Andrea González Mesén.16 julio

Tengo la imagen de mi madre cocinando, limpiando el patio, saliendo del supermercado con bolsas de comida, ayudando a los vecinos al cuido de sus familiares, limpiando vidrios y pisos minutos antes de dormir, yendo a reuniones de la escuela… son pocas las diapositivas que guardo en las que toma café con amigas o se dejara chinear en el salón de belleza.

Ella es quién ha mantenido el orden en el hogar y me atrevo a confesar que dio su vida por sus hijos, dejando en tercer o cuarto punto de prioridad su propia vida; como sí lo logró realizar mi padre.

Lo anterior si bien es un caso personal, es también un ejemplo de lo que muchas mujeres continúan viviendo. Así lo refleja la más reciente encuesta del Uso del Tiempo realizada por el Instituto Nacional de Estadística y Censos en el 2017.

Por ejemplo, el 78% del tiempo que se invierte en preparar los alimentos lo aporta la mujer, mientras que el hombre únicamente contribuye en un 21% de las ocasiones. Ésta dinámica se repite en las tareas de limpieza, lavado de la ropa, compras del hogar y finalmente el cuido de los hijos.

Doris Fernández, vocera del Instituto de Estudios de la Mujer de la Universidad Nacional (UNA) afirma que independiente de si se es o no madre, la mujer tiene endosado –por un aspecto cultural– el trabajo doméstico y una vez que asume la maternidad adquiere “socialmente” el doble rol de cuidadora del hogar, lo que a final de cuentas se traduce en menores posibilidades de crecimiento personal y profesional.

“Las mujeres tenemos menos tiempo para todo. Cuando la maternidad llega a nuestra vida la cosa es más complicada. Debemos entender que la madre pare al niño, pero las responsabilidades de cuido son de ambos padres”, afirma.

El temor de que otra persona que no sea la propia madre se haga cargo del menor carece de sentido. El hecho de que la mujer sea la que trae al bebé al mundo no implica que ella tenga el conocimiento o más cualidades para cuidar a ese menor. Esto es algo que aprende en el proceso, lo cierto es que desde niñas la misma sociedad les enseña a cargar bebés, a darle puré y hasta la ligera idea de cómo cambiar un pañal. Al hombre simplemente no se le expone a esa información.

“El cuido se aprende”, sentencia María Ester Serrano, coordinadora del área de Construcción de Identidades y Proyectos de Vida del Instituto Nacional de las Mujeres (Inamu).

Esa confusión de tareas genera que las mujeres, al convertirse en madres, tengan una doble o triple jornada sin paga y sin reconocimiento. El tiempo se vuelve limitado y se consume entre la jornada laboral formal, el trabajo doméstico y el cuido.

Serrano explica que las tareas de cuido tienen tres enfoques: el material como el cambiar la ropa y los pañales; el emocional, que se relaciona con aquellas tareas que requieren de vínculos para llevarlas acabo; y el de necesidad, que incluye la cobertura de las necesidades de salud o educación.

Para lograrlos existe una corresponsabilidad donde los actores principales serán la familia, el Estado y el sistema de trabajo.

Para que este primer círculo de apoyo se concrete lo ideal es que el hombre haya sido partícipe de la decisión de un embarazo. No obstante, la realidad es que en Costa Rica 84% de los embarazos no son planificados. Precisamente es en estos casos cuando más se dificulta que el hombre desarrolle un compromiso firme con el rol de padre.

“Cuando el hombre no participa o es forzado a asumir papeles paternos que no quiere, posiblemente vaya a tener poca participación en la crianza. Cuando es acordado, la crianza se vuelve un rol equitativo. Se habla de la importancia de conciliar trabajo en el hogar, familia y vida personal”, dice Fernández.

Mea culpa

Catalina Cárdenas, sicóloga experta en relaciones familiares, asegura que la maternidad se disfruta al compartir con los niños, pero se vuelve frustrante ante la oleada de responsabilidades que la sociedad impone sobre la mujer.

El cambio, afirma la experta, inicia por uno mismo. Es decir, dejar de querer convertirse en súpermadres, súperamigas, súperlindas, súpertrabajadoras y en su lugar comprender que ninguna persona es perfecta y enfocarse en tratar de dar lo mejor de uno cada día, sin flagelarse por lo que no es posible controlar.

Comprender lo anterior ayudará a no caer en angustias o culpas.

“La culpa es el sentimiento que más afecta a las madres profesionales o que se dan un tiempo para ellas”, advierte Cárdenas. La razón: el dedo acusador de una sociedad que aún piensa que las mujeres están a cargo de todo.

Entender el manejo de roles es clave para el cambio. Son asuntos distintos el encargarse del oficio doméstico, ser madre, ser trabajadora y pareja.

“Cuando esos roles se hacen una mezcolanza y siento que tengo que hacer todo es cuando las cosas empiezan a complicarse”, afirma la sicóloga.

Buscar el apoyo en la pareja es una opción, además es necesario dejar que el hombre aprenda de sus errores y empezar a confiar en que al igual que la madre puede ser responsable del cuido. Tenga presente que este rol se aprende.

La culpa llega al no lograr un equilibrio entre los roles. Es necesario ser una persona integral para transmitir esa seguridad al menor. Eso incluye realizarse como profesional, salir de casa unas horas y estar claro de que el esfuerzo es por uno mismo y por darle mejores condiciones a sus hijos.

Si esta concepción falla es posible que la misma madre transmita a los niños sentimientos negativos como el de abandono –que incluso es posible que ellos ni siquiera han sentido–. Para contra restar esos sentimientos por lo general se acude a la liberación extrema, la sobre protección o al exceso de objetos materiales.

“Es necesario abrazar la idea de dar el mejor esfuerzo. De que soy una mujer que se auto realiza. Eso me ayudará a ser más plena y me permitirá ser feliz cuando esté con mi hijo, en lugar de sentir angustia o culpa”, dice.

Olvidarse de uno mismo es fácil con tal de cumplir con los mil y un roles. La sobre exigencia y la demanda exagerada de la perfección nos lleva a abandonar la idea de un tiempo para nosotras. Sin embargo, Cárdenas es clara en decir que las mujeres necesitamos espacios para descansar y la herramienta para lograrlo son las redes de apoyo.

“Cuando esa red de apoyo de la pareja no existe debe buscar otras alternativas como guarderías o las mismas redes de cuido del Estado o la familia extensa. Estas opciones no son sustituto de los padres. Son un apoyo a ese trabajo”, detalla Cárdenas.

Enfocarse únicamente en la maternidad limita la capacidad de convertirse en una mujer plena. Tarde o temprano le pasará a sus hijos la factura de lo que considera no realizó por ellos. Para no tener estos pendientes es necesario desarrollar una agenda paralela.

“Ser una mujer plena la convierte en una mejor madre. Es importante entender que cuando saco un ratito para ejercitarme, leer un libro o estudiar me estoy convirtiendo en mejor madre. Lo que se busca es un equilibrio, tampoco se trata de promover el desligarse de las responsabilidad del cuido”, comenta.

El reto de la familia actual es compartir las responsabilidades, asumir el cuido y dejar que otros lo asuman. Es necesario darle la oportunidad a los hombres y que transpiren esas responsabilidades como padres y no solo como proveedores.

No se deje asfixiar. Busque redes de apoyo, dividan tareas, recuerde que el cuido se aprende y que una mujer plena es una mejor madre.