Andrea González Mesén.13 marzo

Hay días en los que las ganas de comerse al mundo se vuelven casi reales. La necesidad de satisfacer algún vacío encuentra su nicho en la comida. La ansiedad se pone a flor de piel al sentirnos desequilibrados y es aquí cuando nuestra alimentación se vuelve emocional.

¿Se ha puesto a pensar si realmente lo que siente es hambre física treinta minutos después de comer o lo que siente es pura ansiedad?

Marianela Ibarra, del Centro de Nutrición Larisa Páez, explica que el cuerpo vincula la ansiedad con una necesidad de relajación y de disminuir el cortisol, sustancia que se dispara en situaciones de estrés, y una de las formas es produciendo serotonina, neuro transmisor que genera sensación de bienestar, a través de la comida.

Esa sensación de bienestar se logra al ingerir alimentos con los que se tiene una experiencia previa de satisfacción, por lo general comida alta en grasa, frituras, chocolates, dulces y repostería.

  •  Identificar si esta ansiosa y darse cuenta que va a comer. Haga una pausa. Trate de identificar qué es lo que su cuerpo necesita, muchas veces es liberar preocupaciones, hidratarse, caminar…
  • ¿Qué está sintiendo y qué necesita? Dormir bien, interactuar con otras personas, resolver problemas…

Continuamente estamos bombardeados de esta alimentación emocional. No comemos por un deleite sino porque buscamos manejar nuestras emociones con comida”, sentencia la nutricionista.

El consumo de este tipo de alimentos puede darse conscientemente al saber que es un estímulo momentáneo.

La alimentación es un escape rápido de la realidad, que te adormece la emoción que no quieres trabajar. La única herramienta que se tiene a mano muchas veces es la comida. Se ve montones en oficinas en situaciones de estrés donde la comida es la llamada 911”, comenta la experta.

No saber poner límites en las acciones personales, no hacer pausas en el trabajo o no tener conocimiento sobre técnicas de relajación son un trampolín directo a consumir alimentos no saludables.

Ibarra desmiente la relación directa entre el funcionamiento del metabolismo y las emociones. Es decir, es mentira que la tristeza o la depresión nos hacen aumentar de peso. Lo que sí sucede es que las emociones mal dirigidas pueden acabar en una relación disfuncional de la comida y el ejercicio.

En todo caso, el estrés sí se vincula con una mayor acumulación de grasa y disminución de la masa muscular por el aumento del cortisol. También relacionado con síndrome de intestino irritable y gastritis.

Si además de un proceso emocional difícil se somete al organismo a situaciones restrictivas de nutrientes, es muy probable que se disparen cuadros de ansiedad. Así el antojo por un chocolate no necesariamente responde a una necesidad de azúcar, sino a energía en forma de carbohidratos.

Mantener un peso saludable no depende solo de lo que se coma, el ejercicio, las horas de sueño y el estrés son factores que alteran los resultados.