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Glenn y Terry Jampol Vivir por una convicción
Vinieron de vacaciones y se quedaron a vivir. Glenn y Terry Jampol se enamoraron de la cultura y naturaleza de este país. Su convicción es tal que los llevó a constituir un proyecto ecoturístico e incidir en mejores prácticas para el sector.
Por Michelle Soto* msoto@nacion.co.cr / Fotos Osvaldo Quesada
Por cuestiones del azar, su nacimiento se dio en Estados Unidos. Lo cierto es que hogar es donde reside el corazón y esta parece ser la tónica que sigue el matrimonio constituido por Glenn y Terry Jampol.
El español no lo aprendieron acá. Ni siquiera se debe a las raíces latinas de Glenn, cuyos antepasados son originarios de España. Tampoco es obra de unos parientes que residen en México.
En el caso de él, creció en un barrio donde la mayoría eran chicanos (mexicanos nacidos en Estados Unidos). Los niños con quienes jugaba fueron quienes le enseñaron castellano. “Quizá aprendí más pachuco de lo que uno quisiera”, admite entre risas.
A Terry la conoció en 1975. Ella estaba por graduarse de la universidad en literatura y él ya se había egresado de la carrera de arte y diseño ambiental. Se casaron en 1978 y se mudaron a Nueva York.
Latinoamérica era interés común y no dudaban en planear vacaciones cuyo destino fuera este. ¿Qué les gustaba? “La gente alegre y cálida”, apunta Terry. “Emotiva y apasionada. Personas con una historia y cultura muy vibrante, llena de cosas interesantes y manifestaciones personales como resultado de una herencia”, agrega Glenn. “El clima”, dice ella.
Él se detiene unos segundos y prosigue. “Claro, una cosa es hablarte de nuestra atracción por Latinoamérica y otra cosa es hablarte de Costa Rica”, acota quien está a punto de confiar una verdad.
Un presagio
Con un bebé en brazos, Glenn y Terry se empeñaron en buscar un país para vacacionar. El hermano de Terry, que surfeaba y era guía de rafting, había escuchado mencionar Costa Rica.
“Todo mundo nos decía que cómo se nos ocurría ir a América Central con un bebé. En ese tiempo, esta región estaba en guerra”, explica Terry.
Por eso, Glenn se dirigió al consulado costarricense en Wall Street. Era una oficina entre cientos iguales.
En la ventanilla única no había nadie y decidió pasar a la sala del otro lado. “Como no conocía la expresión ¡upe!, me puse a decir ¡aló!”, cuenta. A su encuentro salió un hombre en traje y corbata. Era el cónsul en persona.
Glenn le saludó y explicó que andaba buscando información. Con una sonrisa, el cónsul le invitó a su despacho donde le mostró sus álbumes de fotos y así conoció a la tía, el bebé, los paseos a la playa, etc. Al final, aparte de recomendarle sitios a visitar, le dio el teléfono de su casa.
Aún sin creer lo que acababa de vivir, se lo contó a Terry. “Si en Costa Rica había gente tan amable como ese señor, tan cálido y tan dispuesto a compartir su vida, es porque era un lugar maravilloso. Después de eso, nos decidimos a ir”, comenta ella.
Al día siguiente, fueron a un agente de viajes que, por supuesto, no sabía dónde quedaba Costa Rica.
Después de explicarle, abrió un gran libro donde venía una página dedicada a Centroamérica y en esta, Costa Rica. A pura corazonada escogieron un hotel en San José y otro en Tamarindo.
“Bienvenidos a San José”, se escuchó por el altavoz. El sello en los pasaportes indicaba que era enero de 1985.
Vacaciones en el paraíso
Tamarindo era un hotel y unas cuantas casitas. Glenn y Terry no viajaban solos. Lily, con tan sólo 5 meses, pendía de sus brazos. Una tarde, mientras caminaban, se encontraron con un viejito que se ayudaba a andar con un bastón.
El anciano sonrió al ver a Lily y pidió permiso para cargarla; empezó a cantarle y arrullarla. “En ese momento pensamos que no había gente más linda y tan pura vida como los ticos”, expresa Glenn.
Otras cosas que tocaron su corazón fueron la democracia y la conciencia tan progresiva en cuanto al tema de medioambiente que era salvaguardado en la Constitución Política en su artículo 50.
“Estábamos enamorados hasta la nariz”, admite Glenn. Por eso, al volver, relataron su experiencia de viaje a su madre. Dos semanas más tarde, ella visitó el país, se devolvió con la misma impresión y quería compartirle una idea a su hijo.
Consiguieron un préstamo y volvieron decididos a encontrar un lote donde construir una casa. Mientras lo buscaban, se hospedaron en una vivienda en San José de la Montaña. Tras descartar Escazú, hallaron un campo de motocross en Santa Bárbara de Heredia donde edificarían su nuevo hogar.
La convicción
Los Jampol iban y volvían hasta que en 1993 se instalaron permanentemente en el país. La mamá de Glenn murió y él heredó la casa en la montaña. Aparte de Lily, otra niña se unía a la familia.
Sembraron árboles frutales. Iniciaron una plantación de café orgánico.
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Los Jampol aseguran que el éxito de su relación está en ese compartir de pasiones: arte, cocina y sostenibilidad.


Apostaron por una huerta donde cultivan sus propios alimentos. Incluso, se les ocurrió reciclar cuando nadie lo hacía. “No podíamos vivir en este país tan lindo sin hacer lo correcto”, recalca Terry.
Más tarde, la pareja decidió abrir un inn que fuera tipo bed & breakfast. La idea fue planteada como un proyecto ecoturístico y cuando presentaron los planos, la gente no sabía a que se referían.
“Era una palabra muy nueva, aún sin definición. Queríamos sostenibilidad. Quizá éramos muy ingenuos, pero teníamos esa visión”, declara Glenn.
A mediados de los 90, una consultoría sobre el pronóstico del turismo costarricense determinó que el punto diferenciador en nuestra oferta como país era la sostenibilidad.
Finca Rosa Blanca, el proyecto de los Jampol, empezaba a tener sentido para las autoridades y se convirtió en ejemplo a seguir.
Glenn fue invitado a participar en un proceso para conceptualizar la certificación de sostenibilidad que actualmente adjudica de 1 a 5 hojas a los hoteles y operadores turísticos que cumplen con estándares ambientales, son respetuosos de la cultura y ayudan a la comunidad.
Como era de suponer, el hotel de los Jampol fue el primero en certificarse y obtener 4 hojas. Actualmente, ostentan las 5 hojas con la máxima calificación y su ejemplo ha sido replicado por cuatro hoteles más.
Glenn es miembro de la Comisión Nacional de Acreditación que pertenece al Instituto Costarricense de Turismo (ICT) y presidente de la Cámara Nacional de Ecoturismo.
Aunque Finca Rosa Blanca ya es un hotel boutique, siempre ha sido fiel a sus primeros ideales. Un 5% de los ingresos generados por la operación del restaurante y el bar se destinan a un fondo cuyo fin es invertirlo en proyectos comunales.
También, se han preocupado por facilitar un comedor infantil que recibe de 75 a 100 niños y niñas de escasos recursos. Asimismo, apoyan a los microempresarios del área para que puedan vender sus artesanías en la tienda de souvenirs.
“El sueño está todavía en desarrollo. Terry y yo trabajamos muy bien juntos porque somos muy independientes y compartimos una visión.
“Siempre nos encontramos en eso. Sentimos mucha responsabilidad con el planeta y pretendemos reflejarlo en lo micro, que sería nuestra comunidad, para generar el mínimo impacto posible en el planeta”, reflexiona a modo de conclusión Glenn.
Un proyecto de vida
Nombre: Finca Rosa Blanca Coffee Plantation & Inn
Ubicación: Barrio Jesús de Santa Bárbara de Heredia. Del centro de distribución de Café Britt, 800 metros al norte.
Teléfono: (506) 2269-9392
Email: info@FincaRosaBlanca.comwww.fincarosablanca.com/sp/
*Adaptación para Perfilcr.com, el artículo completo se encuentra en la versión impresa.
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