en las últimas dos semanas he leído todo lo que ha caído en mis manos en relación con las mujeres, los 30 años, el sexo. Desde texto aburridos y llenos de clichés en revistas “del corazón” hasta artículos médicos e investigaciones científicas. Todos, absolutamente todos, apuntan a un cambio. Algunos, los más esotéricos, aluden a la crisis dramática que viene con el cambio de decenio. Otros, los serios, hablan de los cambios hormonales que nos alteran a las treintonas y nos ponen a pensar todo el día en sexo. Yo no sé bien a quién creerle: la construcción social sobre qué es una mujer treintona pasa por todo tipo de aparatos ideológicos antes de caer en nuestras manos. Y como somos biología y socialización, supongo que, a fin de cuentas, habrá razón en ambos bandos. Lo que puedo decir de forma definitiva, sin temor a equivocarme, es que mi sexo de los 25 no se parece en nada a este de los últimos tiempos.

Tengo 34 años. Comencé a tener sexo a los 19. Mi vida sexual activa no ha tenido intervalos amplios, así que técnicamente llevo poco menos de la mitad de mi vida en esto. Aquí tengo que entrar en las consideraciones del caso: he tenido bastante sexo en mi vida. No me da vergüenza admitirlo: no me alcanzan los dedos de las manos para contar a mis compañeros sexuales. Pero no me considero experta en el tema. De hecho, hablar sobre el sexo de una siempre es exponerse al más burdo e implacable de los juicios: el de la opinión pública. Esa gente que entiende el mundo como una línea que de un lado tiene a las mujeres buenas y castas y del otro a las demás. Eso le agrega un poco de complejidad al asunto, porque me pone a hablar desde un lugar en el que me gustaría no ser juzgada pero no puedo evitarlo.

Adriana Sánchez
FOTO: Adrián Coto ampliar

Yo solo tengo una experiencia a la cual remitirme: la mía. En los últimos dos o tres años he tenido menos sexo de que tenía habitualmente por ahí de los 27. Pero este sexo de ahora, más dosificado, me lleva al orgasmo todas las veces, sin excepción. Mis momentos del mes son más claros, o al menos los llevo mejor anotados: cuando tenía 20 años no lubricaba tanto como lubrico ahora, y eso me hace pensar que se equivocan quienes dicen que las muchachas jóvenes “se mojan” más. A veces es hasta incómodo: me ha pasado de vez en cuando tener que parar lo que estoy haciendo y correr al baño porque siento que me bajó de golpe la regla, para encontrarme con un fluido transparente y delicado que pide a gritos un poquito de atención. Definitivamente hay algo distinto, porque pienso en sexo con mayor frecuencia que antes, aunque ahora tenga menos. Siento más el cuerpo, con más conciencia, pero también tengo claro que todo es parte de mi esfuerzo personal por conocerme mejor y abordar mis inquietudes desde una perspectiva saludable y completa. No me dio tiempo de preguntarles a las amigas de mi edad si sienten lo mismo o si estoy sola en el mundo.

A todo lo anterior tendría que agregar una nueva complejidad: me casé hace pocos meses. Ahora tengo una pareja estable, una relación monógama y heterosexual con un hombre con quien decidí establecer un compromiso. Ya no salgo a los bares a ver “qué pasa”. Antes de eso, no recuerdo haber percibido cambios bruscos en mi vida sexual, exceptuando que me volví cada vez más selectiva. Esa, creo yo, es una consecuencia directa de haber identificado qué es exactamente lo que quiero en la vida, o al menos en este momento.

En general, puedo decir que he topado con suerte: casi siempre tuve buena química con mis compañeros sexuales. Mis “malos polvos”, esos que dejan sinsabor y un poquito de desilusión en el espíritu, sí puedo contarlos con los dedos de las manos. Ahora bien, lo realmente importante es otra cosa: durante mi vida, he tenido sexo cuantas veces he querido y con quienes he querido. Tal vez lo más valioso de todo haya sido haber tenido la oportunidad de equivocarme en innumerables ocasiones y aprender algo de cada equivocación. Despertar al lado de un amigo entrañable sabiendo que si nuestra amistad resiste al descoloque de la noche anterior, nada podrá separarnos. Ser más “sobrada” que “deseada” de vez en cuando solo para demostrarles a mi mamá y a mi abuelita que yo también tengo razón algunas veces.

Supongo, que en mi caso lo que ha cambiado son las prioridades. Ya no me hace falta ligar para probarme cosas a mí misma. La forma en la que mido mi éxito en la vida se ha desplazado hacia otros ámbitos que ahora me resultan más interesantes. Tengo marido. Tengo un negocio. Ahora el reto es dedicarle tiempo y esmero a un proyecto de largo plazo que decidí construir a medias con alguien a quien amo. Ver cómo hacemos para seguirnos gustando como cuando éramos novios. Inventar sobre lo que ya conocemos para que el sexo monógamo de la pareja casada no se nos convierta en un mero trámite de dos noches a la semana.

Lo único que puedo confesar con honestidad después de todas estas líneas es que me gusta mucho más tener sexo que hablar de él. Al final de cuentas, una cosa ha cambiado definitivamente para siempre: mi fin último en este momento, si bien se relaciona con el sexo, va bastante más allá: el sexo es una de las muchas herramientas que tengo a mi disposición para consolidar algo más grande, más poderoso, eso que busqué sin pensarlo en cada equivocación, en cada muchacho con el que me acosté: atreverme, por encima del miedo al fracaso y la desilusión, a pensar un futuro y construirlo con alguien más.